Buenos días, a pesar de todo. Me encontré con mi amigo en el café, noté que había pedido un café sin azúcar y un vaso de amargo Tormo. Deduje: este tipo está jodido. Le pregunté qué le pasaba y me contestó “nada”. Insistí, porque cuando te contestan “nada”, es que algo serio pasa. Acordate de tu mujer cuando te dice “no me pasa nada” y después te das cuenta que le pasa todo. Por lo tanto, pregunté: “¿Te preocupa la situación de la fragata Libertad?”. Me contestó: “No, mirá si me voy a preocupar por tres palos”, entendí la metáfora, pero continué con mi intento: “Che, ¿estás preocupado porque cerraron otra vez el túnel internacional?”. Me miró con los ojos enrojecidos y me dijo: “¿Y a mí qué me importa el túnel internacional?”. “Una sola vez fui a Chile, a Chile y Espejo, al teatro Independencia”. Me preocupé aún más, el caso pintaba muy serio. Ya sé, le dije: “Estás amargado porque la oposición lo privó al gobernador de la reforma de la Constitución”. Volvió a mirarme, esta vez con ojitos ignorantes. “Mirá vos, no sabía que teníamos Constitución. ¡Bua, total, con la pelota que le dan!”. No me resigné, intuía que le pasaba algo grave, así que continué el asedio. “No me digas nada, a vos te preocupa el 7D”. Me contestó con algo de hastío: “Me tiene muy sin cuidado el 7D, el 4L, el F 100, y el 6,7,8 K”. ¡Al diablo!, me dije, esto es más delicado que lo que yo pensaba, intenté por el lado personal. “Bueno, Negro, todos tenemos deudas”. Esta vez me contestó con lentitud. “Mis deudas me tienen sin cuidado, los tipos quieren matarme a cuotas e intereses y se joden ellos, porque si me matan, ¿a quién le cobran?”. Tenía razón. Mi temor latía. Sabía que algo oscuro, tenebroso, dolido y doliente ocultaba en esa estructura de ser humano en deterioro. Así que opté por la vía rápida. “Por favor, Negro, me das miedo, decime qué te pasa”. Se ve que se apiadó de mi incertidumbre y resolvió confesarse. Le pegó un trago al vaso de amargo y con voz temblorosa me dijo: “Ayer jugó Messi y no hizo ni un solo gol, ni uno solo. Es terrible, es terrible”. Y entonces yo también entré en pánico. Pedí lo mismo que él: café sin azúcar, un vaso de amargo Tormo y me puse a silbar Malasangre, de Serrat; lo silbé en catalán.