En Suiza, 56,5 por ciento de la población contemplaría el suicidio asistido si padeciera una enfermedad mortal, mientras que 39 por ciento consideraría esta opción si fueran demasiado viejos y la vida no tuviera más sentido para ellos, según un sondeo del instituto MIS Trend publicado en abril. La legislación suiza tan sólo prohíbe que el personal sanitario mate por sí mismo al enfermo.
Así, cuando un paciente con una enfermedad incurable expresa su voluntad de morir de forma clara y repetida, puede optar tanto por el cese de los cuidados que lo mantienen con vida (eutanasia pasiva) como por la administración de un medicamento que pueda provocar su muerte (eutanasia activa indirecta). Sin embargo, los médicos y enfermeros no pueden matar al paciente de manera directa, aunque este se los pida.
En base a esta ley, en Suiza funcionan dos organizaciones dedicadas a los suicidios asistidos que se involucran en la muerte voluntaria del paciente en diferentes niveles y cuya labor no está exenta de críticas ni deja de crear polémica.
RENUNCIAR A LA VIDA. En 1982, la organización Exit-Admd fue la primera entidad en distribuir un carnet en el que se renuncia a todo método de reanimación en caso de enfermedad incurable o de quedar gravemente discapacitado física o mentalmente. Además, pide que, en el caso de que se produzca alguna de las situaciones anteriores, le sea administrada al portador la “medicación analgésica suficiente para calmar los dolores, incluso aunque esto conlleve la muerte”.
Cada año, los miembros de esta organización deben reafirmar su decisión con la renovación del carnet que permitirá que los médicos que los atiendan en el futuro conozcan su voluntad en caso de que no sean capaces de comunicarlas por sí mismos. Para los casos en los que los socios prefieren quitarse la vida sin ayuda externa, esta organización ofrece, a partir de los tres meses de inscripción, una guía en la que se explica la mejor manera de llevar a cabo el suicidio por sí mismo en casa.
Actualmente, esta organización cuenta con más de 68.000 miembros, todos mayores de 20 años y residentes en Suiza, una distinción que no realiza la organización Dignitas, que trabaja por el derecho a una muerte digna para los ciudadanos de todo el mundo desde Zurich. “Siempre he estado convencido de que el derecho a una muerte digna es un derecho fundamental, no puede haber discriminación por el lugar de residencia de la persona”, dijo el médico y fundador de Dignitas, Ludwig Minelli.
UN LUCRATIVO DERECHO. Sin embargo, para gozar de ese “derecho”, Dignitas cobra 3.000 francos suizos (cerca de 2.000 euros) por estudiar la solicitud, otros 3.000 francos por el suicidio asistido y 1.500 francos (casi 1.000 euros) por los trámites con la policía, además de los 2.000 francos (1.323 euros) de la incineración en caso de que la familia prefiera que ellos se encarguen también de esto.
En sus primeros nueve años de funcionamiento (desde 1998 hasta 2007), la organización acompañó a más de 800 personas en el suicidio asistido, 85 de las cuales eran miembros residentes en Reino Unido. Actualmente, 800 ingleses se encuentran en lista de espera para pertenecer a esta organización, que cuenta con 34 hombres y mujeres de esta nacionalidad entre sus socios.
Así, Suiza es uno de los pocos destinos europeos que permite el llamado “turismo de la muerte”, por el que los ciudadanos viajan a otro país para poder acceder a lo que ellos entienden como una muerte digna. El último caso conocido ocurrió el 6 de marzo, cuando un matrimonio británico cuyos miembros sufrían cáncer se quitaron la vida en la clínica de Dignitas en Zurich.
La noticia fue hecha pública por su propia hija, después de que el juez presidente inglés (lord chief justice) diera a entender que no se procesaría a quienes ayudasen a una persona con una enfermedad terminal a viajar al extranjero para suicidarse. Para atender a sus miembros extranjeros. Dignitas cuenta con pequeños departamentos en una zona industrial de Zurich, donde pueden asistirlos en el suicidio rodeados de sus familiares y en un ambiente de paz e intimidad que no sería posible en una clínica.
“A nuestros socios suizos los atendemos en sus propias casas, pero cuando eso no es posible, tratamos de crear la mayor intimidad posible para la despedida”, explicó Minelli. Aunque esta actividad es legal, Dignitas tuvo que abandonar en repetidas ocasiones sus sedes en Zurich debido a la queja de los vecinos, que normalmente se muestran a favor de esta práctica pero no aceptan su ubicación cerca de zonas residenciales.
“Nadie está dispuesto a aceptarnos. Recibimos ofertas de pisos para alquilar, pero en cuanto empezamos los trámites, los vecinos van a la oposición y piden al ayuntamiento local que intervenga”, lamentó el secretario general de esta organización.
MUERTE DIGNA. La opinión de los suizos sobre el llamado “turismo de la muerte” se encuentra dividida, ya que 45,8 por ciento de los encuestados manifestó que el suicidio asistido debería quedar reservado para los residentes en la Confederación, mientras que 45,7 piensa lo contrario, según el sondeo de MIS Trend. Sin embargo, la organización Dignitas defiende que quienes acuden a su clínica han persistido en su decisión en cada etapa del proceso, que puede durar varios meses, y que han discutido la situación con sus familiares para tratar de solucionar sus problemas afectivos y de encontrar soluciones alternativas a su situación física.
“Si todo el mundo tuviera acceso al suicidio asistido, se hablaría más con los familiares y seríamos capaces de ayudar a estas personas a solucionar el verdadero problema, evitando un número muy elevado de intentos de suicidio”, señaló Minelli. Además de la familia, otro de los pilares más importantes que pueden renovar la esperanza de los pacientes de enfermedades de larga duración son los cuidados paliativos, una posibilidad muchas veces desconocida por la población en general.
Precisamente para dar a conocer estos cuidados, la organización Chrysalide organizó recientemente una exitosa exposición en la ciudad de Neuchatel, donde el Estado ofrece estos servicios desde 1995. Allí, los 5.000 visitantes que acudieron a la muestra en las seis semanas que permaneció abierta pudieron comprender un poco mejor cómo se sienten aquellas personas que sufren una enfermedad de larga duración.
“Nadie está a salvo de la muerte, pero no es fácil enfrentarse al hecho de que se acerca”, dijo la jefa de la Clínica de Cuidados Paliativos del Hospital de Neuchatel, organizadora de la iniciativa, Jacqueline Pécaut. La apariencia física, la mente, las relaciones sociales y el sufrimiento espiritual son cuatro de los grupos en los que los especialistas en cuidados paliativos que crearon la exposición dividieron las consecuencias de quienes sufren estas enfermedades.
Quien se encuentra en esta situación tiene que decidir qué hacer a partir de ese momento: vivir a cualquier precio, recurrir a terapias alternativas, quitarse la vida, pedir el suicidio asistido, refugiarse en la vida espiritual o aprovechar el tiempo que le queda. Aunque el tema es duro, la exposición consigue el difícil reto de reavivar el carpe diem (vive el momento) en un país donde, a pesar de tener una de las economías más prósperas y desarrolladas del mundo, todavía hay algunos para quienes la vida pierde el sentido.
