La autoestima es algo que, en mucho casos, queda debajo del felpudo. Me decía un amigo ayer: “Cómo andaré de mal con mi autoestima que hace como quince días que no me miro en el espejo”. La pregunta es: los argentinos ¿aún seguimos creyendo en los argentinos? Quiero decir en la gente, esa multitudinaria que trata de ganarse el día de cualquier forma; esa que tiene parecidos sueños, ilusiones y desconfianzas. La respuesta está implicando nuestro futuro.
¿Creemos en nosotros mismos? Si creemos, entonces todo es posible, una nueva generación de dirigentes nobles, el comienzo de una nueva etapa donde la solidaridad sea el condimento esencial de las acciones diarias. Todo es posible. Pero si no creemos, elijamos un país y vayamos a buscar otros “nosotros” que, aunque en otros idiomas, nos entiendan mejor.
Debemos resolver si esto que nos pasa ahora será mejor o peor que lo que haremos que nos pase en el futuro, y eso es el instante que viene. Lamentablemente, no va a borrar nuestros malos recuerdos, estos sólo se borran con los buenos recuerdos. La palabra “podemos” no es una quimera, puede ser una realidad a poco nos detengamos a convivir, no a contravivir. A poco, a muy poco que comencemos a pensar que si no nos salvamos todos va a ser muy mezquino, muy exiguo, muy inútil que se salve alguien.
