“La situación generada en Ucrania”, escribió Alberto Fernández, temeroso de ver la realidad tal cual es. El presidente se convirtió en un solo eufemismo al intentar morigerar lo que las redes y los medios de comunicación muestran en vivo: el ataque de un país sobre otro, sin motivo que justifique esa reacción extrema y definiendo claramente la existencia de una víctima y un victimario. Un ejército agresor y otro que se defiende. Y, definitivamente, no es lo mismo.
El gobierno argentino decidió plantear la teoría de los dos demonios. Habla de una escalada bélica entre partes e ignora que durante las últimas tres semanas, justo cuando el presidente argentino quedó subyugado ante el carisma de Vladimir Putin, Ucrania y el resto de occidente imploraron bajarle el volumen a los sonidos de los tambores que preanunciaban un conflicto bélico.
Argentina perdió el horizonte en materia de diplomacia. En los últimos años, mostró incapacidad absoluta para comprender la naturaleza de conflictos internacionales que, acaso, merecían alguna postura firme.
La poca importancia dada a las relaciones internacionales se manifiesta en los nombres a cargo de Cancillería. Primero, Felipe Solá. Después, Santiago Cafiero. El Ministerio de Relaciones Internacionales, lejos de ser una cartera estratégica para pensar el desarrollo del país, se convirtió en un refugio político para, al mismo tiempo, esconder y premiar a funcionarios que -Cristina Fernández dixit- no funcionan.
Lo demostró con la situación de violación de derechos humanos en Venezuela; ocurrió lo mismo en Honduras; lectura maniquea en el conflicto palestino-israelí, y, el manojo de torpezas, lo coronó cuando olvidó pedir la detención de un funcionario iraní buscado por ser uno de los responsables del atentado a la AMIA. Días después quiso “compensar” el error, pero mandaron a pedir información de un homónimo.
“La situación generada en Ucrania”, tiene mucho de aquel “dear Anatoly” con que la entonces asesora presidencial Cecilia Nicolini pedía explicaciones a Rusia ante la demora de la llegada del segundo componente de la vacuna Sputnik V. La ahora funcionaria de Cambio Climático no lograba comprender cómo, si Argentina había apostado al proyecto de Putin, no tenía respuesta. Era eso: una apuesta política. No era una cuestión sanitaria. El gobierno de científicos se movió por ideología.
El kirchnerismo siente una extraña fascinación hacia Putin. En su juego de contradicciones y dobles varas, es, quizá, la que más lo expone. Es el espejo de un movimiento que se autopercibe progresista, pero que profesa abiertamente admiración por un autócrata, homófobo, intolerante, que busca eliminar todo tipo de oposición.
A las potencias poco le importa lo que haga o diga Argentina. No en este momento. Quizá más adelante. Tienen asuntos más importantes. Por ejemplo: decidir si las sanciones económicas contra Rusia serán de verdad o puramente declamativas y bajarán la cabeza ante la amenaza latente del uso de armas nucleares.
La posición frente a una guerra de esta naturaleza no debería estar atada a cuestiones comerciales. No hay justificación para la violencia desatada en Europa. No había clima para eso. Fue el capricho sangriento. Por eso el resto de las naciones democráticas se expresaron incondicionalmente en contra. Incluso, con las consecuencias económicas aparejadas. Marcaron una línea. La diplomacia no es cobardía. Es tener el coraje para saber de qué lado quedar parado y qué mensaje enviarle al mundo. Porque, también en política internacional, y como alguna vez dijo Alejandro Dolina, es preferible perder con amigos que ganar con indeseables.
