Esther Sánchez arranca su discurso y comienzan los silbidos y los abucheos…
La rectora de la Universidad Nacional de Cuyo encabezó la movilización del miércoles pasado en Mendoza a favor del presupuesto universitario. Era un ámbito donde, en teoría, no había grietas ni partidismos. Era un reclamo único y bajo una causa noble: evitar que los efectos de la motosierra llegaran a las instancias de la educación superior, más allá de los cuestionamientos que existen sobre cómo ha sido el manejo de las universidades públicas en Argentina en los últimos 25 años. No de todas las casas de estudio, claro; sino de aquellas que nacieron bajo el objetivo de convertirse en una caja para financiar el clientelismo político.
Sólo en la Provincia de Buenos Aires se crearon 10 universidades nacionales. No filiales o regionales. Nuevas. Cada una, con una estructura a financiar.
El consenso resultó inviable. No hay manera de tener diálogo con algunos grupos; especialmente, los que temen perder privilegios o los que, al perderlos, juramentaron venganza. Ejemplo: los gremios universitarios, ofendidos desde el momento en que comenzaron a descontarles los días de paro. Y ahí terminó la salvajada que tuvo a los colegios de la UNCuyo como rehenes. Las demandas sumaron, en diferentes años, más de 30 o 40 días sin clases.
“Les estamos enseñando a los chicos a luchar”, decían por esos años. No, mentira. Los usaban de carne de cañón y les arruinaban el año lectivo a alumnos que, en un gran porcentaje, provenían de sectores humildes y cuyos padres hacían esfuerzos descomunales para mandarlos a esas escuelas.
Hasta que dejaron de pagarles los días sin clases y esa seguidilla de huelgas interminables encontró el punto final. La decisión la tomó Sánchez, la misma a la que repudiaron cuando el clima y el contexto era otro. Así deslegitimaron la marcha. Gremios y corrientes del camporismo y de la izquierda. Aprovecharon la volteada para sacar algún tipo de rédito en medio de la campaña. Y se apropiaron de una bandera que era de todos.
Hubo complicidades. La ausencia de las máximas autoridades de la UCR dejó un espacio vacío. Culposos por el acuerdo electoral con el mileísmo, no se animaron a marcar la cancha con las diferencias conceptuales que mantienen con el presidente. Justamente el radicalismo, símbolo de la historia universitaria argentina, se rindió y entregó los trapos sin levantar la voz.
Algo parecido ocurrió con la Franja Morada, el espacio radical dentro de la vida de los estudiantes. Se movilizaron casi de manera ingenua, pensando que podrían diferenciarse del kirchnerismo o de la izquierda. Con pancartas y eslóganes que ya nadie lee. ¿Por qué? Porque estas exigencias nunca lo organizaron ellos; porque les faltó coraje para escandalizarse y generar una levantada estudiantil y docente cuando Sergio Massa (como ministro de Economía) concretó un ajuste feroz a los presupuestos para educación en todos los niveles.
Ahora marcharon porque el kirchnerismo y la izquierda salieron a hacer ruido; un alboroto que tuvo como objetivo incomodar al plan de equilibrio fiscal que promueve el Ejecutivo. Ni las universidades, ni los discapacitados, ni los jubilados, ni la educación interesan o interesaron. Al contrario: son las áreas donde más se sintió la degradación social del país.
Son luchas genuinas, pero funcionales para camuflarse en busca de generar un clima social enrarecido. Las excusas perfectas. Porque nadie puede estar a favor de lo malo en contra de lo bueno. Salvo el Gobierno, que carece de todo tipo de capacidad discursiva para contemporizar.
Así, con ese razonamiento tan básico, le sacan ventaja.
Sin pelear, el radicalismo se dejó arrebatar una bandera. Había ocurrido lo mismo hace años con la política de Derechos Humanos. La vieron pasar. Fueron testigos pasivos de cómo el peronismo –esta vez en forma de kirchnerismo- se quedaba con algo que era patrimonio de todos los argentinos.
El Nunca Más y el trabajo de la Conadep formaba parte de un contrato social firmado el 10 de diciembre de 1983, cuando Raúl Ricardo Alfonsín levantó el velo de años de oscuridad y le mostró al país la luz de la democracia. Y uno de los pilares debía ser la memoria; poder resolver el pasado para construir el futuro. Exactamente al revés de los planes que tenía el peronismo por aquellos tiempos.
El relato de estos últimos 20 años, basado en un revisionismo caprichoso, sin datos concretos y con hechos tergiversados, destrozó ese pacto colectivo en que había quedado en claro hacia dónde “nunca más” había que volver. Ni el número de desaparecidos era materia de discusión. 30 mil era una cifra que representaba sobre todo el recuerdo del terror. Hasta que se convirtió en un negocio electoral formidable y todo cayó bajo el prisma de las postverdades.
Allí se rompió la progresía argenta y se instaló la lógica amigo/enemigo. Las banderas dejaron de ser de todos y se convirtieron en un botín de guerra.
Políticamente, el kirchnerismo se movió de manera magistral. Entendió de qué iba y construyó un mito a partir de ello, lo cual fue generando contradicciones en aquellos que siempre se habían identificado con ideales elevados y con conceptos como memoria, verdad y justicia y, de pronto, se veían obligados a caminar por la vereda de enfrente.
Hace unos días, la escritora Pilar Rahola estuvo dando una charla en Mendoza y recordó sus orígenes en el socialismo catalán; en su militancia por los derechos de las mujeres y en la lucha por la defensa de los valores republicanos.
Sin embargo –reconoció-, cada vez se fue sintiendo más excluida. Las consignas de los movimientos que se autoperciben feministas se alejaban velozmente de sus principios.
Notó que aquellas cuestiones que no aceptaban discusiones caían en las garras de la interpretación situacional. Lo que en España se conoció como el “depende”, en Argentina se convirtió en “es más complejo”.
No es más que el argumento esgrimido para defender bajo el maquillaje del feminismo diferentes tipos de atrocidades contra las mujeres. Por caso, tomar el hiyab (pañuelo que el islamismo conservador que denota la opresión y el sometimiento de las mujeres) como un símbolo de resistencia, y justificar a partir del silencio colaboracionista que Hamás haya implementado un plan de crímenes sexuales contra mujeres israelíes por el solo hecho de ser judías (violarlas, mutilarlas, quemarlas vivas, profanar los cuerpos y mostrarlos como trofeos).
“No me interesa recuperar esa bandera. Sé que la he perdido. No voy a gastar fuerzas ni tiempo en ir a buscarla”, sostuvo Rahola.
Y confió en que, más allá de la crisis ética y moral que atraviesa Occidente, al final se impondrán las convicciones compartidas por el auditorio que se puso de pie y la aplaudió.
