El adiós de José Luis Rodríguez Zapatero y la victoria electoral de Mariano Rajoy. El 2011 fue para España un año políticamente muy intenso, en el que la grave crisis económica actuó como telón de fondo de determinados acontecimientos –la irrupción de los Indignados, por ejemplo– y opacó otros, algunos de gran calado y tan esperados
como el anuncio del cese del terrorismo de ETA.
“Cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste”. Así defendió Zapatero la gestión de la crisis económica una vez que decidió emprender el camino de los recortes para reducir el abultado déficit público de España. Aquello, finalmente, le costó mucho. La factura la pagó en el 2011. Su imagen y la de su gobierno se vinieron abajo y los ciudadanos dieron la espalda a su Partido Socialista (PSOE).
Zapatero anunció en abril que no volvería a ser candidato a la presidencia del Gobierno. Y el 20 de noviembre, en unos comicios anticipados por él en cuatro meses sobre la fecha en la que debían haberse celebrado, Mariano Rajoy y su Partido Popular (PP) lograron una victoria histórica: 185 escaños en el Congreso de los Diputados.
Tras un verano en el que muchos ciudadanos aprendieron qué es eso de la prima de riesgo, un términoque aparecía un día sí y otro también en la prensa española agitando el temor a que España tuviera que ser rescatada, el país viró a la derecha en medio de la peor crisis económica de su historia reciente y encomendó a los conservadores la tarea de sacarla de la situación.
“El pueblo se ha expresado. Lo ha hecho alto y claro. Ha decidido dejar lo que había y abrazar el cambio”, celebró Rajoy la misma noche electoral. El conservador tomó posesión como presidente del Gobierno español el 21 de diciembre.
El contrapunto del triunfante PP fue un PSOE hundido y sumido en una grave crisis interna. Con 110 escaños, sufrió la peor debacle electoral de su historia reciente, en unas elecciones en las que presentó como candidato a La Moncloa al ex vicepresidente y ex ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba.
La vista está ahora puesta en el congreso federal que el partido celebrará en febrero en Sevilla para elegir al sucesor de Zapatero al frente de la secretaría general.
Lo que ocurrió en las urnas en noviembre ya lo habían anticipado los resultados de los comicios municipales y autonómicos de mayo. Los socialistas perdieron en ellos prácticamente todo su poder territorial, castigados por la gestión del Ejecutivo de Zapatero.
Fue poco antes de esos comicios de mayo cuando irrumpió en España el “movimiento de los Indignados”. Ciudadanos enfadados por cómo la clase política estaba haciendo frente a la crisis económica, por la corrupción en sus filas, y hartos de un sistema político tendiente al bipartidismo, ocuparon las plazas a una semana de las elecciones municipales y autonómicas.
La madrileña Puerta del Sol se convirtió en epicentro y símbolo de unas protestas que desafiaron a las instituciones y se extendieron rápidamente por una España con casi cinco millones de desempleados.
Los Indignados dieron un buen tirón de orejas a la clase política. Lograron que algunos partidos incorporasen algunas de sus reivindicaciones en los programas electorales con los que compitieron en las elecciones de noviembre.
De esos comicios nació el Congreso de los Diputados más plural desde la transición de la dictadura a la democracia: en él están representadas 13 fuerzas políticas, en parte gracias a la influencia en el voto de los Indignados. La campaña electoral, no obstante, estuvo completamente centrada en la crisis económica y dictada por ella. Ni siquiera pudo cambiarlo la irrupción de ETA.
La organización separatista armada vasca anunció –justo un mes antes de la cita con las urnas– el cese del terrorismo que ha costado la vida a más de 800 personas. “Ahora ya es tiempo de que los terroristas entreguen sus armas asesinas y desaparezcan para siempre de nuestras vidas”, dijo el rey Juan Carlos sobre el anuncio en su reciente mensaje navideño.
