“Cristina tiene sus votos, claro; pero yo también tengo los míos”, dijo hace algunos meses Alberto Fernández en Mendoza, prácticamente cuando iniciaba su campaña electoral. Hacía poco que la ex presidenta había sorprendido al mundo político al designarlo candidato del espacio que lidera, en una jugada táctica de excepción que pocos o nadie esperaba. Desde aquel instante, Alberto Fernández, uno de los moderados, e indudable exponente de lo que se considera el peronismo republicano, ha tenido que explicar, con pelos y señales que, en caso de acceder al Gobierno, será su único mandamás, que de ninguna manera el cargo lo convertirá en “albertítere”, y que con Cristina –para más de uno, la dueña de los votos–, conformarán una dupla en el poder en el cual ella se encargará del Parlamento y él, como presidente, guiará los destinos de un nuevo país, y que todo se hará bajo sus instrucciones.
Entonces, si esto es así, por qué razón a muchos sorprendió ese cúmulo de gestos, el tono y el dejo soberbio y revanchista que Alberto Fernández, incluso con “la vuelta del dedo acusador”, dejó ver en el primer debate en Santa Fe de cara al 20 de octubre en Buenos Aires. En las PASO de agosto, el candidato del peronismo arañó el 48% de los votos contra el 32% que obtuvo Mauricio Macri con su frente, Cambiemos.
Si Cristina es la única entre todos los dirigentes políticos del país que puede exhibir un cúmulo de votos y de seguidores fielmente religioso y que, de acuerdo con las mediciones y proyecciones, puede que la vote entre 25% y 30% de los argentinos absolutamente identificados con el kirchnerismo, está más que claro que Fernández, en el debate y probablemente en el Gobierno –esto último se verá–, deberá administrar los gestos y las señales de acuerdo con su pertenencia. En realidad, el cómo se manifestará ese choque de intereses, ya con las riendas de la administración, en un peronismo que parece haber mezclado agua y aceite detrás de ese objetivo enconado para recuperar el poder, es la pregunta que todo el mundo se hace.
Y Alberto, también hay que reconocerle, arrimó sus votos. Entre 15% y 18% puedo haber sido, aunque nada es matemático, claro está. La fórmula del frente más votado alcanzó la friolera de un poco más de 11,6 millones de votos. De esos, unos 9 millones podrían corresponder pura y exclusivamente a Cristina y al kirchnerismo. Los 2 millones restantes serían los que “arrimó” Alberto gracias al acuerdo con los gobernadores peronistas y a la suma del tigrense Sergio Massa.
Pareciera que el común de los ciudadanos que el domingo se sorprendieron por esa postura agresiva y algo altanera que mostró Fernández en el debate –cuando pudo haber aprovechado la ventaja que lleva sobre Macri para salir de la media de la política argentina y mostrarse como una suerte de líder magnánimo y profesional, explicando lo que todavía no se sabe de su plan de gobierno– no estaban advertidos de los compromisos del candidato. En buena parte del kirchnerismo, por no contarlo a todo en su conjunto, no se tolera lo que desde allí dentro se identifica peyorativamente como la búsqueda de consensos de verdad. El kirchnerismo ha necesitado, desde sus orígenes, un enemigo con quien medirse y, cuando no lo encontró, pues lo inventó. La oposición, los medios de comunicación a los que sigue llamando hegemónicos, en parte la Justicia y todo aquel que haya levantado una voz en su contra, ingresaron en la mira de los objetivos ya no sólo a descalificar, sino a exterminar. A veces lo consiguió y otras no, pero se trata de una característica propia como parte de su ADN con la que el resto de la sociedad tiene que convivir; identificar primero, para evitar las sorpresas, y convivir luego. Algo de eso tan particular tomó Macri, equivocadamente, cuando se dispuso a gobernar un país herido y dividido en dos por la grieta ideológica. El presidente, al igual que Fernández, les habló a sus leales, particularmente cuando le marcó a su adversario lo del dedo admonitorio y el fenómeno del atril.
Como la sociedad en su mayoría decidió el 11 de agosto inclinarse por la economía, como resulta lógico luego de tantos meses de penurias y malas noticias, Macri está claramente en desventaja, y el revertir esa situación se le ha manifestado como una misión imposible. Las cuestiones vinculadas con los derechos generales y con la libertad que se transformaron en una marca distintiva de sus casi cuatro años de gestión pasaron a un más que segundo plano en las prioridades de muchos argentinos a quienes bien se les pudo haber terminado la paciencia. La incógnita, de las tantas que tiene el país, es develar si lo que viene, se supone con Fernández, pueda ser distinto de lo que la historia muestra a cada paso. Si habrá una luna de miel extendida con el nuevo presidente; si habrá paciencia, por sobre todo, para esperar el resultado de las políticas que se están proponiendo; si se harán definitivamente las reformas estructurales que requiere un país para ir en vías de la normalidad y si, de una buena vez, el país se encuentra con lo que todos parecen querer.
