Los que conocen el norte de Argentina aseguran que en esa zona todos tocan la guitarra y cantan. El folclore se respira en cada esquina y no importa si se es afinado o no, la música se siente y se disfruta. Marcos era sanjuanino y estaba casado con la cordobesa Chichí. Él trabajaba para YPF y por su labor vivió en diferentes provincias. Fue en el Norte donde empezó a tocar la guitarra porque se enganchó con esa hermosa costumbre. Mientras su mujer, quien era ama de casa, cantaba todo el día sólo por placer. Dicen que ella cantaba muy bien.
De ese feliz matrimonio, en Tartagal (Salta), muy cerquita de la frontera con Bolivia, nació el cantautor Javier Rodríguez, quien está celebrando 30 años con la música y una trayectoria que lo lleva de los musicales de Pepito Cibrian Campoy a solita del maestro Ariel Ramírez. De director de coros a embajador del folclore cuyano en la zona de Países Bajos.
“Fue en San Pedro de Jujuy, luego de estar en el cumpleaños de un compañerito de segundo grado, que tocaba un poco la guitarra, que descubrí que esto me apasionaba. Llegué a casa y le dije a mis padres: ‘Quiero tocar guitarra como Marcelo, mi compa y amiguito”, recordó Rodríguez, quien celebra sus tres décadas de carrera con un espectáculo que se llama “Adentro”. El concierto se realizará en el teatro Plaza de Godoy Cruz y reunirá canciones de su autoría y versiones de otros artistas.
Las entradas para el recital se pueden comprar en la boletería del teatro (Colón 27, de Godoy Cruz), de lunes a viernes de 8.30 a 14. También se pueden conseguir online, a través de https://bit.ly/EntradasJavierRodriguez. Rodríguez estará acompañado por Pablo Quiroga (batería y percusión) y Mauricio Achem (bajos eléctricos de cinco y seis cuerdas). Como invitados de esta experiencia sonora íntima participarán el poeta Pedro Zalazar, las cantantes Alejandra Marengo y María Fernanda “Punchi” Sánchez y el joven pianista Marcos Rodríguez.
El homenajeado y actual director de Guaymallén Coral y Coral Voces del Retamo (Junín) dialogó con El Sol y realizó un repaso por su trayectoria.
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– ¿Cuándo te viniste a vivir en Mendoza?
– Llegamos un 3 de enero de 1981, hacía mucho calor. Vivimos con mi familia una semana en un hotel céntrico hasta que nos instalamos en la Cuarta Oeste. Allí, viví 20 meses hasta que nos instalamos definitivamente en Dorrego.
– ¿Cuál fue tu primer acercamiento a la música?
– Fue en el cumpleaños de un compañero de segundo grado. Además, tuve una profe de guitarra que me enseñó a tocar “Zamba de mi esperanza” y a partir del segundo tema que aprendí, empecé a sacar canciones yo solo. Cantaba en la cocina, en mi habitación, en la vereda de casa, y luego en los cumpleaños. También cantaba en actos escolares y reuniones de amigos de mis padres. Actualmente, estoy en contacto vía Facebook con mi profe de entonces, Graciela de los Santos, una mujer muy sabia y es una fiel seguidora de mi carrera profesional.
– ¿Cuándo decidís que te querés dedicar a la música profesionalmete?
-En 1991, muchos años después de haber abandonado la carrera de Medicina en la UNCuyo y de haber transitado trabajos administrativos y de venta, por sugerencia del amigo Pepe Sánchez (percusionista), me animé a cantar con público desconocido y en un ámbito nuevo para mí: los pubs, que en los ‘90 pululaban en el Gran Mendoza. Paralelamente, tomé el desafío de codirigir una formación coral nueva que se llamó Coral de las Arenas y cuyo director y mentor fue nuestro maestro Damián Sanchez. También en la misma época fui guitarrista de los Niños Cantores de Mendoza. Ese fue un año intenso con esos tres trabajos independientes. Al comenzar 1992, le dije a un amigo contador y compañero de trabajo: “Voy a dejar la oficina y me quiero dedicar a esto”. Me respondió: “Es lo tuyo hace años, menos mal que te diste cuenta”.
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– Durante una década fuiste el cantante de Ariel Ramírez, ¿qué anécdotas nos podés contar de esa etapa?
– Cantar con Ariel Ramírez fue el segundo clic en mi vida como profesional. El primer fue haber conocido a Damián Sánchez y ser dirigido por él. Aprendí otra forma de escuchar e interpretar la música de raíz popular con compromiso en la poesía y la composición. Volviendo a Ariel Ramírez, tuve tres instancias en mi vida, con él. La primera fue como coreuta del Coro de Regatas. La segunda fue en junio de 1993, donde me toca dirigirlo a él y a su elenco, fue un concierto de “Misa Criolla”, en la inauguración del Parque Unimev. Yo venía con mi carrera de solista en ascenso y muy bien expuesto, pero en ese concierto sólo estaba en mi función de director. Pero la gente –al finalizar el concierto- pedía que yo cantara, y yo no estaba en la programación. Ariel preguntaba a la organización qué pasaba, qué reclamaba el público hasta que le dijeron. Así, se me acercó y me dijo: “Pero vaya m’hijo y cante”. Posterior al concierto me dijo que cuando anduviera por Buenos Aires lo fuera a ver y así lo hice, pero en esa oportunidad no pasó de ser una visita de cortesía. La tercera instancia, yo estaba cantando en el musical “El Jorobado de París II”, dirigido por Pepito Cibrian Campoy en el Luna Park (en 1995), cuando la esposa de Ramírez me llama y finalmente surge la oportunidad de actuar con él una vez que finalicé con Pepito. Debuté con Ariel un 16 de diciembre de 1995, en la casa-museo de Victoria Ocampo, en San Isidro.

