Un cuento de Ítalo Calvino describe la desesperación que experimenta un hombre al entrar en su biblioteca y ver todos los libros que aún no ha podido leer. Con pocos textos se identifica más Aída Kemelmajer de Carlucci (64), la única mujer que durante 26 años ocupó un lugar en la Suprema Corte de Justicia, el cual quedó vacante luego de su jubilación. Confiesa que está impaciente por disfrutar de esas páginas que aún no recorrió, que seguirá con su actividad docente y que no será candidata a ningún puesto político, aunque la hayan tentado en varias oportunidades.
El miércoles fue su último día en la Corte y en el despacho que, en 26 años, asegura, nunca tuvo la puerta cerrada. Miguel –el ordenanza que sabe lo que desea tomar sólo por su expresión– le trae el último cafecito. El gran armario que ocupa toda una pared está vacío, la jueza se fue llevando sus libros de a poco y sólo quedan unos antiquísimos ejemplares que utilizará seguramente su sucesor. Ella expresó su deseo de que sea una mujer, no porque crea en una visión femenina de la Justicia, sino porque la sociedad está conformada por los dos sexos, y eso debe estar representado en el máximo tribunal.
La mujer que de chiquita quería ser dentista, cuenta que León Víctor Chade, un profesor de la secundaria a la que asistía en San Martín, fue quien despertó su vocación por el Derecho, asegurándole que desde ese espacio podía trabajar por la paz, por la solidaridad y por la educación. El hombre llegó a ser el ministro de Gobierno durante la gestión de Felipe Llaver, mandatario que la propuso para formar parte del máximo tribunal, lugar al que ingresó en 1984.
Sentada por última vez en el sillón de su despacho, La Rulo –como la llaman desde chica– repasa sus años en el máximo tribunal utilizando su ironía y su pedagogía. Confiesa que en los momentos difíciles se apoyó en el recuerdo de su papá, Miguel, y de su mamá, Clara, dos personas que la marcaron y a las que definió como inteligentes y cultas, aún cuando no tenían una educación formal, y en su marido, Nedo Carlucci (66). “Es una persona muy importante en mi vida, yo no sería nada sin él”, asegura.
Reconoce que hay “revoluciones” necesarias que aún no se hicieron en el Poder Judicial y que los procesos siguen siendo lentos. Dice que desde hace diez años se lleva muy mal con el gremio y que nunca tuvo poder de convicción para que entendieran el trabajo como un servicio público. “Me ha costado menos hacer cien sentencias que mover un empleado de una oficina a la otra”, señala.
Se define como una persona no religiosa y asegura que la sociedad debe discutir temas como la despenalización del aborto y el matrimonio gay.

Los objetivos que Chade le marcó de trabajar desde el Derecho por la paz, la solidaridad y la educación, ¿logró hacerlos realidad como abogada y como ministra de la Corte?
Es lo que hemos intentado hacer. Si lo he logrado tienen que decirlo los abogados del foro, que son los que mejor juzgan, porque nosotros nos hemos pasado 26 años juzgando a los demás, y siempre he pensado que los jueces somos juzgados por nuestras sentencias. Por eso he redactado cada sentencia que hice, porque siempre he pensado que yo seré juzgada por mis sentencias así como yo juzgué a los demás. Me hago responsable de cada palabra que está puesta ahí, porque la he puesto yo.

