Buenos días, a pesar de todo. Hace tiempo ya, cuando yo incursionaba en la radio, tarea de la cual salí ileso a duras penas, escribí un sketch para reflejar una parte del mundo del deporte que siempre queda marginada, en sombras detrás de la luz del éxito. El sketch se llamó “Los perdedores” y, como su nombre lo indica, se ocupaba de reflejar los grandes fracasos deportivos. Lo leía mi querido amigo Cacho Cortez, que tanto tiene que ver con el deporte. Bien podría haber en esos fracasos reflejado el penal que a Delem, de River, le atajó Roma, de Boca, en 1962, la final del campeonato del Mundo de Italia que Argentina perdió ante Alemania con un gol de Codesal, o el 6 a 1 que Bolivia le dedicó en la Paz a la Selección de Pasarella o cuando Australia le ganó a Samoa Americana 31 a cero en abril del 2001, con un gol cada tres minutos; el descenso de River en el 2011 o el 6 a 1 que Checoslovaquia nos propinó en el Mundial de 1958; el Maracanazo en Brasil 1950, cuando los charrúas le birlaron el campeonato del mundo a los cariocas, que festejaban antes de que se jugara el partido; el 5 a 0 que nos obsequió Colombia en el estadio Monumental en un juego memorable de Valderrama, las finales mundiales de Holanda contra Alemania 1974 y Argentina 1978, y podría seguir las menciones con longitud, porque todo triunfo de un equipo implica el fracaso de otro, y ejemplos hay miles. ¿Usted le haría un monumento a un fracaso? ¿Raro, no? Sin embargo, real y actual. En Francia terminan de instalar frente al intelectual Complejo George Pompidou una estatua que reproduce el momento en el que Zinedine Zidane, a la sazón capitán del seleccionado francés, le aplica un cabezazo tremendo a Marco Materazzi en la final del campeonato del mundo de Alemania 2006 y que derivó en la expulsión del jugador galo por parte del árbitro argentino Horacio Elizondo. ¿No me digan que no es el monumento a la derrota? Pero va más allá, porque lo que se está homenajeando, de alguna manera, es la infracción, el full, la falta, la mala intención, la agresión pura. Y pensar que en todo partido internacional entran cuatro culillitos a la cancha con la bandera del Fair Play, es decir, del juego limpio. Esta estatua es tomarles el pelo a la FIFA y al verdadero espíritu deportivo. En fin, siguiendo con la línea, podríamos nosotros hacer estatuas de los grandes fracasos nacionales, por ejemplo, un elector frente a una urna, o una estatua de Fernando de la Rúa y Menem abrazados. En fin, hay una frase que dice: “El éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano”. Parece que los franceses son todos huérfanos.
Perdedores
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