Estamos siendo injustos con el coronavirus, esa es la verdad. Todo el tiempo hablando de las terribles maldades que cayeron sobre el planeta porque a un chino comilón se le ocurrió deglutirse el murciélago sin esperar su buen punto de cocción, que como todo el mundo sabe es más bien tirando a sequito, crocante. Vivimos ahora una crisis como la de la primera guerra del 1917, del crack del ‘29, de Abisinia del ‘35, de la segunda guerra en el ’45, la China del ’49, de Corea del ’50, de los misiles de 1962, de Vietnam, de la OPEP en el 73, de la Glasnot, del HIV, de la bolsa del 2008 y todas las otras que tenemos cada tanto para no aburrirnos porque la vida contemporánea sino será aburridísima.

Gracias Coronavirus, nos hacés acordar que nos guste o no, estamos en el mundo, pertenecemos al mismo organismo vital y no somos ningún ombligo. Es que Argentina a veces parece tan entusiasmada con su originalidad que le encantaría vivir lejos de todos, sin comprarle nada a nadie pero intentando venderles; sin escuchar sus noticias pero enojándose cuando no nos escuchan; tan enamorada de sí misma que no puede ver al universo porque su vanidad no la deja. Si supiera, la pobre.

Gracias Coronavirus por recordarnos, paradójicamente, que estamos vivos. Es más, en principio nos recordó que tenemos presidente, cosa que estaba en duda desde hace tiempo ante el limbo en el que permanecemos esperando que los negociadores internacionales acepten un plan que nadie vio pero que está, eh, ojo, no vayan a creer pero como somos los inventores del truco no vamos a andar mostrando las cartas tan fácilmente. Un juego en el que como sabemos, la mentira es fundamental. Así que ahora que tenemos presidente lo escuchamos por radio diciendo que un tecito caliente sirve para prevenir la enfermedad.

Gracias Coronavirus por aclarar quién es quién y cómo se comporta un líder. Como el de Brasil, Jair Bolsonaro que asegura con cara de malo que si a él no lo paró un cuchillazo en las costillas no lo va a parar “una gripecita”. Sic. El Coronavirus aplaudió con fuerza y se fue a batucar a las favelas donde ya se están armando las comparsas. Como el de México, el incomprensible AMLO, que auspicia abrazos y besos. Como el de Estados Unidos, Donald Trump que aseguró que iban a comenzar a tratar a los pacientes con un remedio que se usa para la malaria y que las autoridades sanitarias ya lo habían aprobado. Al toque tuvo que salir Stephen Hahen, comisionado de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) a decir que no sólo no estaba aprobado, hasta podía ser peligroso. Por las dudas Ginés González Coso ya afirmó que acá se está probando en el Hospital Posadas. El Coronavirus, chocho de la vida, se tomó un tecito caliente.

Gracias Coronavirus, ahora todos tenemos prisión domiciliaria. Bueno, todos no, al simpaticón de Lázaro Báez no se la dieron porque le preguntaron a qué casa iba a ir si lo soltaban y estaba recién en la mitad de las quichicientas mil propiedades que compró con dinero ganado con honra y ahí le cayó el DNU y adentro. El pobre De Vido, coso con pretensiones e ínfulas de Coso Mayor, había conseguido zafar de prisión domiciliaria y ahora, vuelta al rancho. Cuando Coronavirus escuchó “rancho” referido a la casa de De Vido largó una carcajada que dejó temblando a centenares de miles de murciélagos en todo el mundo. Al final somos todos iguales. Bueno todos iguales, no. Ninguno de nosotros es responsable como De Vido por 51 muertes en Once, por currar en la importación de gas, por el desfalco de 200 millones de dólares de la mina de carbón de Río Turbio ni estamos metidos en el caso de los Cuadernos. Y por sobre todas las cosas, lo más imperdonable, ninguno de nosotros tiene nada que ver con financiar novelas de Andrea Del Boca, en nombre de la cultura.