En todos estos años, ¿cuáles fueron las sentencias más complicadas ?
En una Corte usted encuentra temas que son de gran implicancia institucional y siente que tiene una responsabilidad muy grande, un ejemplo fue cuando tuvimos que decidir si se habían cumplido o no las mayorías para la reforma constitucional en Mendoza, cuando era gobernador (José Octavio) Bordón. Yo sentía que parte de la vida de la provincia pasaba por ahí, porque qué es más importante que la Constitución, y sabíamos que el gobernador Bordón, con quien teníamos muy buenas relaciones, buscaba la reelección, y nosotros con esta sentencia le estábamos impidiendo eso. Son esos expedientes en los que uno siente ese peso institucional. Por aquí también pasó el tema del Banco de Mendoza, que fue un caso por el que sí pasó parte de destino de la provincia. Es decir, son una serie de expedientes que, cuando llegan, uno se da cuenta de que hay cosas que son de toda la sociedad, no sólo de los que tienen parte en el pleito. Ni qué hablar de temas ambientales o cuando hay que resolver si una fábrica donde a lo mejor están trabajando 300 o 400 empleados se tiene que ir porque la firma contamina, y uno tiene a los empleados con el bombo que le dicen “no me cierre la fábrica”. Siempre intentamos compatibilizar todos los intereses en juego, pero hay veces en que no se puede. Hay otras causas, las más, en que uno enfrenta los problemas cotidianos de la gente, si le escrituraron o no la casa, si la casa del barrio tenía o no defecto, si tuvo un accidente de tránsito, si quedó discapacitado. Son todas cosas que son los problemas diarios de la gente, y uno es consciente de que cada expediente que va tomando no es un expediente, es la vida de esa gente, el problema que tiene esa gente.

Su marido es abogado, ¿eso fue un problema o una incompatibilidad, por ser usted ministra de la Corte?
No debería haber habido inconvenientes por mi marido. Las veces que ha llegado a la Corte en 26 años se cuentan con los dedos de la mano y, obviamente, yo nunca he intervenido en esos juicios. O sea que, teóricamente, no debería haber habido problemas. Pero de parte de algunos jueces ha existido eso de que como viene con la firma de este entonces tengo que darte la razón sólo si no hay otro remedio. Mi marido y mi hija, que también es abogada (Fabiana, 40 años), y que jamás han invocado el apellido para nada, sí es verdad que tienen problema, aunque, insisto, no deberían existir, porque jamás se han presentado casos en los que ha habido ni la más mínima sospecha de parcialidad.

¿Sufrió presiones de algún gobernador por una sentencia?
A mí nunca, ningún gobierno me presionó, nunca.

¿Y a la Corte?
Eso no se lo puedo contestar ni lo sé. Pero a mí nunca ningún gobernador me llamó por teléfono, nunca.

¿Cómo fue la relación del Poder Judicial con los gobernadores?
Con el gobernador Bordón era buena, también con (Arturo) Lafalla, fueron muy malas con (Julio) Cobos, muy malas con (Roberto) Iglesias, en su momento fueron malas con (Felipe) Llaver, pero se arregló.

¿Cómo son con Celso Jaque?
Malas.

¿Cuál es la razón de esa mala
relación?
Hablar mal del Poder Judicial ha sido siempre un buen negocio para los políticos.

¿Por qué?
Porque en el discurso demagógico aparecen como contrarios a grupos privilegiados, entonces, es bueno decir que los jueces son privilegiados. Por ejemplo, la gente dicen, “ah, esta se jubila, pero mirá la jubilación”. La jubilación que a mí se me ha otorgado está de acuerdo a los aportes que yo he hecho, y eso es lo que la gente no entiende, porque es más fácil hacer un discurso igualitario hacia abajo, aquí nadie se preocupa por igualarse hacia arriba. Fíjese usted el último discurso del gremio, es siempre contra los jueces, cuando ellos lo que tienen que entender es que tenemos que salvar el sistema judicial y que este sistema lo hacemos todos: empleados, jueces, abogados, y si vamos a estar enfrentados, nos va a pasar lo mismo que en la época de Cavallo, cuando el derecho era el enemigo de la economía. Bueno, así no puede ir un país.

¿Cuáles son las consecuencias de ese enfrentamiento?
El resultado está a la vista: el deterioro del Poder Judicial, y eso es el deterioro de la Justicia para la gente, y eso es lo que no se entiende.

¿Es difícil juzgar en una provincia que es catalogada de tradicionalista, sobre todo cuando se trata de temas como la despenalización del aborto?
Yo siempre me he manejado sobre la Constitución, pero reconozco que tiene un techo ideológico, y entonces usted interpreta en un sentido o en el otro. Por ejemplo, en ese caso de la interrupción del embarazo, pudimos sacar una sentencia rapidísima porque sostuvimos que una asociación ProVida no está legitimada para recurrir la decisión de un juez, porque eso para nosotros no es un interés difuso, como puede ser el del medio ambiente, sino uno personal. Le dimos prioridad a la decisión que tomaba quien tenía a su cuidado a esa persona incapaz que no podía manifestarse. Hay colegas de esta Corte que no están de acuerdo, que creen que las asociaciones pueden venir por estos derechos que para mí son personalísimos. Yo me fundé en la Constitución y ellos también.

sin revoluciones. La especialista en Derecho Civil enumera las cuentas pendientes del Poder Judicial y destaca la falta de simbiosis con el Ejecutivo –en esta gestión y en anteriores– para enfrentar grandes temas, como el de la infancia vulnerada.

