Rodolfo Suarez le tiró la calle encima a Omar De Marchi. Le tiró, primero, a Paulo Londra. Ahora, le tiró la Arístides. Dos impactos directos en el plan trazado por el intendente de Luján para ser gobernador de la provincia o para, al menos, competir en la interna del frente Cambia Mendoza para convertirse en candidato. Le mostró que la Ciudad no tiene petróleo, cultivos ni los paisajes cordilleranos de otros puntos de la provincia. Pero tiene espacio público. Y en esa disputa nadie, desde el retorno de la democracia a este punto, pudo igualarla.

Los tres escenarios, la música y la luces de la Arístides del último viernes coincidieron con el lanzamiento del primer spot de De Marchi. Es un video con un tono algo marcial en la alocución femenina, que busca empatizar en la relación entre gobernante y votante; que te trata de vos y en el que la palabra “chorro” hace un ruido generalizado.

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De Marchi no la tiene fácil. Juega de visitante aún con un presidente de la Nación de su mismo color político. Encima debe enfrentar al precandidato elegido por Cornejo. Le toca ser opositor dentro del oficialismo. Ahí las herramientas escasean. Es un “sí pero no” permanente. Mostrar que quiere ser la continuidad de la gestión del que está sentado en el sillón de Rivadavia, pero no del que se sienta en el de San Martín. Justo en un momento en que la imagen de Macri cae proporcionalmente a medida que sube la inflación. Una relación trigonométrica difícil de capitalizar.

“Esto es Europa, es Barcelona”

Suarez estaba exultante. “Esto es Europa, es Barcelona”, manifestó en el momento cumbre de una noche en que la Arístides se convirtió en un boliche a cielo abierto. Había de todo y para todos. De eso se trata ganar la calle. Dársela a la gente; entendiendo como “gente” a ese conjunto de intereses disímiles, abarcado por todo el abanico de edades y de clases sociales y que comparten gentilicio.

El intendente de Capital jugó dos cartas fuertes. Salió a presionar apenas arrancó este partido mano a mano con De Marchi. Trajó a Paulo Londra justo el mismo día y a la misma hora en que el lujanino armaba una carpa política en Feriagro para medir fuerzas, a la que invitó a dirigentes políticos, sociales y empresariales. A los máximos referentes. Oficialista y opositores. Quería ver quién, de manera casi incondicional, iba a acompañarlo en su campaña. Un globo de ensayo para saber dónde estaba parado más allá del resultado de alguna encuesta llegada de Buenos Aires que lo hace tener las ilusiones intactas.

“Hubo más gente en otras ocasiones”, recuerdan los históricos de Feriagro, pero aseguran que la evaluación final “la tiene que hacer el Omar. Si él quedó conforme, entonces sirvió”.

Mientras eso ocurría, el cantante de trap cordobés hacía del Parque Cívico una fiesta popular. Era la segunda vez en pocos meses que Suarez se probaba como anfitrión en las explanadas de Casa de Gobierno. Antes había sido con la Peatonal del Vino.

Juega con el dueño del mazo, es cierto. Eso le permitió concretar una contratación millonaria, cuya polémica fue acallada por éxito de evento: alrededor de 50 mil personas disfrutaron de un tremendo show al aire libre y sin incidentes. Gran organización. Algún que otro arrebato menor, pero no más que eso. Una semana más tarde, lo hizo en la “calle boutique” de Mendoza. La Arístides es eso: un chiche que remite a otras capitales mundiales. Capital ejercitó el músculo y mostró que tiene un equipo sólido.

¿Alcanza? No, para nada. El clima festivo no fue todo. Un nene llorando en un zaguán porque no podía vender bolsitas de residuo mientras todos tomaban y bailaban, se convirtió en una trompada a la realidad. La política inclusiva en espacios públicos pasa, especialmente, por ahí. Por lograr que todos puedan reírse al mismo tiempo. Si no, la fiesta sigue siendo selectiva.

Dos modelos

En diciembre del año pasado, cuando cumplía tres años de gestión, Alfredo Cornejo explicaba que, para él, una interna partidaria no debería definirse de manera abierta cuando lo que se disputa en una batalla de egos. Eso, aseguraba, debía resolverse con diálogo en negociación política. En todo caso, sólo se justifica ir a unas PASO cuando lo está en pugna son dos modelos; dos conceptos de gestión claramente enfrentados. Y así arrancó la campaña entre Suarez y De Marchi.

La apuesta del lujanino es demostrar que los aparatos ya no ganan elecciones. Que es posible ir a pelear de frente el territorio. Que la dinámica cambió y que nadie va al cuarto oscuro como vaca al matadero. Que las opciones son otras.

Todo eso, en el plano enunciativo. Hacia adentro, el plan incluía al PJ. No para gobernar, claro está. Pero sí para destronar a Cornejo y a su posible sucesor. La lógica es más o menos así: el peronismo sabe que tiene pocas chances de pelear la gobernación, pero no quiere que Cornejo sea reelecto en la figura de Suarez. Acompañar de manera subrepticia a De Marchi en las PASO no sería una opción descabellada.

La idea tenía sentido hasta que el peronismo mendocino empezó a calentar motores y cabeza. Anabel Fernández Sagasti quiere probarse. El objetivo es medirse, tal vez, pensando en el 2023. No es la única. Tadeo García Zalazar, el intendente de Godoy Cruz, también está en la misma. El tema es que Anabel quiere ir primera en la marquesina. Y hasta se anima de imaginar a Alejandro Bermejo como su compañero de fórmula.

Salvo en el kirchnerismo, el resto del PJ mendocino entiende que, de haber una fórmula de consenso con esos nombres, el jefe comunal maipucino es el que debería encabezarla; por trayectoria, por apoyo territorial y porque sería darle la espalda a todas las encuestas que muestran lo mismo: el peronista que más mide es Bermejo. No importa si es Alejandro o Adolfo. Es Bermejo. Una nueva interna propia como para distraerse en otra ajena.