También sabe que tiene que ir a trabajar y para eso es imperioso que el tipo salga de su casa. Antes de ayer hablábamos de los placeres de la cama. Pues, el tipo ya los abandonó, se sometió a la ducha con estoicismo. Es necesario valorar el sacrificio del tipo, porque bañarse en estos días es un acto de masoquismo extremo. Está bien que tiene agua caliente, que, por suerte, su primo que vive en Estados Unidos le mandó de regalo una garrafa social. Pero, aún así, che, bañarse en estos días es un sacrificio que lo eleva al tipo a la categoría de héroe, si no de mártir. Porque para bañarse tiene que desnudarse. No es conveniente bañarse con el sobretodo puesto. Y desnudarse enteramente en estos días es una aventura difícil de sobrellevar, porque, a pesar de que el baño esté caliente, el pensamiento del tipo sigue aferrado al dato de Pedo Maza de tres grados bajo cero, y entonces la sensación psíquica, no térmica, lo hace meterse debajo de la lluvia en calidad de Walt Disney. Con el peligro que corre cualquier ser humano de que en cualquier momento se apague el calefón. De ocurrir esto, puede que el tipo salga de la bañadera insultando a los gritos para ir a sentarse arriba de la estufa. Si logra zafar de esta situación deberá secarse y es común que el toallón esté frío, o lo que es peor, esté mojado, entonces, el choque de temperaturas puede provocarle minúsculos ataques del mal de Parkinson, cosa que lo afecta al tipo porque tiene que afeitarse y de la forma en la que está temblando, es muy posible que se corte toda la cara. Después volverá al dormitorio para vestirse de rutina, mirará la cama otra vez al pasar y estará tentando de llamar al teléfono para que le manden el médico de la empresa para que compruebe que tiene fiaca agravada por el invierno. Y lo que más lo jode es que su mujer todavía duerme y ronca, la muy maldita, como haciéndole burla, como diciéndole: rajá que es tarde, rajá que es tarde. Levantarse para ir a trabajar en invierno es uno de los actos más crueles en la historia de la humanidad. Escribió el poeta Narciso Musa, al respecto: “En la lúgubre penumbra de mi pieza/ Vuelvo a ser el empleado que siempre ha sido empleado/ Y me digo con algo de tristeza/ Por qué cuerno no me quedé acostado/ Ahora tengo que salir, y eso me pesa/ Afuera está el invierno refugiado/ Las cosas que hay que hacer con entereza/Para seguir siendo un humilde empleado”.