Los meses posteriores a la pandemia sumieron a varios clubes de fútbol en una profunda crisis económica y financiera. Además de no poder contar con el dinero de las recaudaciones, ya sea por falta de actividad o porque se jugaba sin público, las empresas que solían aportar fondos comenzaron una fuerte temporada de ajuste; especialmente en publicidad. Y, en esa movida, los patrocinios deportivos se llevaron gran parte de los recortes.
De todos modos, las estructuras de clubes deberían mantenerse, y eso incluía el pago de los salarios de los planteles que participaban en las divisiones profesionales del fútbol argentino. Y a los dirigentes no les quedó otra que salir a bucear nuevas opciones de financiamiento.
Ese contexto fue terreno fértil para la aparición y proliferación de quienes, como tiburones, huelen la sangre. Personajes que nadan con facilidad en el submundo del delito y se aprovechan de la desesperación que representa una crisis casi fulminante.
Están por aquí y por allá. No se ven con frecuencia. Se camuflan detrás de las figuras de representantes o grupos empresarios. Y, en el momento justo, muestran los dientes, sacan las garras y tiran el zarpazo.
Así contactaron a un directivo de un club mendocino. El mensaje era por demás tentador: un grupo de personas que estaba dispuesto a invertir en la formación del equipo para la temporada y que tenía el poder económico suficiente para sustentar esa campaña. En la previa, todo hacía pensar que se trataba de un nuevo sponsor.
La reunión fue en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Corría el año 2021 ó 2022, por ahí. Los supuestos empresarios tenían un tono extraño al hablar, presuntamente de algún lugar de Europa del Este, o al menos eso imaginó el interlocutor. Pronunciaban raro, con sonidos guturales. Y eran los supuestos socios capitalistas.
Ninguno vivía en Argentina. Habían llegado a nuestro país ni bien supieron que un club de estas pampas estaba necesitado de fondos frescos. Alguien les comentó cuál era la urgencia y por eso decidieron hacer el contacto, tomarse un avión desde Colombia –donde residían- y hacer la oferta.
La propuesta era súper tentadora, sobre todo para una institución en estado terminal. Querían comprar el alma del club, del equipo, de la hinchada. Buscaban hacer un negocio a través de una camiseta de fútbol que perdiera para siempre el sentido lúdico del deporte. Dejaría de ser eso y se convertiría en una suerte de agencia de apuestas clandestinas.
El dinero podía aparecer de un día para el otro. Y para eso había que garantizar el recupero. ¿Cómo? Manipulando situaciones de partidos; desde laterales hasta expulsiones. Absolutamente todo era pasible de una apuesta. Y muchas de ellas podían gestionarse de manera discreta. Ejemplo: al minuto tal, un marcador de punta podía sacar la pelota de la cancha simulando un mal pase. O quizá un delantero tenía una mala tarde y pateaba tres veces al arco sin acertar. O el arquero salía tontamente a cortar un centro y cometía un penal.
“No, no, no… No podemos hacer eso… Es imposible lo que ustedes plantean”, respondió el dirigente. Con total tranquilidad, los extranjeros elevaron el precio de la operación. Propusieron, además del apoyo económico, reforzar el planteL con varios jugadores. Eran todos nombres conocidos en el ambiente que ya participaban de esa movida y estaban avezados en el arte de gestionar partidos para que los apostadores sacaran réditos millonarios.
Para esa época, las apuestas deportivas legales on line en Argentina recién estaban apareciendo. La posibilidad de jugar volvía a instalarse en el país luego de histórico ProDe, que, en comparación, era un desafío inocente que sólo planteaba acertar por local, empate o visitante.
La mafia de las apuestas clandestinas se había instalado en las canchas argentinas con un nivel de penetración superior al pensado. Era la posibilidad de dinero fácil, especialmente, en categorías de ascenso que parecían insignificantes, pero que eran objeto de timbas millonarias en diferentes puntos de Europa, África y Asia. De eso se alimentaba el mercado negro. Y para ello tentaban a jugadores que superaban los 30 años, a los que el tiempo para retirarse de la actividad los apremiaba sin que hubiesen hecho una buena diferencia económica.
Un viaje de ida. Una primera mancha era suficiente para no salir más del negocio, similar a la venta de estupefacientes. Quienes manejaban la actividad no son precisamente personas amables. Básicamente son los únicos que tienen pruebas de los fraudes. Y nadie quiere atravesar el escarnio de quedar expuesto, en el mejor de los casos. Una mafia instalada en todas las divisiones del fútbol campeón del mundo y que, de un tiempo a esta parte, puso bajo sospecha todos los resultados.
Burro o corrupto. ¿Por qué ese delantero erró un gol tan fácil? ¿Por qué ese defensor fue tan rústico para cometer ese penal innecesario? ¿Hacía falta pegar esa patada e irse expulsado cuando el partido estaba ganado y faltaban minutos para el final?
Una versión de aquella charla indica que el costo a decir “no” fue de 50 mil dólares. Esa cifra sólo por negarse a participar.
Meses más tarde, el equipo se comió una goleada interesante. Un asesor del club, un ex jugador con experiencia de sobra empezó a ver comportamientos raros. Se calentó feo porque, en sus tiempos, algunas conductas hubieran terminado en una piñadera adentro del vestuario. Cómo van a romper así el alma del club. Se dio cuenta de que algo extraño había pasado. Se acercó al dirigente y al oído le dijo: “Viejo, lo siento, pero fueron para atrás”.
