Al dolor supremo

redentor de las almas

consagran esta imagen divina

unos padres sin consuelo

niña difunta.

El poema está grabado con letras blancas en un mármol negro, al lado de un Cristo crucificado, sobre la pared del fondo donde descansa  “La Lopecita”, quien venció al tiempo gracias a la memoria de la gente que de generación en generación fue traspasando su amor por la niña milagrosa.

Hija del fundador de Villa Nueva, Justo López de Gomara y de Mercedes Lugones, falleció cuando tenía 17 años y al mes de ser madrina de bautismo de uno de sus hermanos.

Los datos de la niña “milagrosa”

“La Lopecita” murió en 1902 víctima de la fiebre tifoidea. Según la investigación del profesor Luis César Caballero, investigador genealógico, su nombre era Mercedes Encarnación Genoveva Alejandrina Esparta Sanjurjo López de Gomara. Nació el 6 de octubre de 1884 en Monserrat, Buenos Aires, y murió el 4 de abril de 1902 en Villa Nueva. Sus restos descansan en el cementerio de Guaymallén.

Fue tanto el dolor de sus padres que hicieron fundir una campana que colocaron en la torre de la iglesia de la parroquia Sagrada Familia. Tenía una inscripción que explicaba que su sonido recordaría a Mercedes al volar por la villa y los viñedos. Con los años tuvo una rajadura y enmudeció para siempre.

“La Lopecita”, conocida también como “La Niña”, “Mechita” o “la López de Gomara”, es visitada por una gran cantidad de personas que por semana se arriman hasta el cementerio para agradecerle los favores concedidos. Hace años que nació esta veneración de “La Lopecita” una hermosa niña que llamaba la atención por sus trenzas gruesas. Una de las paredes del mausoleo está casi llena de chapitas con mensajes de agradecimiento.

Nadie sabe a quién pertenece el mausoleo en el que descansa aunque ostenta en su frente la leyenda “Familia López de Gomara”. El amor de la gente la salvó del olvido.

“Vienen de todos lados”, afirmó Marcelo Arias, capataz del turno tarde, quien agregó que “llegan a visitar a sus deudos o por algún entierro pero hacen tiempo para pasar por aquí, saludan, se persignan o tocan la puerta para seguir caminando”.

La administrativa Mónica Pérez explica que con el dinero que la gente deja en la alcancía fue arreglado el mausoleo: pintura, techo, piso nuevo enfrente y un banco de cemento para que los que vienen puedan descansar.

La cuidadora histórica

“El alma de la López de Gomara necesita de una oración pero no dinero ni regalos”, afirmó Carmen Dolores Delgado, de 76 años, quien hace más de 30 años cuida del mausoleo donde están los restos de la” Niña”. Todos los días cruza la calle, desde su casa que está enfrente del cementerio, y limpia el lugar.

Quienes le piden ayuda, trabajo, vivienda, salud para sus hijos, suelen dejar dinero en una alcancía. Alguien había dejado unas medias para niño. “Ahora ya no tanto pero antes hubo gente que dejó vestidos de novia, juguetes y ropa para niños” destacó Carmen.

“Para mí es una niña sagrada. Cuando comencé a cuidarla todos los lunes, día de las ánimas, me iba de rodillas antes de la medianoche hasta donde está la tumba”, sostuvo la mujer.

Generalmente para el 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, el padre de la parroquia Santa Ana viene a celebrar misa y “la hacemos frente a donde está la López de Gomara”, indicó Arias.

Yoryi, el nene al que le dejan juguetes en su tumba

En el mismo cementerio se encuentra Yoryi, el nene que fue asesinado en 1996 por su padre cuando tenía tres años y ante la vista de su madre. Ahora, 21 años después, la gente sigue visitándolo y deja en su tumba todo tipo de juguetes.

El matrimonio inventó una historia de secuestro, pero después tuvieron que confesar que el cuerpo del niño estaba enterrado en un baldío.