El principal problema del peronismo nacional no parece ser, al menos por ahora, la ausencia de un candidato presidencial competitivo. Los nombres, tarde o temprano, siempre terminan apareciendo. Como le aparecerá, tarde o temprano sin dudas, una oposición a Javier Milei hacia el 2027 lo que obligará a encontrar respuestas en el plano de la economía real que hoy no se conocen. Pero lo verdaderamente complejo para el peronismo en la oposición, lo que hoy representa su mayor desafío, es la construcción de un proyecto alternativo al que encarna el presidente. Porque no alcanza con oponerse y gritar a los cuatro vientos que se vive mal en la Argentina. El peronismo está urgido de una propuesta que resulte creíble, que vuelva a despertar confianza y que consiga convencer a una sociedad que, tras años de inflación, déficit y frustraciones económicas, modificó buena parte de sus prioridades.
Se trata de un contexto en el que adquiere mucho interés ese paso por Mendoza de Sergio Uñac, el senador sanjuanino que gobernara dos veces su provincia entre el 2015 y el 2023. No tanto por tratarse de un dirigente que ya decidió recorrer el país con aspiraciones presidenciales, sino porque es el primero de alcance nacional que desembarca en la provincia con la intención de ir por ese camino.
Uñac interpreta que la reconstrucción del peronismo difícilmente pueda comenzar otra vez desde el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) hacia el resto. Su apuesta es exactamente la inversa: partir desde las provincias hacia el centro político del país, reivindicando un perfil federal y productivista que intenta recuperar algunas de las características que históricamente distinguieron al peronismo del interior. La incógnita es si lo logrará, pero eso es parte de otra historia.
En Mendoza esa estrategia no resulta casual. Durante años, una parte importante del electorado terminó identificando al peronismo local con un kirchnerismo de fuerte impronta porteña, mucho más preocupado por las disputas nacionales que por las necesidades, la identidad y las potencialidades propias de la provincia, de aquellas que el mismo peronismo supo representar y bien. La toma de control del movimiento por parte del kirchernismo, como terminó sucediendo en el plano nacional al fin de cuentas, fue pagando costos electorales crecientes en Mendoza con más de diez años de derrotas. Uñac recorre otro camino, o al menos eso quiere demostrar. Habla de federalismo, de minería, de producción, de economías regionales, de infraestructura y de empleo.
Comenzó su recorrida por Malargüe antes de llegar al Gran Mendoza el último viernes, donde mantuvo reuniones con sectores económicos, organizaciones sociales y dirigentes políticos, entre ellos los intendentes Celso Jaque y Matías Stevanato. Hay todo un mensaje también allí contenido en la geografía elegida para el recorrido, para el inicio y el final.
Pero el desafío de este sanjuanino supera largamente la organización de una candidatura. Su verdadera dificultad consiste en convencer de que existe un peronismo distinto del que gobernó el país durante los últimos años y que terminó quedando asociado al populismo kirchnerista. En otras palabras, necesita demostrar que es posible defender las banderas tradicionales del histórico movimiento —la producción, el trabajo, la industria, el salario y el consumo— sin volver a los mecanismos que terminaron demoliendo la economía argentina: el gasto público creciente, la emisión monetaria como fuente permanente de financiamiento y una inflación que terminó destruyendo precisamente aquello que se proponía proteger.
No deja de ser significativo que el propio Uñac reconozca como conquistas sociales dos de los principales activos que hoy exhibe el gobierno de Milei: la lucha contra la inflación y el equilibrio de las cuentas públicas. Lejos de proponer un regreso al punto de partida, sostiene que cualquier proyecto alternativo deberá construirse sobre esas bases. Es, probablemente, la mayor novedad política que hoy está intentando mostrar un sector del peronismo, algo que no se veía en la Argentina desde este sector político desde el menemismo de los años 90. La discusión ya no gira alrededor de si debe existir superávit fiscal o si la inflación constituye un problema. Esa batalla, en buena medida, parece haber sido saldada por la propia sociedad, algo que se verá y se corroborará, si es así o no, en las clave elecciones del 2027.
Resulta muy atractivo e interesante observar toda esta serie de interrogantes puestos a responder por el peronismo: ¿Cómo recuperar el crecimiento económico, el empleo privado, el consumo y el poder adquisitivo de los salarios sin desandar el camino de la estabilidad? ¿Cómo estimular la industria nacional, sostener las economías regionales y financiar la infraestructura que el país necesita sin regresar al déficit permanente? ¿Cómo generar las condiciones para que aparezcan inversiones, crédito y financiamiento externo sin repetir los errores que terminaron deteriorando la confianza?
Dentro del propio peronismo que representa el propio Uñac suelen resumir ese desafío con una frase tan gráfica como sincera: cómo darse una ducha sin mojarse. Es decir, cómo volver a representar las demandas históricas de su electorado sin recurrir a las herramientas que buena parte de la sociedad responsabiliza por la crisis que heredó Milei. Allí aparece el verdadero examen que enfrenta la oposición justicialista.
Porque el problema no consiste únicamente en competir con Javier Milei. Antes incluso deberá resolver una disputa interna mucho más profunda. Uñac ya anticipó que está dispuesto a enfrentar en internas a Axel Kicillof y, si fuera necesario, al propio kirchnerismo. Por eso defiende la continuidad de las PASO, las mismas que Milei quiere eliminar o volver a suspender en la nación. Pero la verdadera competencia no pasa solamente por definir quién conducirá al peronismo. Pasa por establecer qué peronismo pretende volver a gobernar la Argentina.
Como todo, no es una discusión menor. El peronismo ha construido su identidad alrededor de un Estado fuerte, con amplia capacidad de intervención económica y elevado protagonismo en la distribución de recursos. Hoy buena parte de esos instrumentos quedó bajo sospecha social. Los resultados de esa política lo sacaron del juego electoral en la última elección. La inflación modificó la escala de prioridades de millones de argentinos. La estabilidad económica pasó a ser un valor en sí mismo. Y eso obliga a revisar muchas de las certezas sobre las que el justicialismo edificó su histórico y tradicional discurso que lo hicieron preferible por décadas.
En ese sentido, el desafío de Uñac da toda la impresión de tener un contenido doble, el de ser tanto político como cultural. No alcanza con ofrecer un candidato diferente. Tampoco con despegarse discursivamente del kirchnerismo. El punto está en conseguir y reconstruir la confianza. Convencer de que existe un camino capaz de recuperar el crecimiento, estimular la producción, fortalecer la industria, generar empleo genuino y recomponer el salario sin caer nuevamente en el círculo de déficit, emisión e inflación que terminó erosionando la credibilidad del propio peronismo.
En épocas de oposición, pocas pero que las ha tenido, el peronismo solía discutir quién podía devolverlo al poder. Hoy está obligado a responder preguntas incómodas en otro plano y gracias a Milei, hay que decir, o a las transformaciones que le ha impreso al funcionamiento de la macroeconomía y del propio Estado: por qué la sociedad debería volver a confiar en él. Esa respuesta, mucho más que el nombre del próximo candidato, probablemente termine definiendo su futuro político.
