Son nombres familiares de nuestras calles pero no sabemos quiénes fueron. Me preocupa. Me preocupa la valoración que hacemos de nuestra historia, la poca difusión que tiene entre nosotros ese pasado que debería honrarnos. Me preocupa, por ejemplo, que la epopeya sanmartiniana ocupe un escaso tiempo entre las realizaciones escolares. Lo noto con mis alumnos de la universidad. A veces, escapándome del programa, les hablo de situaciones, nombres, acontecimientos pertenecientes a este asunto de patria, y me miran con los ojos desorbitados, como si les estuviera hablando de una invasión extraterreste. Mendocinas queridas, mendocinos queridos, lo que ocurrió en nuestra provincia es un hecho único e irrepetible en la historia de América toda. No puede ser tratado meramente como una efeméride, no basta con cantar Los sesenta granaderos el 17 de agosto. Toda la provincia debería exudar San Martín, y hacerse cargo, con el orgullo puesto, de la tremenda aventura de los Andes. Nos pertenece, el mérito es de esta Mendoza. Pero no lo hacemos, no lo sabemos. No sabemos que el molinero Tejeda hizo posible la ropa adecuada para el cruce, satanizando las telas, antes de hacerse pomada al querer volar con unas alas de su propia invención. No sabemos que Álvarez Condarco cruzó la cordillera memorizando los accidentes del terreno para volcarlos en mapas al volver. No sabemos que Fray Luis Beltrán tuvo que luchar con sus propias convicciones religiosas para ponerse a fabricar cañones. No sabemos que Pedro Vargas se disfrazó de traidor, aún con el desprecio de su familia, para traer desde Chile valiosa información para el general. No sabemos que el tropero Sosa fue y vino a Buenos Aires con sus carretas en sólo cuarenta días, cuando la demora normal eran setenta, para que San Martín pudiera contar con rapidez con los elementos que precisaba. No sabemos que Justo Estay y José Antonio Cruz fueron los baqueanos sobre quienes el mismo libertador dijo que les tocaba una buena parte de la gloria de Chacabuco. Son nombres de calles, habituales, pero no los conocemos, y deberían formar parte de la memoria de todos los mendocinos, porque lo que ocurrió aquí no ocurrió en otro lado, y deberíamos apoyarnos en esos que hicieron lo imposible para demostrar que este pueblo sigue siendo capaz de lo posible. Que nuestros niños sean educados con el mismo espíritu de libertad por el que nuestros abuelos estuvieron dispuestos a morir.