Usted sabe que si hay una cosa prestigiosa en el mundo entero es el Premio Nobel, que otorgan los suecos impulsados por la memoria de Alfred Nobel, que tanto perjuicio le trajo a la humanidad al inventar la dinamita. Pero el premio es lo máximo en cuanto a distinciones del intelecto y la solidaridad de los seres humanos, mucho más importante que el premio Martín Fierro que entrega Aptra. Pero ocurre que ¡oh, sorpresa! se descubrieron irregularidades en la entrega del último premio de medicina. La integridad del jurado que concede el premio está hoy cuestionada, porque uno de sus miembros forma parte al mismo tiempo del consejo de dirección de una empresa farmacéutica beneficiada con el galardón. Resulta que el premio le fue otorgado a Harald Sur Hausen y ahora se trata de determinar si el gigante farmacéutico británico AstraZeneca ejerció alguna influencia. Porque Harald Sur Hausen fue premiado por sus trabajos sobre el virus del papelona humano que puede causar cáncer cervical y contra el cual AstraZeneca ha desarrollado vacunas muy lucrativas. Además, esta misma compañía ha comenzado a patrocinar el portal de internet del Premio Nobel. Huele a tongo, ¿no?, tiene un ligero saborcito a corrupción. Y esto hecha la mirada hacia atrás para revisar los premios que se han otorgado en este y otros rubros, a ver si la mácula es sólo de ahora o se maculó en el pasado. Ya no se puede creer en nada, Doña Esculapia. Ahora lo único que falta es que Greenpeace esté entongado con la madera que se saca de los bosques de la Amazonia, que el premio Cervantes esté auspiciado por la editorial del que ganó el premio Cervantes, que las estatuillas de Hollywood se coticen en bolsa, que la Suprema Corte de Justicia esté subvencionada por la Asociación Amigos de los cacos, y que la FIFA resuelva en los escritorios los resultados de los campeonatos internacionales.
Nobel
Ya no se puede creer en nada, doña Esculapio. Ahora falta que se descubra que a la Sede del Vaticano la hizo un arquitecto judío.
