Cuando tenemos un culillo en casa, vaya y pase. Se acepta que se le diga: “¿Hizo caquita? ¿Le duele la pancita? Tómese toda la sopita, corazoncito, que después le doy una bananita pisadita o una asquerosita gelatinita”.
Pero también lo hacemos de grandes, por ejemplo, en la primera época del amor, en la época del camote. Entonces le decimos a la versus cosas como: “¿Qué bonita esa boquita, y esa naricita y esas orejitas? ¿Me da un besito debajito del bigotito? ¿Quiere que demos una vueltita tomaditos de la manito, cielito? ¿Está enojadita, bichito, está enculadita con su machacantito?”. Gente grande, caramba, con DNI apenas por arriba de los diez millones y haciéndose los nenitos.
Esta tendencia la tenemos también cuando queremos minimizar las cosas. Le decimos al que nos vende algo: “¿Me hace la cuentita?”, como si el diminutivo fuese a achicar lo que tenemos que garpar. A su vez, el que nos vende nos contesta: “Son diez pesitos”, como si diciendo “pesitos” a nosotros nos doliera menos desprendernos de diez pesos.
En el medio de la tonada, cuando la guitarra asume el rol de protagonista, decimos: “¡A ver ese gritito cuyano!”. ¿Gritito? El que grita grita con mayúscula, la garganta desesperada y el vino sublevado. Parece que esta tendencia a la pequeñez a los menducos nos viene de antes, porque muchos de los topónimos, quiero decir, los nombres que tienen algunos lugares en nuestra Mendoza son diminutivos.
Creo que debemos invertir la cuestión y tender a los aumentativos. En vez de la Cañadita Alegre, Cañadón Alegre; en vez de La Puntilla, El Puntazo; en vez de la Crucesita, la Crucesota; en vez de Potrerillos, Potrerón; en vez de Tambillos, Tambón; en vez de Pareditas, Paredón; en vez de Chilesito, Chilesón, en vez de Coquimbito, Coquimbón; en vez de Corralitos, Corralón. Si modificamos hacia lo grande esta actitud de empequeñecernos tal vez podamos crecer holgadamente, tal vez dejemos de ser una provincia para ser un provinción.
