Alfredo Cornejo en el Consejo de Mayo, junto a Javier Milei y los gobernadores.

En el caos político en el que parece moverse la gestión de Javier Milei, y como resultado de sus medidas y acciones varias, sólo una de las variables a tener en cuenta de todas que la sostienen –y quizás a la postre resulte ser la más importante–, le muestra resultados positivos, favorables, beneficiosos, de esos que busca conseguir la política. En otras y trascendentes por supuesto, el panorama que se le abre es bastante oscuro, curiosamente cuando podría ser diferente.

En la variable que le va bien es en aquella del apoyo popular a su gobierno, y en gran medida o a un nivel satisfactorio frente al grado de transformaciones y reformas que le imprime al Estado, siempre de acuerdo con lo que las encuestas reflejan periódicamente. La verdad total y absoluta se conocerá, como se sabe y espera, tras el proceso electoral de octubre. Pero mientras el país se acerca a la fecha, la opinión pública informada y atenta se va manejando con esos resultados de los sondeos que permanentemente escanean el humor social y es allí donde Milei puede seguir festejando, pese a las expresiones de sorpresa de buena parte de la oposición. Para un

A la lista de las variables clave, es cierto que también podría incorporarse la marcha de la economía y en particular con el auspicioso control de la inflación que ha logrado en un año y medio de gestión. Pero pese al logro conseguido, tal impacto positivo se demora en llegar a otros aspectos centrales que podrían alimentar la idea individual sobre la imagen del gobierno y la gestión, tales como el poder adquisitivo del salario, el crecimiento económico al nivel de la superficie (no sólo en la macro) y la creación de empleo mejor pago y de calidad.

Digamos que Milei y su gestión están bien sostenidos y acompañados de acuerdo con la opinión mayoritaria y lo alientan a seguir. Y así las cosas y de cara a las elecciones de medio término, ¿por qué cambiar?

En cambio, las variables que muestran un comportamiento agrio para el gobierno son aquellas que dependen de la negociación política y de las relaciones que el gobierno debería tejer con la oposición más, como siempre se ha dicho, por esa debilidad parlamentaria con la que asumió y se ha tenido que conducir hasta ahora.

La lógica de la política tradicional siempre ha aconsejado a un oficialismo gobernando con poco poder de fuego legislativo a ir a buscar acuerdos con sectores de la oposición que no representarían cambios sustanciales o de 180º al contrato que firmó con esa parte de la sociedad que creyó en él, en su discurso y en su propuesta como para cederle el control institucional.

Milei siempre hizo lo contrario a lo que la historia y el manual de la política ha sugerido: todo lo que logró o alcanzó como triunfos legislativos parecieron ser un producto de la usina de opositores dialoguistas que vieron en la marcha del gobierno una coincidencia casi absoluta con su visión de país frente a lo que el mismo país dejó atrás en el 2023.

Milei no se sentó a negociar con los gobernadores ni mucho menos con los líderes opositores permeables a un acuerdo y dispuestos a apoyar las medidas centrales desde las bancas del congreso. Por el contrario, la línea de tiempo de su actuación demostró más insultos y críticas a esa política que lo estuvo acompañando, que aplausos o reconocimientos.

Otra vez ¿por qué cambiar si las encuestas le sonríen a Milei? Como sea, el futuro de las relaciones y del impacto social o de las consecuencias del gobierno del libertario se conocerá más adelante. Salvo que hoy se diga y exprese que la disrupción de Milei también abarca el modo y la forma de relacionarse con el resto de la política, lo que no sería para nada extraño como explicación al fenómeno, resulta inentendible que teniendo todo para mejorar la performance legislativa al menos o para evitar las zozobras del momento, Milei no haya ordenado al menos un plan de acercamiento con los gobernadores para bajar la tensión.

Sólo un puñado de mandatarios provinciales iban a acompañar al presidente en la velada patriótica previa al 9 de Julio en Tucumán que el propio Milei suspendió. Sólo cuatro gobernadores habían confirmado su presencia. Podría haberle ido mejor. Quizás no le haya interesado en el fondo contar con por lo menos una veintena de gobernadores como ocurriera el año pasado para la misma fecha.

Tampoco se trata de meras imágenes simbólicas. Un entendimiento con los gobernadores por los recursos que reclaman justamente, por ejemplo, le allana el camino incluso para la búsqueda de acuerdos electorales con los parecidos, lo que no es poco para ese porcentaje mayoritario de electores que siguen apoyando, o eso pareciera, su andar.

Pero Milei está dispuesto a continuar con una estrategia extraña que lo acerca a vicios de la política tradicional que ha condenado y ha descrito como casta: acumulación de recursos que no le corresponden y hasta acompañado de una posible distribución de los mismos de manera excepcional bajo la sospecha de –eso sí– acuerdos o pactos viciados (jueces de la corte, comisión Libra, ficha limpia para beneficiar en su momento a la hoy Cristina Fernández de Kirchner presa y otros tantos más).

Todos los procesos políticos se mueven con altibajos: hay momentos en lo que todo parece discurrir en una eterna luna de miel y momentos en los que no, con cambios incluso bruscos y repentinos de ánimo que confunden a propios y extraños. Todos los gobiernos han pasado por ello incluso durante ciclos largos y exitosos para luego caer en el ostracismo total y en una condena generalizada como ha sucedido, por caso, con el kirchnerismo.

La diferencia que puede tener Milei y su turno con lo que lo ha antecedido quizás sea la esperanza que ha alimentado en aquel que decidió darle su voto por hastío, cansancio, indignación, bronca, angustia e impotencia por tanta estafa recibida de manos del propio Estado. Una equivocación por miopía, por prepotencia, soberbia o por la mera enfermedad del poder que ha dominado a otros tantos en su lugar podría resultar demasiado caro para quienes confiaron. De ahí las advertencias y luces de alarma que se han encendido, pese a la luna de miel que las encuestas le dicen que sigue ahí y le taladran el ¿por qué cambiar?