Es apenas una sonrisa incipiente. No más que eso. No alcanza para decir que se trató de una bocanada de aire fresco. Para nada. El ambiente del Poder Judicial de Mendoza está demasiado contaminado como para que la destitución de una fiscal implique una renovación o un cambio de paradigma. Lejos de eso.
Lo de Anabel Orozco fue, en todo caso, una muestra de la impunidad con que se manejan en la Justicia. Se sintió intocable pero cometió la misma torpeza por la que suelen caer los grandes delincuentes: el egocentrismo.
La fiscal no soportó que su plan muriera en el anonimato. Y tuvo que mostrárselo a todos. Subió las fotos a las redes sociales de sus viajes de placer justo cuando laboralmente gozaba de una licencia médica.
Tenía que exponerse. Lo hizo del mismo modo en que un ladrón confiesa ante algún fulano que fue autor de un golpe perfecto. Demasiado bueno como para no poder compartirlo.
Pero el cuento va más allá de Orozco. O, en todo caso, sirve como ejemplo para saber qué clase de gente forma parte del sistema judicial. Orozco ostentaba su cargo; se jactaba del poder que tenía. Era una más en una fauna con características similares.
Un gran porcentaje de los magistrados está convencido que forma parte de grupo social selecto; por encima del resto, con más derechos, más garantías y menos deberes. Una ecuación digna de quienes profesan superioridad. Tiene incorporada la imagen de un juez con toga.
La paradoja es notable: el Poder Judicial es, puertas hacia adentro, un foco de encubrimiento. Lejos de buscar justicia, ocultan todo tipo de irregularidades. Graves o no, se esconden. Es una gran familia que quiere mantener sus secretos a salvo. Se cuidan entre ellos, se pasan facturas entre ellos y después devuelven gentilezas entre ellos. Hasta que uno decide hacer públicas sus miserias en Facebook y no queda más remedio que desterrarlo.
Orozco era una más entre los personajes que pululan en el Poder Judicial. Jueces que pasan sus días tomando café en bares de calle Colón; otros que arreglan fallos en cuestión de minutos para luego irse de vacaciones con los abogados de los condenados; juezas que resuelven causas apenas horas después de haber tenido experiencias suicidas; tribunales que firman sentencias millonarias a favor de otros jueces que engañaron al Estado; fiscales que fraguaron expedientes y nunca fueron debidamente investigados; magistrados que arreglan sus asuntos sentimentales con cargos para sus amantes, y los que arman estructuras propias a partir de nombramientos a dedo. En el mejor de los casos, simularán un examen para no quedar tan expuestos.
No faltarán aquellos que afirmen que la destitución de Anabel Orozco es una muestra de renovación. Patrañas. Sólo se trató de una fiscal que dio el mal paso. El resto, sigue espalda con espalda cuidando que nadie se anime a molestar a los dueños del poder.
