Con osadía, el kirchnerismo mendocino se envalentonó después del resultado de las PASO nacionales. Salió a festejar y a militar el triunfo de Marisa Uceda en la provincia por apenas un par de puntos, para intentar bajarle el precio al gobernador Alfredo Cornejo, que, muy a su pesar, le puso la cara a Cambiemos en Mendoza en medio de la paliza electoral que el macrismo recibió en casi todo el país.

En ese contexto hubo dos lecturas posibles. Los perokirchnerista levantaron la bandera para mostrar cómo su ignota candidata había hecho sucumbir, por la mínima diferencia, al que tal vez sea uno de los políticos más influyentes que haya tenido Mendoza. Del otro lado, el oficialismo aclaró que el gobernador había sido el dique de contención para frenar la caída estrepitosa de Macri en la provincia, y que supo y pudo bancar la parada.

Anabel Fernández Sagasti intentó capitalizar la primera de esas hipótesis. Imaginó que el viento a favor de la fórmula F-F a nivel nacional podía empujarla con tanta fuerza que la depositaría en el Sillón de San Martín. Error.

Esa falla estratégica era entendible. La Cámpora y sus referentes todavía sentían la resaca del espectacular triunfo que habían conseguido en el peronismo vernáculo. Ahora, parafraseando a Cristina, iban por todo.

Rodolfo Suarez no era el candidato preferido por Cornejo. De haber sido por él, ese lugar hubiese sido ocupado por Martín Kerchner. De hecho, insistió hasta que tuvo que reconocer los datos que mostraban las encuestas: si no quería arriesgar más de la cuenta y asegurar la continuidad radical, la lista debía mostrar a Suarez como futuro gobernador. Una versión indica que, incluso, la última jugada para mantener a Kerchner fue ofrecerle la Vicegobernación a un referente del peronismo histórico. Pero, esa es otra historia.

Hasta el mismo intendente de Ciudad lo reconoce. Llegó hasta ahí porque su imagen era muy alta y porque los mendocinos sentían una suerte de envidia sana cuando llegaban a su departamento. Querían que todos se parecieran, al menos un poquito, a la Ciudad de Mendoza.

Anabel asumió el rol de anfitriona para darle forma a su idea de nacionalizar la elección. Invitó a Alberto Fernández, trajo a Sergio Uñac y paseó con Axel Kicillof. Todos se sacaron fotos y todos insistieron en que Rody era Cornejo y que Cornejo era Macri. Un discurso que, de tan trillado, terminó perdiendo efecto.

Aún así, el entusiasmo de esas primeras semanas se mantuvo hasta que llegaron las elecciones en los cuatro departamentos del PJ, que había decidido jugar por su cuenta y se cortaron solos.

El golpe para el perokirchnerismo fue fuerte. La derrota en San Martín -bastión histórico del PJ- fue una trompada que lo devolvió a la realidad. No había manera de que la política nacional influyera en el ámbito local.

Cornejo se agrandó y Suarez se animó a mostrarse más combativo. Reticente a dar discursos, en pocos días se lo escuchó hablar más que en toda la campaña. Anabel es el PJ y el PJ es el recuerdo aún fresco de la caótica gestión de Francisco Pérez. Ese fue el leit motiv.

El Rody empezó a sentirse más cómodo con el traje que le habían dado. Se hizo cargo. Más seguro, más confiado, haciendo pie, sobre todo, en Ciudad. Es donde mejor se mueve.

El resto se supo dos semanas antes de las elecciones. Elbio Rodríguez, el encuestador preferido de Cornejo, y Martha Reale, la consultora más cercana a Suarez, coincidieron en un número: 15 puntos de diferencia. Eran muestras presenciales, con un margen de error muy chico. Era cuestión de no equivocarse en esos días para que el triunfo se convirtiera en una realidad.

Fernández Sagasti lo supo y disparó todo lo que tenía. Salió a reconocer las virtudes de Cornejo y prometió tantas cosas gratis que esa maniobra le jugó en contra en las redes sociales. La respuesta no fue la esperada. Aparecieron interpelaciones por todos lados para saber de dónde saldrían los fondos para cumplir. Nada es gratis, le dijeron por Twitter, Facebook e Instagram.

Por aspirar tanto a ganar votos trayendo gente de fuera, el kirchnerismo descuidó el frente interno. 

Luego de ser vencidos en las internas, el peronismo histórico se cuadró hasta ahí. Los resultados en los departamentos muestran que no hubo tracción -¿ y sí traición?- por parte de los intendentes. Ni siquiera de los que habían desdoblado. Se refugiaron en el pago chico y, más allá de la foto, territorialmente, Fernández Sagasti no encontrará mucho para agradecerles. 

Tenía cierta lógica esa movida. Con la derrota, los viejos barones del PJ mendocino volverán a buscar el poder perdido. Tienen la excusa perfecta: Anabel sacó menos votos que Adolfo Bermejo cuando perdió con Cornejo, con el kirchnerismo en franca decadencia y una provincia prácticamente incendiada tras el paso de Paco Pérez.

Haber subestimado el poder que acumuló Cornejo en estos cuatro años y pensar que se le podía ganar con facilidad mostró falta de cintura política.

El actual gobernador salió airoso y se posiciona como una pieza clave en la construcción nacional de acá al 2023. Lo tendrá como protagonista. Fue un doble triunfo para él. Porque ganó el candidato que eligió y porque su nombre fue el que trascendió la frontera después de este resultado.

La diferencia fue tremenda. Fue el reconocimiento a dos gestiones: la de Cornejo como gobernador y la de Suarez como intendente. Fue un mensaje claro para el resto: hay memoria. Y, en Mendoza, el recuerdo de aquel 2015, con un Estado prácticamente paralizado y desahuciado no solo no se borrará fácilmente, sino que se sigue castigando a los responsables.