¿Cuáles son los problemas que no lograron resolver?
Lo primero que quisiera que terminemos de armar es el ensamble entre el Poder Ejecutivo y el Judicial en el tema de minoridad y familia, eso no funciona, necesitamos cambiar la ley, estamos trabajando desde la cátedra universitaria para rehacerla. Podemos tener una ley excelente, pero si el Ejecutivo no se encarga de hacer los programas, eso no va a funcionar. Ese es un problema le diría que fundamental para la Justicia.

¿Por qué es fundamental?
Creo, como Gabriela Mistral, que los niños no son el futuro, sino el presente. Entonces, usted tiene los problemas de la minoridad vulnerable y la gente está acostumbra al juez de Menores, y resulta que nosotros tenemos una ley a nivel nacional que todo eso se lo pasa al Ejecutivo, y el juez está para controlar las medidas que toma el Ejecutivo. Este tema tenemos que arreglarlo, porque mientras tengamos una infancia vulnerable y desvalida como la que tenemos y cada día se profundiza más, y si no, salga usted a la calle y póngase a mirar, esto no se arregla. Usted puede arreglar el problema de los adultos, pero si no arregla el de los niños, tiene que empezar por abajo. Los niños no votan, pero si usted no soluciona el problema de la infancia, no soluciona nada en un país.

¿Esta gestión y las anteriores entendieron las bases de una política seria para infancia?
Creo que nunca lo han entendido, así se lo digo.

¿Por qué?
Creo que es muy difícil poner el proceso en marcha, es muy difícil.

¿La Ley de Protección de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes cambió algo?
Estamos haciendo esfuerzos, nos hemos inventado protocolos esperando que los legisladores dictaran la ley; no la han dictado. Estamos haciendo desde la cátedra un proyecto de ley para que todo esto –que hasta el momento ha sido un invento de los protocolos– esté en la ley. Como le digo, ese es un problema importante, y después, el otro pasa por los tiempos.

¿Han logrado alguna mejora en ese sentido?
En la Corte hemos logrado acortar el problema, pero aún así no puede ser. Supóngase un accidente de tránsito en el que no hay lesionados, un juicio rápido de esos no termina antes de dos años y medio o tres. Eso es muchísimo, usted me dirá que antes se demoraban cinco, pero aún tres no puede ser.

Jaque presentó varios proyectos para solucionar algunos de estos problemas. ¿Qué opina de ellos?
No apuntan a estos problemas que nosotros estamos marcando como significativos, son todos maquillajes.

¿Por qué no se abordan esos cambios de fondo?
Yo creo que no hemos sabido afrontar los grandes temas. Es cierto que las cosas se mejoran desde las pequeñas cosas, pero también hay que afrontar los grandes temas, y esos son con los que nunca nos hemos animado. Supóngase, acá la Ley de Protección de los Consumidores fue una gran transformación, porque el consumidor no tenía adónde ir; eso fue una revolución y en Mendoza funcionó bien. Esas son las revoluciones que nosotros no hemos hecho dentro del Poder Judicial.

¿Por qué?
No hemos tenido simbiosis con el Ejecutivo. La única época en la que fue muy buena esa simbiosis fue cuando era subsecretario de Justicia Julio Gómez (durante la gestión de Arturo Lafalla), cuando se hicieron cosas muy buenas. Nos reuníamos una vez cada quince días, íbamos al hotel de Cacheuta, nadie nos molestaban, y de ahí surgían grandes proyectos. Si usted me hace elegir a un subsecretario de Justicia de estos 26 años, elijo al doctor Gómez.

¿Y si le hago elegir un gobernador?
Como le dije primero, con los que menos nos hemos enojados fueron Bordón y Lafalla.