El “modo Mendoza”, entendido como ese cúmulo de características virtuosas que conforman el estilo, modos y formas con los que gobierna la administración de Rodolfo Suarez, se está configurando como la piedra basal en la que se asentará la campaña electoral del oficialismo en un clave 2023.
El “modo Mendoza”, según Suarez, es todo aquel clima de convivencia existente en la provincia para afrontar de la mejor manera posible los problemas que la aquejan. El término también suele ser usado por Alfredo Cornejo en sus apariciones en la escena nacional como uno de los referentes de Juntos por el Cambio. A diferencia de Suarez, cuando Cornejo habla de su “modo Mendoza”, lo hace para sintetizar lo que a su modo de ver dejó escrito su paso por la Gobernación, entre el 2015 y el 2019, como ese cierto orden y equilibrio en las cuentas públicas alcanzado por un férreo control de los gastos anclados a los ingresos y de la estabilización, también en una gran medida, del funcionamiento general del Estado y de las prestaciones de sus servicios básicos en donde, por lejos, el de la educación –de todos los intervenidos– resultó ser el que más espacio ganó en la vitrina nacional con la puesta en funcionamiento del ítem aula; la herramienta que le permitió al Ejecutivo reconfigurar en parte la prestación normal del servicio, al menos en lo relativo a la regularización de la presencia de los docentes en las aulas en todo el territorio.
Está claro que ese “modo Mendoza”, en retrospectiva, le dio más resultados a Cornejo en su actuación en el plano nacional que todo el rédito que le pudo haber sacado Suarez. Sin embargo, el gobernador lo tendrá en cuenta a los efectos de hacer uso de un efecto residual como el que deja la mística con el paso del tiempo. Sencillamente, porque, en verdad, los efectos de ese modelo inaugurado por Cambia Mendoza hacia fines del 2015 poco ha aportado a una solución exitosa de los males que padece la provincia. Digamos que todo aquello que prometió la reforma impulsada por Cornejo y que debía ser continuada por su sucesor, responsabilidad que recayó en Suarez luego de saltar a la primera magistratura desde la intendencia capitalina, no se cumplió.
El Estado, más chico, más ágil y más profesional, debía estar puesto al servicio de los privados para que desde ese lugar se desarrollara la provincia con la generación de riqueza, de empleo, inventiva y creatividad puesta al servicio de más y mejores empleos, salarios y todo lo que ese bagaje de factores virtuosos ofrecen cuando se reúnen y funcionan en conjunto, potenciados.
De cara al examen electoral del 2023, el oficialismo comandado por Suarez se desenvuelve sin mayores complicaciones. Los encuentros habituales de fin de año a los que ha comenzado a asistir como invitado el jefe del Ejecutivo se llevan adelante sin contratiempos ni malos tragos. Las corporaciones empresariales evitan dejar aflorar en tales reuniones ese malestar que por lo bajo dejan circular por la inacción y la quietud generalizada. Los diez años de falta de crecimiento de la economía provincial y en el sector privado, particularmente, han dejado también su marca en las expectativas y en el ímpetu de los reclamos públicos.
El privado, a grandes rasgos y en no todos los sectores, aquel que iba a ser llamado a florecer de la mano de un Estado que, curado en salud, se pondría a su disposición cual modo plataforma de lanzamiento, ha vuelto a convertirse en ese “estado dependiente” de otras épocas, con lo que muchos de sus protagonistas no han visto mejor camino que explorar espacios políticos en asocio con la coalición gobernante. Una profundización o agudización de tal situación no puede traer buenas noticias a futuro, para lamento de todos, aunque no se quiera ni ver ni escuchar el fenómeno.
El “modo Mendoza” utilizado por el oficialismo también conlleva una suerte de explicación para la quietud, como tantas veces se ha mencionado: es la que sostiene que poco se puede hacer si no hay cambios en la macroeconomía; que Mendoza, por sus particularidades, necesita de una economía sana a nivel nacional, que promueva la competitividad, con sus variables estabilizadas. Como explican especialistas y observadores de la realidad, la visión mendocina está en lo cierto en todo aquello que está fuera de control, como la política monetaria y su impacto en el flagelo inflacionario. Pero, a la vez, si bien todo eso es cierto, quien demanda un poco más del “modo Mendoza” viene desde hace tiempo percibiendo un gusto demasiado a poco.
No se sabe, por supuesto, cuán positivo será para el oficialismo en términos electorales el uso del estandarte que supo ser potente en algún momento. Incluso, en valores que supo tener Mendoza, indiscutibles a lo largo de la historia democrática, como el de la convivencia política y el del respeto por las instituciones, este “modo Mendoza” que llena de orgullo al gobernador y los suyos, hoy deja dudas.
