Buenos días, a pesar de todo.

Esta es una historia que muchos conocen, pero vale la pena reiterar, porque no sólo encierra el testimonio de un amor superador de distancias, sino también el rol que las mujeres cumplieron en aquella épica historia del mayo de 1810. Mariano Moreno llegó a Chuquisaca a principios del 1800 a estudiar en la famosa universidad, allí trabó amistad con Castelli y Monteagudo, entre otros jóvenes interesados en los cambios del mundo y predispuestos a reparar la enorme injusticia que los españoles habían cometido en tierras americanas.

En  1804, Mariano conoce en Charcas a María Guadalupe Cuenca. Ella estaba destinada por su familia a ser monja, pero el amor por Mariano superó cualquier plan previo. Se casaron a poco de conocerse. Después, el horizonte de Buenos Aires. Todos sabemos la participación de Mariano en los hechos de mayo, también sabemos de sus diferencias con los saavedristas y de su exilio forzado y pedido que lo llevó a embarcarse hacia Londres el 24 de enero de 1811. El 4 de marzo murió en alta mar en circunstancias que aún discuten los historiadores. Pero Guadalupe lo supo mucho tiempo después. Los barcos de entonces para ir y venir de Europa tardaban sesenta días. Por lo tanto, Guadalupe le siguió escribiendo cartas a ese que ya no estaba. Las cartas ocupaban un espacio de amor: “Esta, nuestra separación, y si no te parece mal que te diga, que me es más sensible a mí que a vos, porque siempre has conocido que yo te amo a vos más que vos a mí.”

En otra carta dice: “No te dejes engañar de mujeres, mira que sólo sois de Mariquita y ella y nadie más te ha de amar hasta la muerte”. He repasado las cartas de Guadalupe, cartas sin destino y sin destinatario, y me conmuevo con sus relatos de amor pero comprendo algo: Guadalupe sabía todo lo que estaba pasando en la escena política del convulsionado Buenos Aires de entonces. Le contaba a su marido los acontecimientos con lujos de detalles, hacía periodismo con su amor, periodismo del bueno. ¿Que las mujeres de mayo no intervinieron? ¿Que no sabían?

Las cartas de Guadalupe lo están desmintiendo, sabían con exactitud. Pero su lector ya no existía. Ella misma lo presagia en una de esas cartas. En la del 21 de junio de 1811 dice: “No sólo no te tengo a mi lado, sino que no sé si te volveré a ver, y quién sabe si en esta ausencia no nos moriremos alguno de los dos, pero en caso de que llegue la hora sea a mí, Dios mío, y no a mi Moreno”. 

No tuvo eco divino tu pedido, Guadalupe, tu Moreno había muerto en ese mar, ese enorme mar que, al decir de su enemigo, Saavedra, fue necesario para apagar tanto fuego. 

Guadalupe, mi niña, ¿qué está escribiendo? Escúchelo a su ángel, le está diciendo. Que cambie el domicilio de sus desvelos, Moreno ya se ha ido, se ha ido mar adentro, Allí donde dice Londres, usted ponga cielo. Guadalupe, mi niña, las alas de sus cartas Se han quedado sin vuelo.