La sociedad de principios del siglo XX se vanaglorió acerca de cómo, a través de los adelantos científicos y técnicos, se derrotarían la pobreza, las enfermedades, el hambre, el analfabetismo y las violencias. Ya recorrimos la primera década del siglo XXI y únicamente contemplamos un escandaloso fracaso.
La experiencia nos ha enseñado que la violencia se desarrolla allí donde el ser humano, la cultura y la ausencia de políticas le hacen un lugar. Luego, como toda enfermedad, se reproduce y no cesa de atacar el tejido social mientras no se apliquen los remedios adecuados.
En esta nueva época, algunas familias y escuelas, han dejado de ser aquellos contextos en los cuales los niños y las niñas se sentían más seguros y queridos. Pero, escuelas y familias no deben seguir enfermando, ya que con urgencia necesitamos que recuperen su lugar en la alfabetización emocional de la generación de los bicentenarios latinoamericanos.
“La única forma de aprender a amar es siendo amado. La única forma de aprender a odiar es siendo odiado. Esto no es fantasía ni teoría, simplemente es un hecho comprobable. Recordemos que la humanidad no es una herencia, sino un triunfo”. (Ashley Montagu, La agresión humana, 1976).
Un mal contagioso. El estudio Violencia, miedo, inseguridad y los pobres en la América latina urbana del Banco Mundial (2004) denuncia que, desde principios de la década de los 80, las tasas de homicidio intencional aumentaron 50%, y las principales víctimas han sido los varones entre 15 y 20 años. La violencia en la región se encuentra entre las cinco causas de muerte, pero ocupa el primer lugar en Venezuela, México, Brasil, Colombia y El Salvador.
Este grave escenario produjo de manera inédita que en junio del 2000 se creara la Coalición Interamericana para la Prevención de la Violencia, la que quedó integrada por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Unesco, la Organización de Estados Americanos (OEA), los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) y el Banco Mundial.
La debilidad de las políticas y la cultura patriarcal favorecen situaciones de impunidad y son causa y consecuencia de la vulnerabilidad de un vergonzoso número de mujeres y niños. Nadie nace violento, pero el círculo de la violencia familiar promueve su transmisión intergeneracional al enseñar que la violencia puede ser una forma rápida de resolver conflictos. Así, los niños y adolescentes que han sufrido o presenciado hechos de violencia en su familia, tienen mayor riesgo de repetirlos en su propia vida. La conducta violenta no es instintiva sino aprendida, pero se inicia en la primera infancia y continúa desarrollándose estimulada por el medio hostil hasta incorporarse a los comportamientos habituales.
Dutton y Hart (1997), al igual que otros científicos dedicados a analizar la transmisión de la violencia familiar, comenzaron a identificar grupos de niños maltratados e hicieron su seguimiento hasta que alcanzaron la edad adulta. Descubrieron que la tasa de delitos violentos cometidos por estas personas era elevada y que existía una estrecha relación entre el tipo de maltrato sufrido en la niñez y el tipo de delitos cometidos. Los hombres violentos habían recibido castigos físicos y los delincuentes sexuales habían sido vejados sexualmente.
Aunque la observación y la imitación influyen en el aprendizaje de la conducta violenta, afortunadamente, no la determinan, y así, algunos niños agredidos no alcanzan a convertirse en personas violentas por el apoyo y el afecto de adultos, quienes muchas veces sin ser conscientes de ello, logran mitigar, y en oportunidades romper, la cadena de la violencia.
Cuando se consultó a los niños y adolescentes (Estudio mundial sobre violencia contra la infancia, Buenos Aires, 2005), una de las conclusiones para Latinoamérica fue que percibían los hogares y las familias como el entorno en el que se violan más sus derechos bajo distintas formas de violencia.
También, la omisión y la negligencia de los adultos implican violencia. Cuando le preguntaron a Gabriel Marcel sobre las conductas agresivas y la desobediencia de los hijos, su respuesta no se centró en la rebeldía de estos, sino en aquellos padres que en la actualidad han dejado de ejercer su autoridad.
Contra la violencia: todos. El fenómeno de la violencia es multicausal y es precisamente por ese motivo que las acciones para prevenirla tempranamente y enfrentarla con eficacia deberían estar orientadas a los diversos factores que contribuyen al problema. Porque se necesita una combinación de esfuerzos a diferentes niveles: del individuo, del hogar y de la comunidad. Sigue siendo una torpeza pensar que un solo sector reducirá las distintas formas de dañar al otro.
