Buenos días, a pesar de todo.

Uno nace cuando menos lo espera. Nacemos serios, es más, nacemos  lorando. Apenas nacemos nos dan un chirlo en el poto para que lloremos. Me parece una alegoría bastante cruel, un pronóstico demasiado deprimente para ese niño que recién empieza a respirar este mundo. Pero, bueno, nacemos llorando. 

Nuestra anatomía facial está preparada para la seriedad, la seriedad es lo normal. Para ser serio no hay que hacer ningún esfuerzo, hay que poner cara de uno nomás. Alguna vez en un libro leí que para producir una sonrisa hay que mover treinta y seis músculos, cosa que demuestra, primero, que la sonrisa implica un esfuerzo y, segundo, que hay libros que se ocupan de cualquier estupidez.

Si contabilizáramos los instantes de nuestra vida que pasamos serios y los contrastáramos   con aquellos momentos sonrientes, veremos que, como Chacarita los de la risa pierden por goleada. Pero la anatomía no es del todo sabia, porque no es la seriedad la que nos da mejores posibilidades de vida, lo es la sonrisa. La sonrisa o la risa estira la vida, rejuvenece, retroalimenta el espíritu, nos da posibilidades de combatir el desasosiego que nos produce la misma vida. Ese minuto en el cual reímos vale por diez días, diez semanas de amarguras. 

Hay cosas que son invalorables. Vamos a los extremos de la vida, ¿Qué paisaje puede ser más bello que el de un niño sonriendo? ¿Qué ejemplo puede ser más gratificante que ver un abuelo sonriendo? No se prive, vamos, que su risa es más importante, mucho más, que su jefe, que las cuotas, que los inconvenientes de tránsito, que el precio de la yerba, que esos parientes más molestos que calzoncillos de hilo sisal, que los políticos y que su sueldo. La risa predispone, da energías, revaloriza la amistad, le pone jardines al amor, le saca las pelusitas al infame pulóver de la vejez, revitaliza el sexo, hace más bellos todos los paisajes. La risa es la que nos diferencia  de todas las demás criaturas, vaya a usted a encontrar una vaca sonriente o un elefante sonriente. 

Pobre día aquel día en el cual no hemos reído una sola vez. Usted me dirá: Mirá, Sosa con los problemas que yo tengo estoy como para reírme. Pero escúcheme, mi amigo, es cuando más lo necesita. Qué gracia tiene reírse cuando todo le va bien, cuando no tiene problemas, cuando  no lo cubre ninguna tristeza. Reírse en los momentos difíciles es decirle a la vida que sigue creyendo en ella.

Además, ¿sabe qué?, ¿sabe qué más? La risa contagia, es capaz de poner buenas ondas donde todo es tensión. El sábado estaba tomando una gaseosa con 53 grados de alcohol en un bar céntrico, en la vereda. En una mesa que estaba a diez metros de nosotros un señor comenzó a carcajear, se mataba de risa. Nos sorprendió, todos lo miramos, alguno lo habrá mirado como diciendo qué desubicado.
A los cinco minutos, no digo más, cinco, todos nos estábamos riendo de la risa de ese señor. Sembró alegría, nos hizo partícipes de la mejor parte que tiene la esperanza. 

Se murió Caloi. Tanta sonrisas sembró, que ninguna de ellas fue capaz de ponerse a llorar.