Buenos días, a pesar de todo. Quiero mucho a la universidad estatal por muchos motivos. Primero, porque es la enseñanza superior que los argentinos hicimos para que nuestros jóvenes sean mejores, para que puedan superarnos y para que, con ellos, el país entero crezca. Segundo, porque es gratuita y les da posibilidades a aquellos a los que la vida hubiera marginado de no ser así. Tercero, porque es un ejemplo en toda América. Son muchísimos los estudiantes extranjeros que vienen a estudiar a nuestras universidades, tanto americanos como europeos. Cuarto, porque es el paradigma de sectores estudiantiles de otros lados, por ejemplo los estudiantes chilenos que están luchando porque haya universidades como las nuestras en su país. Quinto, porque soy uno de los profesores de la universidad estatal, en este caso la de Cuyo, y sé del amor, del empuje, del cariño que le ponen directivos, docentes, no docentes y alumnos para que la cosa siga funcionando y, de ser posible, funcione cada vez mejor. La Matanza es el partido más poblado de la Provincia de Buenos Aires y el segundo en toda Argentina, su población se acerca a los dos millones de personas. El nivel socioeconómico de su gente es de clase media baja y baja. Está, incluido, en el llamado Segundo Cono de Pobreza. Con mucho sacrificio, con enorme voluntad se logró establecer una universidad nacional en su ciudad, para que los jóvenes pudieran tener una ventana abierta hacia otra vida, que los alejara de las carencias, las frustraciones, el hambre y el dolor con el que tienen que convivir durante sus años blandos. La Universidad de La Matanza debe ser un orgullo para todo el país, debe serlo, porque el país está demostrando que la educación no es para una elite de jóvenes acomodados; que en Argentina, el derecho a aprender, a perfeccionarse es de todos. Usted dijo, señora presidenta: “Chicos, estamos en Harvard, eso es para La Matanza”. Qué infortunadas palabras, señora presidenta. Qué tremenda injusticia la de sus palabras. Qué menosprecio infame. Usted debería levantar la bandera de la Universidad de La Matanza y exhibirla con orgullo al mundo, y no burlarse de ella, menospreciarla, discriminarla. ¿Una presidenta, menospreciando una universidad que está bajo su dirección, poniéndola como un alfeñique frente a los lauros de Hardvard? Por favor, esto tiene que dolerles a todos los que integramos las universidades nacional de todas la zonas del país. Usted debería estar agradecida de las universidades que tiene y orgullosa, porque, según creo –no he visto su título pero creo– usted se recibió en una universidad nacional. Creo que todos los que participamos en la universidad argentina cobrando miserias, trabajando con presupuestos mínimos, dando nuestro tiempo con amor y nobleza, absolutamente todos, nos merecemos una frase de disculpa. Al menos una frase. ¿Será herir mucho su orgullo, señora presidenta?
Nos ofende
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