Es evidente que el papel social atribuido a la niñez y a la juventud ha ido variando gradualmente. De ser propiedad de los padres ha pasado a considerarse a la infancia como un bien social, atribuyéndose al niño un significado de sujeto socialmente débil que debe ser protegido por la legislación, de tal modo que la sociedad en su conjunto se constituya en defensora de sus derechos.
Sin embargo, los mismos niños y jóvenes que deben ser objeto de especial protección se convierten en la lógica del libre mercado en potenciales consumidores, para lo cual hay que movilizar intereses y manipular deseos. Así, esta ambivalencia es generadora de tensiones, tanto en la familia, con las exigencias de consumo hacia los padres, como en la escuela, que debe competir con la atractiva propaganda de los medios, utilizando contenidos y metodologías, que, generalmente y a pesar del esfuerzo de los educadores, no alcanzan a provocar el interés que sí logran con facilidad la televisión o internet.
Lo cierto es que la progresiva pérdida de “autoridad” de la escuela ha venido aparejada también a un incremento de la influencia de otros referentes, que suelen estar vinculados con una recreación social, donde la diversión conseguida a través de su consumo termina constituyendo una de las principales metas de niños y jóvenes en todos los países.
En este contexto, poder discernir sobre las distintas agresiones que se producen en la escuela, pasa necesariamente por aceptar que no se trata de un fenómeno aislado y circunscripto exclusivamente a la escuela. Es importante comprender las nuevas dinámicas sociales y cómo estas determinan, no sólo el comportamiento sino las propias percepciones, emociones y necesidades de los chicos.
La búsqueda de alternativas que permitan prevenir la violencia y el desarrollo de estrategias orientadas al aprendizaje y la gestión de la convivencia constituyen formas alternativas a la tradicional disciplina y autoridad escolar, las que actuaban con éxito sobre un alumno atento, silencioso, respetuosos y, generalmente, entusiasmado por aprender, características que hoy resultan difíciles de hallar, y no solamente en el aula.
Somos, por lo general, los mismos adultos que enseñamos el engaño, la transgresión, la insubordinación y la respuesta violenta, quienes luego enviamos a nuestros hijos a una escuela a la que le exigimos los incluya sin conflictos.
Indisciplina y agresiones en la escuela. Los cambios demográficos, sociales y económicos que llevaron a la familia -como la “escuela más pequeña”- a alterar su estructura, funciones y a modificar los valores y las conductas de sus miembros, también perturbaron a la escuela tradicional.
La violencia en la escuela constituye un concepto que ha ido evolucionando y que actualmente continúa enriqueciéndose con miradas diferentes. Si consideramos la violencia escolar como un hecho aislado, podemos centrarnos exclusivamente en el agresor y la víctima, pero si adoptamos un criterio ecológico, esta mirada comprende un análisis más global e interrelacionado entre la sociedad, la familia y la escuela.
Las agresiones que tienen por protagonistas a alumnos, docentes, personal no docente y padres no pueden ser simplemente confundidas con otras formas de violencia o delincuencia, ya que son específicas en sus formas, en sus causas y se producen en una institución particular. Por este motivo, la investigación mundial se interesa cada vez más en los efectos del contexto específico ligado a la escuela y como esta se organiza y gestiona la convivencia para, finalmente, favorecer o prevenir la violencia.
El nuevo clima social de la escuela. La escuela acusa el impacto social y cada vez son más frecuentes los acontecimientos que alteran la buena convivencia en las aulas y los patios. Los aprendizajes violentos adquiridos en la familia, el barrio y a través de los medios de comunicación se traducen en indisciplina y violencias, sobre todo en aquellas instituciones que no han priorizado la prevención y la calidad del clima de convivencia.
Pero, si ya la temperatura social dificulta que los docentes enseñen y que los alumnos aprendan, hoy debemos añadirle a este desafiante contexto, la extensión de la obligatoriedad y las políticas de inclusión hasta los 16 o 18 años, según los países. Así, al incorporar un gran número de jóvenes, muchos de los cuales no están motivados para el rigor del estudio tradicional o se sienten forzados a asistir para que sus familias reciban subsidios estatales, las nuevas dinámicas demuestran, como asegura la vieja sentencia: “Puedo llevar el caballo al río pero no obligarlo a beber”.
