“A los chicos hay que garantizarles un buen acceso a la educación, a los conocimientos. Y si viven en la pobreza y tienen la panza vacía, no los pueden incorporar. En Mendoza, un preso come mejor que un chico y eso hay que cambiarlo”, descerrajó, días atrás, en LVDiez, Luis Petri, el ex diputado nacional que compite con Alfredo Cornejo en la interna de Cambia Mendoza, por la candidatura a gobernador de la provincia. Sus dichos hicieron ruido en la DGE y en el Gobierno se sumergieron rápidamente en el armado de una estrategia de contingencia para recortar el posible daño electoral de la afirmación, con un asunto sensible y potencial combustible para encender un escándalo.

El punto es que la DGE no ha podido negar en términos absolutos la acusación de Petri, aunque, desde ya, sí ha hecho un sinnúmero de aclaraciones diferenciando las características de la comparación que hizo el retador de Cornejo.

La polémica comenzó a tomar cuerpo cuando, el lunes 17 de abril, Petri recibió dos fotos de las viandas de los chicos en las escuelas y la de los presos en las cárceles de la provincia. Ese día, mientras a los chicos se les repartía una porción de tortilla de papas con ensalada de repollo para almorzar, a los presos se les dio pollo asado con fideos tipo tirabuzón con huevo y una flauta de pan. Junto con el informe que le llegó al radical que enfrenta al poderoso oficialismo, adjuntaron el valor calórico de ambos menús. Mientras los chicos insumirían un poco más de 400 calorías por kilo, los internos en los penales superarían las 1.000. Según Petri y siguiendo los consejos de los especialistas que consultó, un chico en edad escolar debería recibir alrededor de 2.000 calorías diarias y, en el almuerzo, alrededor de 700, por debajo de lo que la DGE estaría ofreciendo diariamente. A todo esto, la crítica de Petri apuntó a las prioridades de la política de su gobierno. Según ha dicho, de los más de 15.000 millones de pesos del presupuesto penitenciario, la mayoría se lo termina insumiendo el mantenimiento de los casi 5.800 presos distribuidos en todo el territorio y que cada recluso le cuesta a la Provincia 2,5 millones de pesos al año y lo que termina restando es lo que se destina a sueldos del personal y al sostenimiento de la infraestructura.

Hay quienes, dentro del Gobierno, se inclinan a imaginar que detrás de los dichos críticos de Petri se esconde algún interés de lobby empresarial por el negocio de las viandas escolares. Pero otros, casi en la misma cantidad, descartan tal interés por las diferentes escalas de ambos universos,uno integrado por casi medio millón de personas y otro restringido a unos miles y en pocas locaciones. “Ninguna empresa se metería a lidiar con este tipo de servicio, tan extendido y con tantos matices, que obliga a la Provincia a abastecerlo con unos 250 proveedores, todos cercanos a las escuelas, que suman unos 1.300 establecimientos”, han dicho desde la administración del gobierno escolar, para agregar, en tono político, que lo de Petri sólo es desconocimiento de la complejidad del sistema.

Hasta antes de la pandemia, sólo los chicos de sexto y séptimo grado que tenían jornada extendida almorzaban en las escuelas. Pasada la crisis sanitaria, el comedor se ha ampliado a todos los niveles y con los chicos con trayectorias débiles. Hoy, cerca de 200.000 alumnos almuerzan en las escuelas. En las que ya estaban preparadas, se cocina en el mismo edificio y, para las que no, el servicio se sirve por medio de viandas. Alrededor de 8.000 millones de pesos es el presupuesto asignado para que los chicos almuercen y merienden en las escuelas públicas de la provincia, de acuerdo con la información oficial que se solicitó y se recibió para este informe. Los 1.300 establecimientos educativos están involucrados en todo este operativo que se completa con los 250 proveedores de cercanía que son quienes elaboran las viandas.

¿Y qué comen los chicos? Efectivamente, el dato que difundió Petri estaba en lo cierto respecto del menú de aquel lunes de abril. El informe sobre el comedor de invierno, con raciones y viandas reforzadas y que se está cumpliendo desde marzo hasta agosto del 2023, da cuenta de que los lunes en las escuelas se sirve tortilla de papas con ensalada y una fruta. El plan se elabora por quince días con rotaciones de menús y el cambio en alguno de ellos sólo por dos o tres días. Se sirve, además de la tortilla en el arranque de semana, polenta con estofado de carne, milanesas de pollo y puré mixto, carne a la olla y arroz con pollo, distribuidos de lunes a viernes. Y a la semana siguiente, el menú se puede llegar a modificar con la incorporación de tallarines con estofado, lentejas con carne y tarta de jamón y queso.

Para el caso de las meriendas, que reciben unos 250.000 chicos por día, tanto para los jardines como para los alumnos de la primaria, la base está en la leche en polvo y/o yerbeado, que se acompaña o bien con una torta, un turrón, polvorón, pan y queso blando o un par de vainillas. Y, para las meriendas reforzadas, el plan le suma facturas o sacramentos con fruta, queso más tomate, bizcochuelos o biscuit.

Lejos de un análisis particular y específico de lo que comen los chicos en las escuelas y los internos, en los penales, la oportunidad viene bien para discutir integralmente todo y a fondo. Se sabe que, para el caso de los chicos, la escuela es fundamental, sustancial, y hoy hasta un puente de salvación en todo sentido, en medio de la crisis de pobreza casi a niveles de espanto y de vergüenza que afecta al país. Que la escuela no sea un repositorio, ni tampoco el lugar que les garantice una comida diaria; que la escuela sea, en verdad, la salvación para sus vidas en un sentido amplio y que les permita no sólo nutrirse y casi sobrevivir para algunos de ellos, sino que les termine permitiendo a futuro decidir por ellos; un camino de libertad y de realización, en definitiva.

El caso de los presos, con cerca de 6.000 alojados en las cárceles, obliga a otro abordaje más que necesario sobre la seguridad pública, claro, pero más por la situación social en general, la del empleo y la marcha de la economía. Mucho más profundo, vaya si no, que sólo revolear datos de cómo son alimentados y cuánto de todo lo que se gasta en ellos se lo tendrían que proporcionar a sí mismos de alguna forma.