El deterioro parece ser mayor y mucho más grave de lo que se cree. A una seguidilla de asesinatos en ocasión de robo se suman entraderas y arrebatos en la vía pública, que han vuelto a aumentar como en los peores tiempos. La oposición pide la cabeza del ministro de Seguridad, a lo que el Gobierno responde que se lo ataca injustamente y que, con eso, se quiere sacar algún rédito político.
A poco de cumplirse cuarenta años de democracia en el país, está claro que no se ha avanzado demasiado para sacarle al mejor de los sistemas conocidos de ordenamiento institucional, el mayor jugo posible. Por el contrario, la decrepitud es generalizada y se agudiza, en casi todos los frentes.
Argentina, por caso, empantanada y ahogada por los mismos problemas que se repiten por décadas y décadas, sin solución de continuidad. ¿Acaso no es mucho ya? ¿No ha llegado el tiempo de decir basta y que la gente de bien reclame a sus dirigentes más capacidad, formación, entereza y responsabilidad para terminar con este flagelo que tiene como máxima “Mientras peor, mejor”?
Cuando, este martes, el INDEC dio a conocer el índice de inflación o de aumento de precios, que se ubicó en 4,7 por ciento en el nivel general, no fueron pocos los que advirtieron que lo que más se incrementó en el desagregado fueron los alimentos, que alcanzaron 7,5 por ciento de suba en un solo mes; 7,5 por ciento en un mes, la misma inflación que tuvo Estados Unidos en todo un año, el 2021, considerado el peor registro de todos en más 30 años y luego de lo más duro de la pandemia de coronavirus. Digámoslo de otro modo: las verduras, las carnes, los lácteos, panificados y otros aumentaron sus precios en un mes lo mismo que todos los productos que consumen los norteamericanos, a los que, ¡al fin!, se dijo por aquí en su momento, con sorna y mucho de resentimiento, les había tocado algo de la maldita medicina que ellos se han encargado de repartir por el resto del mundo que optó por no caer en sus garras.
Claramente, tenemos un problema, y muy preocupante, de idoneidad y capacidad en la dirigencia. A esta altura, bien se podría arriesgar que no sabe ni tiene la menor idea de cómo salir de cada uno de los problemas. En Mendoza, por caso, ¿cuánto tiempo se insistirá desde la principal oposición en pedir a viva voz la renuncia de un ministro o de un funcionario a quien se le endilgan escándalos, errores, equívocos o falta de buenos resultados en sus tareas? ¿Por qué razón, el gobernador les daría la derecha, accediendo a remover a una de sus piezas o parte de su gabinete? La nueva oposición, la compuesta por valores vigorosos y modernos que vino a renovar la vieja estructura partidaria, la que se encontraba desenfocada, la que carecía de una visión estratégica de lo que necesita Mendoza, rápidamente cayó –y en muy poco tiempo– en todas esas prácticas fuera de moda e inútiles que padecían aquellos a los suplantó ¿De verdad ya renunciaron a la búsqueda de un ámbito de discusión política de los hechos y acontecimientos que sufren los mendocinos –un ámbito, que bien puede ser la misma Legislatura–, sin antes gritar, zapatear, apuntar con el dedo, vociferar contra los medios y culpar siempre a otros?
Ese comportamiento se ha repetido con la mayoría de los puntos en conflicto que la oposición tiene con el Gobierno. Pero, quizás, lo más teatralizado sea lo de la inseguridad. Una vez más, como en los lamentables casos anteriores, tras un crimen de alto impacto y conmoción social como el de Emiliano Fernández el lunes pasado en Las Heras, la oposición y, en este caso, junto con el propio oficialismo, volvieron a comportarse como en los viejos tiempos y con los mismos vicios. Porque, si sorprende que la oposición tenga como única reacción el exigirle a Suarez que cambie a su ministro de Seguridad, Raúl Levrino, además de la catarata de críticas con modos y contenidos que ya se conocen de memoria, lo mismo hay que señalar de la reacción o respuesta del Gobierno: “Hacen política con este caso”. La impotencia domina la escena.
La política tiene que tirarse de cabeza a los temas serios, con propuestas de soluciones también serias. Porque, ¿cuánto más se puede resistir este estado de cosas para las que ni el Gobierno ni, mucho menos, la oposición, que se prepara para gobernar algún día, tienen las respuestas? Todo el mundo sabe, mucho más los especialistas, que la inseguridad en aumento o un tipo de delito, particularmente, no sólo se domina o se tiene bajo control sobre la base de una fuerza policial más numerosa o más y mejor armada sino que tiene que ver con inteligencia, formación, investigación, prevención y otras tantas cosas más, como una Justicia que esté a la altura.
Mientras un referente de la oposición pedía exaltado la renuncia del ministro, del jefe de Policía y del subsecretario y, del otro lado, un ministro de Suarez respondía que sólo hacen política con el asunto, un ex legislador provincial y ex presidente de una bicameral de Seguridad reflexionaba por
radio sobre los posibles motivos del aumento de la delincuencia y de situaciones similares a las vividas el lunes en la lateral del Acceso Norte en Las Heras con la muerte de Emiliano, o el asesinato de Jean Carlos Sosa, el 2 de marzo, cuando guardaba su vehículo. “Tenemos que colaborar todos, sentarnos en una mesa y discutir un gobierno de la seguridad”, decía Daniel Cassia –de él se habla, argumentando que, como se trata de problemones estructurales, más que de cuestiones que van y que vienen, que aparecen y desaparecen, la política en su conjunto debe abocarse a la solución del asunto, cada uno en su rol, y con la máxima responsabilidad. “Voy gratis a colaborar si me llaman”, se ofreció Cassia, entrevistado en Opinión, por LVDiez.
La política no explica por qué no se puede abordar un problema de todos partiendo del análisis multidisciplinario y entre todas las fuerzas con sus máximos referentes expertos en el tema. El enfrentamiento y el show en el que se cree que sobresale o gana puntos el que grita más y saca de la galera la frase contra el otro más creativa y cargada de picaresca e inventiva son cosas del pasado. Del peor de los pasados. Ya fue.
