Varios organismos que giran alrededor, que dependen y que responden a las Naciones Unidas (ONU) han revelado ayer, por medio de un informe específico, la magnitud del profundo desastre social y económico que ha provocado la pandemia de coronavirus tras un año y medio de haber dominado al mundo en su conjunto. El relevamiento ha estimado que unas 118 millones de personas han sufrido, literalmente, el hambre durante el 2020, lo que significa un aumento de 18 por ciento respecto del 2019.

Junto con tal confirmación de lo que se presumía sobre la base de la evidente realidad, las Naciones Unidas han reafirmado, con más ahínco y alarma que nunca, la necesidad imperiosa de que todos los países del globo ratifiquen y reafirmen aquellos Objetivos de Desarrollo Social (ODS) que se fijaron cumplir en esa agenda extraordinaria para el 2030.

Mendoza, como ya se ha dicho desde este espacio en varias oportunidades, también ha hecho propias esas metas dentro del Consejo Económico, Ambiental y Social de Mendoza (CEAS), con la conformación de las siete comisiones de trabajo específicas encabezadas particularmente por la de Pobreza y Hambre Cero, coordinada por el neumonólogo Pablo Scherbovsky. Y, hacia fin de mes, se calcula, la comisión debe tener los primeros proyectos de trabajos concretos y de medidas para implementar en Mendoza con el fin de comenzar a resolver los dos grandes y máximos flagelos sociales que tienen en jaque a buena parte de la población mundial.

No uno, sino varios líderes del pensamiento mundial vienen advirtiendo, desde el comienzo de la crisis sanitaria que provocó el coronavirus, sobre la necesaria toma de conciencia de los efectos devastadores que ya se sufren y que, en verdad, han venido a agravar una situación por demás comprometida que se venía percibiendo desde el 2019. Algunos de esos llamados de atención están contenidos en ese genial libro de entrevistas que logró concretar Hugo Alconada Mon, Pausa, transformado en una inagotable fuente de consulta para interpretar y decodificar las señales que la realidad está dando por estos días.

El informe de la ONU viene a confirmar lo que el economista coreano Ha-Joo Chang ha dicho cuando fue entrevistado, más de un año atrás: “La economía en sí se basa en este modelo polarizado entre quienes ganan mucho dinero y los que tienen vidas muy precarias. Por eso, la pandemia pegó tan duro en la región: porque tienen un enorme sistema informal que obliga a la gente a salir a la calle a ganarse su dinero, diseminando la enfermedad. Esa inequidad es la que llevó también a varios países, como Colombia o Chile, a volar por los aires durante el 2019. América latina ya estaba llegando a un punto peligroso. Y creo que esta es una oportunidad para la región para repensar su modelo económico. El continente necesita replantearse su estrategia económica”, dice Ha-Joon Chang, también consultor del Banco Mundial y del Banco Europeo de inversiones y de varias agencias de la ONU.

A su vez, y en la misma línea se ha expresado el francés Thomas Piketty, para quien se impone en el nuevo orden que está surgiendo, obligado por la pandemia, un modelo de distribución más equitativo, junto con la instauración de un sistema de impuestos más progresivos a la riqueza en todo el mundo para evitar el ensanchamiento de la brecha de la inequidad.

“Casi una de cada tres personas en el mundo (2.370 millones) no tuvo acceso a una nutrición adecuada en el 2020, un aumento de casi 320 millones de personas en un solo año”, dijo el informe citado por la agencia de noticias ANSA ayer.

El informe fue publicado por la ONU y sus dependientes, la agencia de Agricultura y Alimentación (FAO), el Fondo de Emergencia de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

De todas las personas desnutridas en el mundo entero, más de 800 millones, la mitad vive en Asia, pero unas 60 millones de ellas en América latina que, junto con África, ha sido una de las regiones más golpeadas por la crisis. Hacia el final, el informe pide que se garantice un “entorno propicio para los mecanismos e instituciones” de gobierno para hacer posibles las transformaciones. Reclama que el mundo se mueva ya y ahora porque, de lo contrario, “los impulsores del hambre y la desnutrición se repetirán con creciente intensidad durante los próximos años, mucho después de que haya pasado el impacto de la pandemia”.