Así, la violencia interpersonal puede hacerse presente de muchas maneras, unas más explícitas que otras y, por ello, unas más fáciles de reconocer que otras. En todo caso, este es un aspecto a tener en cuenta para intentar prevenir su aparición, o bien, tener recursos para enfrentarla en el caso de que ya esté presente en la escuela.
Esta enfermedad social también se presenta en la relación entre docentes o entre docentes y alumnos, a causa de conflictos que no son afrontados de una manera positiva, es decir, sin buscar en ellos el aprendizaje y la superación del grupo como tal. Lo mismo sucede entre aquellas familias y docentes que llegan a sentirse como competidores en el desarrollo de una tarea, que, se supone, busca el desarrollo armonioso de los niños y los adolescentes.
El clima generado por la violencia, según un estudio realizado por la Unesco en Brasil (2002) aplicado a más de 30 mil alumnos, revela que queda afectado el orden necesario para el proceso educativo, se reduce el rendimiento de los estudiantes y los docentes, se quebranta la convivencia e incide, finalmente, sobre el abandono y la expulsión escolar.
De igual forma, el estudio realizado a más de 6 mil alumnos entre 10 y 18 años por el Observatorio de la Convivencia Escolar de la Universidad Católica Argentina (Castro Santander, 2006), mostró que aproximadamente 22% de los alumnos tenía “miedo” a algunos de sus compañeros, pero que la incidencia entre los 12 y 15 años era de 1 cada 3 alumnos, edades en las que también se produce el mayor fracaso escolar.
¿Qué vemos? (y qué dejamos de ver o considerar) y ¿cómo lo interpretamos y cómo actuamos? son aquellos criterios acerca de la violencia que debemos responder para poder prevenirla, enfrentarla y, si se involucran responsablemente todos los actores sociales, erradicarla definitivamente de una institución que necesita privilegiar la comunicación en el mejor clima de encuentro.
Las principales investigaciones realizadas sobre la violencia en el ámbito escolar se han centrado en aspectos externos y, por tanto, se ha asumido una concepción de violencia más tradicional, es decir, vinculada a lo que podemos observar. Pero, actualmente, contemplamos otras formas de violencia en el contexto escolar que presentan características diferentes. Esto se hace evidente, por ejemplo, en el rechazo hacia la institución escolar por parte de un sector significativo de alumnos, provocando situaciones de hostilidad entre grupos de alumnos y docentes.
De la misma forma, también reconocemos el elevado número de bajas por motivos de desgaste profesional y la angustia con la que se vivencian los nuevos retos educativos (atención a la diversidad, gestión del clima escolar, educación sexual, desarrollo de otros contenidos transversales, entre otros), los que constituyen indicadores significativos del creciente malestar docente.
Es así como la violencia que se produce en el ámbito de las escuelas no constituye un objeto de estudio claro, preciso y estable, sino que presenta un desarrollo y evolución paralelos a los cambios sociales. El propio concepto de violencia con la incorporación de aspectos relativos al grado de integración, a las violencias desapercibidas, a la presión del grupo, a la influencia de los medios masivos de comunicación y a la utilización de las nuevas tecnologías pone de manifiesto cómo la comprensión del fenómeno va evolucionando en función de categorías, valores sociales y otros contextos de carácter más general, como es el caso de las políticas públicas.
Aprender a gestionar la convivencia escolar. Unos de los aspectos más importantes a tener en cuenta en los niños y que contribuye al desarrollo cognitivo y social y al grado de efectividad con que actuamos luego como adultos es el de las relaciones entre iguales. Así, el mejor indicador en la niñez de la adaptación en la vida adulta no son las notas en la escuela ni el comportamiento en clase, sino la capacidad con la que el niño se relaciona con otros niños y adultos.
Es ya una convicción que las formas más eficaces de prevención de las futuras conductas violentas deberían iniciarse en la educación integral de la primera infancia, a través de la alfabetización emocional-social, pero esta dimensión del ser humano no es generalmente prioridad de las políticas públicas en nuestra región y, por lo tanto, no existe en los diseños curriculares o aparece desdibujada en proyectos aislados, descontextualizados y sin persistencia.
