Eran los últimos días de agosto del 2011. El primer indicio surgió en uno de cafés de calle Pedro Molina, donde suelen pulular los abogados en los tiempos muertos y cuartos intermedios que permiten los trámites judiciales. Era apenas un rumor, que comenzó a repetirse a medida de que se acortaba la distancia con el edificio de los Tribunales Federales.

“Y… parece que sí, que es verdad”, tiró uno de los policías federales apostados al lado del detector de metal. Ya no se trataba sólo de una versión. Incluso, antes de tomar el ascensor hasta cuarto piso, habían surgido nuevos datos de color, tales como cuándo, cómo y con quién.

Una instantánea del juicio.

En la puerta del juzgado de Walter Bento, la confirmación fue más que nada un trámite para darle rigor al tema: Otilio Roque Irineo Romano, quien hasta entonces había sido el hombre más poderoso de los Justicia Federal en Mendoza desde el retorno de la democracia, se había escapado del país. Había huido para no enfrentar las causas penales y el juicio político en su contra.

Una fuente de la Dirección Nacional de Migraciones pasó la información complementaria para despejar dudas. Romano había salido del país con destino a Chile en un vuelo de LAN. En el mismo avión también viajaba su amigo, ex juez federal Luis Leiva. Todo indica que lo había acompañado para poder sacar la mayor cantidad de dinero en efectivo posible.

Unas horas después, el juzgado que investigaba los crímenes que tenía a Romano como imputado recibió la notificación de la Cancillería: una vez en Chile, el ex camarista federal había solicitado protección y pidió asilo como “refugiado político”, luego de señalar que era víctima de una persecución política en Argentina. Días más tarde, comenzaría a tramitarse el pedido de captura internacional y el pedido de extradición. Romano era considerado prófugo. 

En marzo de ese año Luis Miret, quien era su socio y compadre en la Cámara Federal de Mendoza, había sido destituido por el Consejo de la Magistratura. Romano sabía que su destino en ese lugar era inevitable. Y decidió irse justo cuando antes de que se votara a favor de echarlo del sistema judicial.

Jamás pensó que las denuncias en su contra prosperarían. Las desestimó, se burló de la situación y pensó que no era más que una maniobra política.   

Romano detenido, al regresar extraditado de Chile.

Aún así, tomó ciertos recaudos. Aprovechó que estaba en el mismo barro que Miret y lo usó como globo de ensayo. Lo expuso para ver qué sucedía. Mientras él recurría a medidas dilatorias y se refería a su compañero de cámara como “viejo choto”, Miret se ajustaba al proceso y cumplía con lo que le pedían.

La destitución de Miret encendió la alarma. Las trabas puestas en la investigación penal no habían servido en el Consejo de la Magistratura. Era su turno. Lo sabía.

Hasta ese momento había gozado de una impunidad total. A tal punto, que se animó a insultar durante la indagatoria al juez Walter Bento y al entonces fiscal Omar Palermo, responsable de todas causas por delitos de lesa humanidad, y amenazarlos de muerte. El cruce verbal fue fuerte y obligó a Bento y a Palermo a moverse con custodia por unos días.

Otilio Romano era el hombre más poderoso de la justicia en Mendoza. Dueño absoluto de lo que ocurría en el fuero Federal, tenía laderos en todas las dependencias. Le rendían pleitesías y, con frecuencia, le devolvían favores. Sugería veredictos y, si era necesario, modificaba desde sentencias hasta honorarios para peritos. En ocasiones, mandaba a seguir por los pasillos de Tribunales a los periodistas que escribían sobre su caso.

El ejemplo lo dio Julio Petra cuando era camarista federal. Irrumpió en la historia para actuar frente a un pedido de recusación que Romano había hecho para apartar al juez de la causa. Lejos de inhibirse por la amistad manifiesta que existía entre ellos, le terminó dando el gusto para luego ser fotografiados juntos en un bar de Arístides Villanueva. El detalles del champagne en el ticket demostraría que era una noche de festejo.

Romano y Petra, amigos y cómplices.

Ese halo de impunidad se terminó en la tarde de este miércoles. Incluso, antes, se dio el gusto de no estar presente en la sala de debates y seguir la lectura del veredicto a través de videoconferencia. Entonces dejó de ser el ex camarista federal y se convirtió en responsable de secuestros, torturas y homicidios. Pero no como un delincuente común. Para la historia, Romano ya es un genocida. / Por Jorge Hirschbrand