Foto: Gemini

Hace unos días, busqué en internet el precio de una heladera. La tenía que cambiar porque se había roto la puerta, ya oxidada por los muchos años de uso, las bisagras ya no tenían dónde sostenerse. La cuestión es que cuando empecé a buscar, no pararon de aparecer ofertas, fotos, promociones, Cyber Monday y un sinfín de opciones para comprar una heladera. Ya se sabe, el algoritmo detecta que hay una búsqueda, una necesidad y bombardea con publicidad. El tema es que, a medida que pasa el tiempo, las propuestas a soluciones para las cosas que buscamos se hacen cada vez más y más específicas. Todavía siguen llegándonos cosas parecidas según nuestro perfil, por eso podemos reírnos con compañeras de trabajo porque a todas nos aparecen los mismos reels, explicando que es importante saber nuestro nivel de cortisol y, sin tener idea de lo que es, nos hacemos masajes nosotras mismas, tratamos de hacer caso a las sugerencias de las redes y, entonces, intentamos regular la respiración, inhalando en cuatro tiempos y exhalando en ocho. Unos días después a todas nos aparece que lo que hace realmente bien es el ayuno intermitente y nos ponemos a sacar cuentas de cuánto tiempo debería ser la abstinencia de cada una según lo que se necesite bajar. Si por casualidad vemos una publicación de tejido al crochet, donde se fabrica un simpatiquísimo amigurumi con forma de ovejita y, al verlo se lo reenviamos a una amiga que se da maña con esas cosas, ya es suficiente para que en los próximos días nos aparezcan jirafitas, osos, leoncitos, conejos y tortugas. Si los seguimos de largo, quizá la propuesta sea de cortinas tejidas con motivos primaverales o navideños. Una semana después, cuando el algoritmo descubra que no sabemos nada de tejido, entonces cambiará la línea de lo que nos propone y nos mostrará cómo cuidar mejor de las plantas o dónde comprar un producto para que el limonero esté sano. Pero si la cuestión de la especificidad sigue aumentando y cada vez las propuestas se hacen más asertivas y estén destinadas a necesidades muy puntuales de cada quien, entonces ¿podremos comentar con alguien más las cosas que leemos en internet? ¿Nos seguiremos riendo con nuestras compañeras de trabajo por algo que nos causó gracia en común? ¿Tendremos cosas en común según las redes? Es paradójico, las redes sociales nos individualizan cada vez más para ofrecernos el contenido justo, aquello que vamos a consumir. Es como si las redes sociales tuvieran en su seno la semilla de su propia destrucción. Tan personalizado busca ser el contenido que, con el tiempo, no le quedará nada de social.

Hace muchos años en el programa de Balá, había un sketch en el que Carlitos hacía una broma telefónica y, cuando colgaba, se reía y decía “¡lástima que no lo pueda compartir!”, ese era el remate. Cuando algo nos gusta mucho, nos divierte, nos da risa, esa sensación de disfrute muchas veces, implica comentar, contar, mostrar, para que se complete, para que sea redondo.

Si alguien disfruta mucho de la música y escucha una banda, un cantante con cierta frecuencia, es probable que las redes le propongan recitales y conciertos. Sin embargo el deseo individual llevará a profundizar, a saber más, escuchar más, entender mejor y así, se acrecienta el disfrute. Armar una lista ordenada, escribir comentarios, anotar las cosas que nos llamaron la atención hará que todo eso se haga más propio, más individual. Como contrapartida, cuando alguien se entusiasma con eso mismo, sentimos una alegría especial, algo que fluye a borbotones, que hace brillar los ojos. Y es que cuando lo que nos da placer, es compartido, entonces, como diría Carlitos Balá, nos sentimos “¡un kilo y dos pancitos!”.