Buenos días, a pesar de todo. Voy a meterme con el concepto de guapo. Tiene varias acepciones la palabra. En sus comienzos definió al tipo bien vestido, al cajetilla, al galán, pero después se transmutó para describir al aventurero, al audaz, al prepotente, al que hacía ostentación de valentía. El guapo, que pululó por las orillas de Buenos Aires, allá cuando Quinquela le daba una mano de pintura a la Boca, y Arolas lo dominaba al fuelle con la mano izquierda, habita ahora en la literatura tanguera o en las páginas literarias que describen a un Buenos Aires que se murió de un cáncer de cemento. Borges lo definió con su talento al describir a Jacinto Chiclana. “Alto lo veo y cabal/ con el alma comedida/ capaz de no alzar la voz/ y de jugarse la vida”. El guapo se tuteaba con la violencia todos los días y sabía, íntimamente, que su muerte no iba a ocurrir en la cama de un hospital, rodeado de silencio y enfermeras; su muerte iba a suceder en una esquina cualquiera, por el filo homicida de otro guapo más guapo que él. El guapo tenía una conducta y moría con ella. No sabía huir. Huir, para él, era peor que la muerte. Por eso era guapo, porque le ponía el cuerpo al desafío, a la provocación, y hasta a los peones de la Justicia que lo buscaban para cerrar los expedientes abiertos con la carátula muerte culposa. Hubo, en la época de la dictadura, muchos que se hicieron los guapos, guapos de pacotilla que se escudaban en el poder que daba un estado represor, genocida, para demostrar su bravura. Eran guapos con aquellos que caían en las redes de la patética telaraña, eran guapos con los detenidos sin futuro, con los encarcelados sin defensa, con los condenados a muerte joven por portación de ideas. Ellos se hacían los guapos, pero eran pusilánimes, miedosos, gallinas, cagones. Cuando cambió la mano, trataron de hacer olvidar sus atuendos con charreteras y se vistieron de democracia, pero el traje les quedaba ancho, demasiado ancho. Atilio Romano fue uno de esos, con el agravante de que actuaba en el estrado de una Justicia contagiada de pus, de podredumbre. Cuando la verdadera Justicia se instaló de nuevo en el país, los guapos de entonces se disolvieron en el temor, e hicieron, como este espanto de persona, lo que un guapo nunca haría: huyeron. ¿Sirven de algo estos miserables? Sirven de referencia, nunca más, como dice aquel legendario libro, personas así en nuestro país, nunca más jueces así en nuestro país. Yo creo que hasta la cobardía siente vergüenza de ellos. Ahí anda nuestro país tratando de que Chile devuelva a este fantoche de vida para que sea juzgado como corresponde. Permítame Borges que extienda sus versos, con todo respeto. No existe el guapo señor/ en el cuerpo desalmado/ de aquel que mata y tortura/ el cuerpo de sus hermanos. Venga, señor, vuelva/ para que veamos qué valentía le queda. Venga sin trámites ni deportaciones. Venga a hacerse el guapo otra vez.
Guapo
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