Buenos días, a pesar de todo. Era una noche de la agonía de la década del 70. Por algo que había hecho bien, no sé qué cosa, tal vez algún programa de radio de los que perpetrábamos junto con Milka Durand, la Unión Comercial e Industrial de Mendoza (UCIM) de entonces me premió. En la ceremonia, con cena de gala, me tocó, por suerte, sentarme al lado de Draghi Lucero. Hablaré de él algún día, pero si quieren adelantar trabajo, vayan leyendo su obras: Las mil y una noches mendocinas, El hachador de Altos Limpios, El pájaro brujo, y lo que encuentren en libro de este señor, santafesino de origen, que se instaló en Mendoza y la auscultó tan profundamente que se transformó en el más sabedor sobre nuestra tierra. Conociendo de su sapiencia, a las diez de la noche de esa premiación le hice esta pregunta: “Draghi, ¿qué fue de los negros de Mendoza?”.

A las tres de la mañana paró de hablar, yo no pude ni quise interrumpirlo ni con una interjección. Por supuesto, ninguno de los dos probó el infaltable pollo relleno con papas nuacé de esas reuniones. Me metió de lleno en ese relato que los mendocinos de hoy desconocemos y que fue parte importante de nuestra historia. En 1802, el treinta por ciento de la población de Mendoza era negra. Esta gente era arrancada de sus sabanas y selvas, fundamentalmente de la parte occidental de África, y era trasportada en condiciones infrahumanas, perdón, infraanimales, a tal punto que la mayor parte moría en el viaje.

Al llegar a América, vamos a decir a Buenos Aires, para comprometernos más, los negros eran seleccionados, marcados a fuego como el ganado, estibados como bolsas de papas y terminaban como esclavos de señores de holgados bolsillos que los tenían en el mismo escalafón que a los insectos. Miles llegaron a nuestra provincia. Los señores mendocinos de aquel entonces los hacían trabajar hasta la mínima gota de sudor, los azotaban, eran dueños de sus vidas y de sus muertes y de sus mujeres y de sus hijos. Eran vendidos como si fueran cerdos, las mujeres abusadas hasta la saciedad, no podían aprender a escribir, no tenían ni el mínimo derecho.

¿Qué pasó con ellos? Draghi me lo dijo en aquella noche máxima, el grueso del Ejército del Libertador era de negros. San Martín les compraba el valor a cambio de la libertad. Apenas ciento y pico, pero pico chico, volvieron de los casi tres mil que fueron involucrados en la epopeya. Eran muy pocos para mantener la piel y la costumbre, se fueron mestizando, diluyendo como quien se desangra. Pero fueron parte de nuestra historia. Mendocinos con apellidos ilustres, históricos, que os jactais de la pureza de vuestro linaje, mirad con el microscopio de la historia y vais a encontrar en vuestra sangre genes negros. Sí, señores, genes negros en ustedes, de barrio privado y 4×4. No puede sacarse la ignominia de encima.

Ya lo dice la poesía. Los señores orgullosos/ que con saña me violaron/ con su esperma se engañaron/ y su sexo soberbioso/ Infames libidinosos/ con esa vil actitud/ se enfermaron en salud/ se empenaron con sus penes/ pues hoy en su sangre tienen/ genes de la negritud. Fueron traídos aquí en contra de toda libertad, vivieron entre nosotros, murieron por liberarnos, a nosotros, los que los habíamos esclavizados. ¿No merecen los negros ser tenidos en cuenta al menos en un anaquel de nuestra historia? Por suerte, hay gente que asume el compromiso.

Tengo en mis manos la obra Negradas, de Oscar Miremont. Gracias, Oscar, porque tu libro no es sólo poético, de buena musa, no sólo histórico, de buen recuerdo, también es periodístico, porque da una noticia que aún nos tiene que ocurrir, el reconocimiento a aquellos que fueron parte de uno de los más grandes genocidios de la historia y aún así nos ayudaron a ser libres y aún así nos duran en cada una de nuestras heridas. Los negros de Mendoza, páginas que aún tienen que escribirse, gracias, Oscar, por tirar la piedra y no esconder la mano. Gracias por empezar a completarnos.