– ¿Qué enseñanzas te dejó Ramírez y qué significa en tu carrera este gran artista?
– Ariel, con su nombre y marca de artista mundial, me dejó una enseñanza de humildad y respeto en el escenario y debajo de él. Siendo quien era, me dio un lugar de protagonismo inmenso en el escenario y luego, con el correr de los años, confió en mi como productor de conciertos y giras por Argentina y países de Latinoamérica. Tarea que nos dio muchas satisfacciones, desde todo punto de vista. Me encantaba ir a su nueva casa en Boedo. Era una casa vieja, pero remodelada para vivir con su esposa y sus perros. Allí se respiraba ese clima de historia y creación. Y allí aprendí y ensayé tres canciones que tuve el honor de estrenar y luego grabar con él para mis discos. Como cantante solista e intérprete, esos casi 10 años de experiencia fueron el punto más alto en esa etapa de mi vida profesional.

– Con respecto a las comedias musicales, ¿extrañás algo de esa etapa? ¿Cuáles fueron los pros y los contras de esa época?
-La etapa de las comedias o teatro musical, las tomo como una inmensa experiencia de aprendizaje en otro ámbito artístico. Un trabajo en equipo multidisciplinario con otros artistas grosos, donde debés dejar de lado ese ego que uno como solista tiene. Allí se trabaja en función del espectáculo general. Extraño eso y el aprendizaje de muchísimas cosas en torno a la producción, al backstage, el detrás de la escena. La comedia musical no es mi palo, pero he disfrutado muchísimo hacerlo, cuando me tocó, tanto en un ensamble como interpretando a Valjean en “Los Miserables”, a San Martin en “El sueño del General” o “Fausto”. La única contra que podría ver es que haciendo esos musicales en Buenos Aires tuve que posponer mi actividad como solista.

– Hace años que viajás a Holanda llevando nuestro folclore, ¿creés que una vez que se normalice todo, podrás retomar esas giras como embajador de nuestra música?
-La pandemia nos hizo cancelar una gira por Holanda con 18 conciertos confirmados y otros pocos más en Suecia y Dinamarca, con posibilidades de abrirnos a Noruega. Un golpe anímico y económico, como a muchos en diferentes actividades. Este año está confirmada y abierta la posibilidad de ir con menos conciertos y dependiendo de la evolución y apertura de salas. El detalle es que viajo siempre entre noviembre y diciembre, épocas de mucho frío y si está latente el virus y sus mutaciones, se complica. Pero nos ilusionamos con la posibilidad, le ponemos buena onda.
– A parte de una extensa trayectoria, reconocimiento y el cariño del público, ¿qué otra cosa le agradecerías a esta profesión?
-Agradezco los amigos y las amigas que me dio la actividad coral por sobre todas las cosas. Agradezco que alguien depositó en mí la voluntad del “seguir a pesar de…” Agradezco la enseñanza y ejemplos de mis padres para elegir relacionarme con gente similar a uno, desde el “buen día, muchas gracias, por favor” y cosas así.

