La Argentina empezó a entrar en una zona extraña. El Gobierno nacional sigue anunciando futuro, pero cada vez le cuesta más ordenar el presente. Javier Milei sigue hablando como si todavía fuese parte de un panel en donde la forma estrambótica es lo que cuenta, como el que más grita, como el que más insulta, como el que más transgrede. Un presidente en ofensiva permanente, aunque la sociedad ya no parece reaccionar con la misma expectativa de hace algunos meses o a la que el elenco de gobierno esperaba a esta altura del partido.
Algo ocurrió en el corazón político del mileísmo: perdió velocidad. Ya no avanza a tambor batiente ni a paso redoblado. A dos años y fracción del recorrido cualquiera podía imaginar –desde el pensamiento bien intencionado nunca desde el tirapiedrismo profesional–, que la expectativa pregonada en el comienzo ya estaría bien pagada. Sin embargo, esa expectativa necesaria se convirtió en el único combustible a mano, con lo que la administración dejó de generar entusiasmo para dar paso al estancamiento emocional, un riesgo que probablemente no pudo ser visto, o no se quiso ver, por parte del gobierno libertario.
El caso de Manuel Adorni terminó funcionando como algo mucho más profundo que un escándalo patrimonial y de corrupción en el poder. Dos meses después de conocidas las sospechas sobre el crecimiento exponencial de su patrimonio desde su llegada al Gobierno, la administración nacional sigue sin encontrar una explicación convincente, ni una forma eficaz de cerrar el tema. Es notable e incomprensible para el común de la gente que observa, azorada, cómo le hablan de almohaditas del yacuzzi, chorritos de agua y cascadas en la pile del country como si de nada se tratara, cuando llegar a fin de mes cuesta un Perú y reunir lo mínimo para escaparle al precipicio una carrera entre ortigas. Dos meses minimizando el impacto, hacer de cuenta que no ha pasado nada, fingiendo demencia y subestimando la inteligencia. Todo un combo que ha dejado ver los resultados en el humor social.
La última encuesta nacional de la consultora de Martha Reale muestra un dato inquietante para la Casa Rosada: la imagen negativa de la gestión de gobierno ya alcanzó el 52 por ciento. No es un número terminal, pero sí una señal de alerta. Sobre todo, porque Milei construyó poder sobre la idea de superioridad moral frente al resto de la política. El mileísmo no llegó solamente prometiendo ajuste o equilibrio fiscal, como ya se ha dicho tantas veces desde aquí. Llegó diciendo que venía a terminar con la corrupción, los privilegios y la “casta”. El problema apareció cuando las sospechas empezaron a aparecer en el propio oficialismo con el agravante de una economía que no acompañó para continuar en modo expectativa.
Hasta no hace mucho, el Gobierno imponía la agenda, con el propio Adorni en modo “maestrito”, sabelotodo y pedante desde el atril. Abría conflictos, corría los límites y obligaba al resto del sistema político a reaccionar. Ahora ocurre algo distinto: los conflictos empiezan a dominar al Gobierno. La administración Milei todavía conserva capacidad de impacto, pero perdió parte de aquella fuerza que arrastraba todo a su alrededor.
Lo curioso es que ese desgaste aparece en simultáneo con noticias que, en otro contexto, hubieran generado euforia económica. La calificadora Fitch mejoró la nota de la deuda argentina. El Gobierno especula con una inflación de abril más baja, de casi un punto menos que la de marzo. Luis Toto Caputo, luego del anuncio en redes sociales de Milei, amplió y dio detalles de lo que se llamar el “Súper RIGI” destinado a atraer inversiones de alto valor agregado y sectores industriales que nunca terminaron de desarrollarse en el país. Refinamiento y laminado de cobre (que en caso de concretarse en Mendoza no se podría llevar delante de no modificarse la Ley 7722). Producción de baterías de litio. Autos eléctricos. Inteligencia artificial. Centros de datos. Fertilizantes. Energías renovables. Toda una gama de sectores y nuevas actividades vinculadas con la modernización económica que, en los papeles, debería alimentar expectativas positivas.
