La contención es apenas algo más que un placebo. Es una etapa lógica en una pandemia, pero pasajera. Gastar recursos en ese punto, más allá de los tiempos previstos, puede resultar contraproducente; en especial, por el desgaste que provoca.

La idea de una etapa de contención es frenar la explosión de casos. Es ordenarse y, de algún modo, planificar y controlar cómo será la curva de infectados. Es el changüí necesario para entrar en calor, adaptar el sistema sanitario y pasar a la etapa de mitigación con el músculo fuerte.

Mendoza está en esa encrucijada. Por motivos científicos y legales, no da el paso hacia la ya famosa figura de la “transmisión comunitaria”. Cada vez que alguna autoridad del Ejecutivo provincial debe responder sobre este punto, se refugia en un “sí pero no”. Hay transmisión comunitaria, sí. Pero está controlada, también. Y en esa encerrona conceptual se toman decisiones que, en ocasiones, generan más desorden. Que cerramos, que no cerramos. Cuando un anuncio hay que explicarlo varias veces es porque algo no está claro. Habrá que ver cómo se implementa el sistema on-off.

De ahí, el debate que se da en el seno del Ministerio de Salud de la provincia, sobre si se justifica o no hacer pesquisas epidemiológicas que vayan más allá de los nexos estrechos de los casos positivos. En este momento, la búsqueda llega, incluso, a un cuarto o quinto nivel de contacto.

En esa interna, hay dos posturas: los que apuestan a seguir en la etapa de contención y son partidarios del cierre de actividades y los que entienden que están las condiciones dadas para declarar la transmisión comunitaria, pasar al periodo de mitigación de la pandemia, reasignar recursos y hacer énfasis en las campañas de prevención y concientización. De todos modos, el número de enfermos seguirá creciendo por el comportamiento propio de un virus que es muy, pero muy contagioso.

Esa realidad, que tiene que ver con el pago chico, con lo que ocurre en la provincia, puede cambiar si la definición epidemiológica se modifica. Esa última palabra la tendrá la Nación. Entrar en la etapa de transmisión comunitaria implica, además, caer en las determinaciones de la Casa Rosada, circunscriptas casi exclusivamente a lo que ocurre en la Ciudad de Buenos Aires y en el conurbano bonaerense, donde se concentra el 90 por ciento de enfermos.

El Gran Mendoza tiene un movimiento normal. De la otra normalidad; de la vieja. Salvo por el uso del tapabocas, la vida cotidiana de los mendocinos recuperó su rutina por dos motivos claros. El primero, los excesos absolutos y la violación de cuanta norma limite juntadas o reuniones. El segundo, la falta de control. Con la amenaza de días de cárcel no alcanza. Mucho menos con la posibilidad de imponer una multa que vaya a saber cuándo y quién la va a pagar, o si solamente quedará en un anecdotario.

El garrote tampoco es la solución. Más de cien días después, el secreto pasa por la responsabilidad ciudadana. Es tan simple y tan difícil como barajar la posibilidad de que los enfermos leves aíslen en sus casas para no colapsar los hospitales y darle la chance al sistema de salud de atender a los casos graves como corresponde. Es una cuestión de confianza mutua. Un riesgo alto que nadie quiere correr.

No se puede tapar el sol con las manos. Hay que asumir el costo político y tomar medidas que dejen de lado cualquier futura especulación electoral y evitar gobernar con una encuesta de opinión en la mano. No hay espacio para el sálvese quién pueda. Ni un gobernador puede hacerlo solo ni un intendente va a poder tener un departamento aislado y blindado por el mero hecho de no recibir turismo interno. Por ahí pasa gran parte del problema; por los que no comprendieron que la solución y los tratamientos son sistémicos y que, en medio de una emergencia, es necesario ser orgánico.

El ejemplo de Jujuy debe servir como advertencia. Justo cuando Gerardo Morales intentaba mostrarse como profeta en la batalla contra el coronavirus, los casos se multiplicaron.

Asumir el costo político implica, también, tener una oposición responsable, que evite caer en la miserable tentación de empezar a buscar culpables de un virus que vino de China y que se diseminó por todo el mundo; desde los países pobres hasta las grandes potencias. Aportar desde lo institucional y salir de la comodidad de ser comentaristas y trolls en las redes sociales.