Roberto Lavagna, el candidato a presidente por Consenso Federal, reiteró en Mendoza que Macri “ya fue”, que su gobierno terminará el 10 de diciembre y que en las elecciones del 27 de octubre el oficialismo no tiene ninguna chance de imponerse. Más enfático y directo resultó ser su compañero de fórmula, el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, quien, además de ratificar la visión de Lavagna de manera categórica, dijo sin vueltas que si se le quiere poner un freno definitivo al kirchnerismo, “la única alternativa es Lavagna”.

Así como ha sido evidente desde las PASO de agosto a la fecha, el cambio de estrategia electoral de Mauricio Macri, y de buena parte del oficialismo que lo acompaña, dejando los despachos de la Rosada para buscar un contacto directo con los votantes, encabezando esa caravana del milagro que ha llamado “Sí se puede”, mientras que el favorito a la Presidencia, el peronista Alberto Fernández, ha optado por dejar los actos para concentrarse en encuentros casi cerrados con los protagonistas del establishment, Lavagna sorprende por el aplomo y por llevar en la campaña una visión distinta de la de los frentes mayoritarios, sobre todo, con aquello vinculado con la economía.

Lo que llama la atención del economista es la opinión contraria a todo lo que los organismos internacionales de financiamiento, como el FMI, por caso, piensan respecto del futuro inmediato de Argentina. El veterano dirigente sostiene que, en caso de alcanzar la Presidencia, la salida de la crisis no será demasiado compleja. Que en un lapso de seis meses –según dijo ayer en Mendoza–, los argentinos, en particular los sectores más afectados por la recesión y la inflación, verán los resultados de sus medidas en sus bolsillos. Que, en definitiva, todo el país comenzará a evidenciar las mejoras, producto de los acuerdos que promete impulsar con todos los sectores vinculados con la producción y el desarrollo.

Cuando a Lavagna se le hace observar que tanto el oficialismo como el peronismo, en franca competencia por volver al poder, coinciden con que lo que viene, pese a prometer que se harán correcciones y ajustes a las malas políticas que se han venido aplicando, será igual o más difícil que lo que se está viviendo, responde con suficiencia alegando que él y su equipo saben cómo resolver los problemas sin demasiados traumas.

Está claro que en la campaña para alcanzar la victoria el 27 se apela a recursos, cuando menos en algunos casos puntuales, como extravagantes o estrambóticos. Se trata de un estado de situación que los argentinos conocen muy bien: es como que se dejan pasar ciertas declaraciones y afirmaciones comprendiendo la necesidad del candidato de ganar visibilidad en medio de una competencia feroz por ganarse la adhesión mayoritaria de quienes irán a votar.

Pero, en esta carrera en particular, Lavagna y Macri, el presidente, parecen coincidir, sin que lo busquen, en eso que describió magistralmente el mendocino Raúl Baglini varios años atrás y que se conoció popularmente como “el Teorema de Baglini”, explicado en ese fenómeno que describe que “cuanto más lejos se está del poder, más irresponsable son los enunciados políticos; cuanto más cerca, más sensatos y razonables se vuelven. A medida que un grupo se acerca al poder va debilitando sus posiciones críticas al Gobierno”.

Para el caso particular de Lavagna, el teorema no aplica, quizás, a sus promesas de campaña, sino más bien a la postura que ha asumido y a declarar que bajo su conducción el país saldrá con relativa facilidad de los problemas. A Lavagna y a su Consenso Federal hay que reconocerle, sin embargo, haber sido el primero en plantear esos eslóganes que ha popularizado en particular Fernández y el peronismo. En concreto, lo de “encender” o “prender” la economía y aquello de devolver la plata a los bolsillos de los argentinos para dinamizar el consumo.

“Con plata en el bolsillo de los trabajadores en general y con la devolución de lo que han perdido los jubilados en el último año –dice Lavagna–, el consumo se reactiva; es plata que no irá a la especulación, sino al consumo de bienes. Si hay consumo de bienes, hay más producción; si hay más producción, ese 60 por ciento que tienen de capacidad ociosa instalada las pymes y las industrias se pone en movimiento”. Por allí ha discurrido y actualmente pasa el discurso del economista que sueña con ser, siquiera, el segundo más votado el 27 y con una diferencia con el ganador, descartando que sea Fernández, que le permita llegar al soñado balotaje.

Y el común denominador que une a Macri, a Fernández y a Lavagna, para alimentar la incertidumbre de todos, es que no terminan de dilucidar el cómo conseguirán alcanzar los resultados de lo que les están proponiendo a los argentinos. En concreto, se impondrá el que más confianza pueda garantizar, o bien, quien se transforme en el receptor de una mayoría de votos introducidos en las urnas por quienes creen que es el menos malo de todos; una situación que debería obligar a repensar en profundidad a quien gane la elección sobre sus virtudes particulares, partiendo de la premisa de que no habría mucho de qué enorgullecerse cuando se llega a la meta siendo el menos peor de todos.