Pero algo no termina de cerrar. Los anuncios llegan. El entusiasmo no, podría afirmar un psicólogo social que tenga bajo análisis el país.
Es cierto que la economía dejó de estar en emergencia permanente, aunque tampoco consiguió ingresar todavía en una etapa de recuperación emocional. Y esa diferencia es central. Porque el Gobierno sigue mostrando variables macroeconómicas que considera exitosas, mientras gran parte de la sociedad continúa atrapada en otra discusión mucho más inmediata: salarios deteriorados, consumo frenado, incertidumbre laboral y fatiga social.
Incluso hacia afuera persiste una señal de cautela. El riesgo país permanece estancado alrededor de los 540 puntos. Es decir: ni el mercado ni los inversores, los más amigables al elenco económico, terminan de comprar completamente la idea de una estabilidad consolidada. Hay expectativa, sí. Pero también prudencia. Como si todos estuvieran esperando comprobar si el modelo realmente puede empezar a crecer o si simplemente logró estabilizar una crisis sin resolver todavía el problema de fondo.
En ese contexto sigue apareciendo Mendoza como una especie de laboratorio político y económico particularmente interesante. Alfredo Cornejo intenta administrar el mismo clima de época desde un lugar mucho más pragmático. Equilibrio fiscal, promoción minera, obra pública selectiva, integración con el sector privado e inversiones focalizadas con recursos del fondo del resarcimiento. Viviendas del IPV, infraestructura vial, ampliación del tren de cercanía y proyectos orientados a sostener cierto nivel de actividad mientras la economía privada continúa sin despegar completamente.
La participación de Cornejo en la mesa minera federal realizada en San Juan en la última semana refleja precisamente esa búsqueda: no quedar afuera de la nueva economía que promete desarrollarse alrededor del cobre, el litio, el oro y la plata. La minería aparece hoy como una de las grandes apuestas de crecimiento para buena parte del oeste argentino.
Sin embargo, ahí también hay un límite político y social evidente. La minería todavía funciona más como promesa que como transformación cotidiana. Se habla del cobre, del litio y de inversiones multimillonarias, pero el impacto concreto sobre la vida diaria de la mayoría de la población todavía no llega. Hay que muñirse de paciencia, lo que ha comenzado a escasear. Y mientras eso no ocurra, el desánimo seguirá ocupando espacio.
No hay entusiasmo en la calle. Ese quizás sea el principal problema del momento político argentino. El viejo modelo económico colapsó. No parecen quedar dudas de eso. El kirchnerismo quedó asociado para buena parte de la sociedad al desorden fiscal, la inflación crónica, la decadencia económica y la corrupción. Pero incluso hoy, el Gobierno sigue utilizando el miedo al regreso “kuka” como uno de sus principales activos discursivos. Y probablemente tenga razón en una cosa: no parece existir un clima social favorable para volver hacia atrás. Pero el problema para Milei podría ser otro. El miedo puede servir para sostenerse. Difícilmente alcance para volver a enamorar. Tiene que conseguir goles en el campo económico, el que le ha dicho a todo el mundo que domina como pocos.
Mientras todo avanza en ese clima, al gobernador Cornejo se le podría aparecer el dilema de siempre en momentos críticos. ¿Cómo acompañar el rumbo general del mileísmo sin quedar atrapado en un eventual desgaste acelerado que se lo lleve puesto también? ¿Cómo beneficiarse del cambio cultural, económico y político que llevó a Milei al poder sin terminar arrastrado por sus errores, su desgaste o sus contradicciones?
La política tradicional enfrenta una situación inédita: necesita que Milei funcione, pero al mismo tiempo teme quedar demasiado pegada si deja de funcionar. El mileísmo no parece invencible. Aunque tampoco aparece todavía una alternativa capaz de reemplazarlo. Y en esa combinación de agotamiento, incertidumbre y falta de opciones es donde la Argentina vuelve a entrar en una zona de riesgo.
Porque tal vez el problema más serio para el Gobierno no sea la oposición, ni siquiera los escándalos. El verdadero problema podría ser otro: que el país haya empezado a perder nuevamente la expectativa de que las cosas efectivamente mejoren sumiendo inevitablemente en un laberinto a la dirigencia.
