Desde hace años que la situación del acoso escolar es cada vez más evidente en las aulas y en los patios de las escuelas mendocinas. Es una preocupación particular que forma parte, a su vez, del degradado tejido social en el que las relaciones entre alumnos se establecen en algunos casos desde la violencia hacia el otro. Pero suele generar alarma porque a veces explota en las manos de docentes, directivos y padres. Y en ese momento ya es tarde.
A menudo, la suposición en los colegios tiende a abordar estos sucesos con apenas una charla brindada por especialistas. Igual sucede con otras cuestiones no menos espinosas, como la educación sexual o las adicciones. Y los docentes a veces subestiman cuando los estudiantes plantean una situación así.
También suele haber cierto temor respecto del manejo de las redes sociales por parte de los adolescentes, que sobrepasa la atención que puede otorgarles el mundo adulto, sumado a la diferencia generacional respecto de sus códigos que avanzan tan rápido como la tecnología. La escuela corre por detrás de muchos problemas del universo de los chicos.
Después de la pandemia, la cuestión de la salud mental de los estudiantes no es un tema para tomarse a la ligera, ya que resultó perjudicial tanto para los saberes como para las emociones. El aula puede contener, pero también apabullar. Ahí es donde la comunidad educativa puede hacer hincapié de una manera integral, adelantándose a los problemas, aportando diálogo a las relaciones dañadas y hasta oportunidades para mejorar la convivencia.