Pero si existe algo que puede derrumbar todos los esfuerzos por enseñar a nuestros alumnos habilidades para la convivencia y que estas den por resultado un niño o adolescente que aprenda a estar bien con los demás, es la falta de motivación y de formación de los mismos docentes para iniciar este proceso educativo. Pero, ¿cómo se sienten hoy los educadores frente a la creciente conflictividad en las aulas? El porcentaje de niños disruptivos, indisciplinados y violentos parece crecer, modificando el clima escolar y transformándose en una de las causas por la cual algunos docentes desertan de las escuelas o se enferman.
Junto al cuidado que merecen los docentes, estos necesitan de una renovada formación inicial y continua en competencias para gestionar la nueva convivencia en las aulas, permitiéndoles crear un clima social escolar positivo e incorporar nuevas estrategias de enseñanza.
La escuela, lugar de aprendizaje de competencias cognitivas, debería ser también de la competencia social. Si bien algunos insisten en atribuirle actualmente a la escuela ser un ámbito de socialización, de educación para la ciudadanía y de compensación frente a la violencia estructural de nuestra sociedad, en los últimos años hemos comenzado a cuestionarlo.
Aquella función que le atribuimos durante décadas de “socialización secundaria”, al ser el primer lugar donde el niño o la niña iniciará su relación e interacción social lejos del hogar, hoy forma parte sólo de los recuerdos o los discursos.
En el análisis actual que hacemos del proceso educativo nos cuesta encontrar acciones que intenten, en espacios y tiempos concretos y con una real intencionalidad educativa, consolidar un tipo de valores, actitudes y comportamientos que, en general, podrían considerarse como pro-sociales. No se observan intentos claros para que el alumno aprenda a “estar bien con el otro” y asuma reglas y normas que permitan un marco común de entendimiento, siendo estas premisas las que garantizarían la existencia de un ambiente de aprendizaje óptimo y productivo. Sí se hace evidente que este aprendizaje social se desarrolla durante la interacción escolar de los niños, en la mayoría de los casos, por “ensayo y error”, espontáneamente y con una imprecisa presencia del adulto.
Hoy podemos encontrar importantes iniciativas en relación con la educación sexual, vial, ecológica o para adquirir una ciudadana “cultura tributaria”, pero estas no lograrán lo que pretenden si antes el niño y el adolescente no aprenden a estar bien con los que lo rodean, sean otros niños o adultos. Es absurdo priorizar el aprendizaje de algunos contenidos transversales que intentan responder a problemas sociales y, por otro lado, descuidar la convivencia.
La experiencia indica que existen algunos “puentes” entre la individualidad que promueve esta nueva modernidad y una convivencia agradable:
1) La cortesía, la gentileza, el cuidado de las maneras, la amabilidad en el trato, que no debe permitirse que el tiempo y los conflictos las alteren.
2) El respeto a la individualidad del otro. El afán de dominación del otro olvida que cada persona necesita un espacio de privacidad, de intimidad.
3) La empatía, es decir, la capacidad para ponerse afectivamente en el lugar del otro y participar en sus alegrías y en su dolor.
4) La capacidad de participar en metas comunes. Para ello hay que saber ceder en unas cosas y mantenerse firme en otras.
5) La búsqueda compartida de sentimientos agradables y positivos. La vida diaria se construye con pequeñas satisfacciones. Un ambiente cariñoso, distendido, acompañado de actos de reconocimiento y de afecto -una palabra de agradecimiento, un regalo, un comentario halagador, un gesto de cariño, una caricia, una broma en el momento oportuno- favorecen la convivencia.
6) La lealtad. Una relación afectiva debe descansar en la confianza. La mentira, el engaño y la infidelidad son profundamente injustas y destruyen psicológicamente.
7) La capacidad para valorar lo bueno que se tiene. Vivimos en una cultura del consumo, que valora lo que no se tiene o lo que ya se ha perdido, con lo que pasamos la vida consumiendo y desechando objetos y personas.
8) La apertura de espíritu necesaria para aprovechar los recursos que proporciona el amor.
Pero estos puentes necesitan ser enseñados, y no existen aún mejores ámbitos que la familia y la escuela, las dos instituciones que nunca debieron perder su tradicional alianza. Sólo ellas pueden complementarse para dar forma a la inteligencia y al corazón. Nadie puede ser alguien sin un entorno amoroso que le haga posible ser, para que recién entonces pueda “encontrarse” con los demás.