¡Cómo se ríe el Coronavirus cuando hablan de cultura! Estuvo leyendo que gracias a él van a repartir 7,2 millones de pesos entre 500 artistas para que alegren la cuarentena por las redes. Algo así como 14.400 pesos a cada artista sensible, porque si algo falta en estos momentos es entretenimiento por las redes. Ponés el teléfono y te salta La Mujer Maravilla cantando “Imagine”, Chris Martin haciendo un tema de David Bowie y hasta la tía Pocha aparece con clases de macramé, tarjetería española e ikebana. Pero los artistas sensibles y comprometidos son así, el murciélago de la sopa, por eso se necesitan urgentemente ahora más que nunca los 77 millones que recibirán los “centros culturales” que cuentan con salas de entre 50 y 300 espectadores. Por causa del coronavirus repartirán dinero en lugares que estarán cerrados por causa del coronavirus. Nadie va a pensar que es un chantaje porque ¿cómo te quejás de que el Estado ayude a la cultura? ¿Cómo? ASÍ: RECORDANDO QUE HAY PRIORIDADES PORQUE VAMOS A MORIR.

Porque cuando el Presidente Coso se pone serio, se pone serio, por eso seguramente le tirará de las orejas a la Presidenta Vice que viene a pasar la cuarentena acá porque el martes cierran Cuba y ella tiene que volver porque coso y con su hija que gracias al coronavirus se curó de todos los otros males que tenía que explicar en la justicia pero no explicaba porque coso, tan coso como ser gerente de un hotel sin gente y empleada de una inmobiliaria sin empleados. ¿Es que nadie entiende lo difícil que es ser parte de una “Asociación Ilícita”, nombre con el que la justicia conoce a la familia Kirchner? Gracias Coronavirus por traernos a Flor de regreso en un avión de Cubana Aviación.

Gracias Coronavirus por permitir el sainete semanal del Canciller Felipe Coso que, muy diplomáticamente, se peleó en un solo tuit con Iberia, Air Europa, KLM, Air France, British, Norwegian, Lufthansa, Edelwis, United Airlines y Aeroméxico, diciendo que habían cobrado pasaje y suspendido vuelos pero un avispado community manager de Iberia lo desmintió recordándole que fue el gobierno el que los había prohibido. Lo que no dijo el gallego es que la idea firmada por el Ministro de Transporte coso, Mario Meoni (cuya actividad anterior fue ser intendente de una ciudad que no tenía transporte público) crease un nicho (la palabra más adecuada) de mercado monopólico para que Aerolíneas Argentinas decretase “la tarifa loca”. Como estamos en guerra, nos defendemos entre todos, tras un manto de neblina, tuvieron que aflojar con la idea porque hacía agua por todos lados y al final 15 compañías aéreas fueron autorizadas a hacer eso que querían hacer desde el comienzo y que el gobierno prohibió porque coso.

Quien no precisó pagar sobreprecio fue Marcelo Tinelli, que autopercibiéndose mapuche, se subió a un jet privado como integrante de pueblo originario mirando por largavistas sobre un caballo y se atrincheró en su mansión de Esquel porque algunos tenemos coronavirus y otros, coronitavirusito. Se ve que no le dio mucha pelota a los consejos de no trasladarse en el país o escuchó al ministro Ginéz Coso Coso que a fines de enero, cual Parravicini, nos aseguró: “Creo que dentro de 3 meses no va a existir demasiado problema. Lo que puede fallar es no tener el mecanismo para identificar si es el virus, pero nosotros tenemos todo eso”. La semana que viene recién llegarán 50 mil kits reactivos, están comenzando las capacitaciones y salieron a comprar de urgencia los únicos 64 respiradores que hay en el mercado.

Gracias Coronavirus, de ahora en más cuando los demás países nos den dos meses de ventaja, quizás no nos hagamos los cancheritos.

Hay mucha gente diciendo ahora que hay que superar la grieta. Superar la grieta es, claramente, algo que alguna vez deberemos hacer porque no se puede vivir con tanto enfrentamiento. Pero eso difícilmente ocurra si el gobierno continúa ocultando la verdad, enfervorizando el nacionalismo, endilgando errores propios a los demás, subidos a la soberbia, abusando privilegios.

Un señor que por casualidad llevaba el mismo nombre y apellido que el Presidente Fernández Coso de Kirchner, escribió el 16 de febrero de 2015 una demoledora nota en el diario “La Nación” bajo el título “Hasta que el silencio aturda a la Presidenta”. Tenía razón, el homónimo. El silencio aturde.

Hoy hay silencio en las ciudades. O debería haberlo, al menos.

Que sea el silencio de un país que se defiende, que toma conciencia, que se cuida.

Tuvimos una guerra tradicional y los medios y los dirigentes políticos, en lugar de contar la verdad, aseguraban: “Seguimos ganando”, rindiéndole pleitesía a un dictador.

Todos sabemos cómo terminó aquella guerra.

El silencio aturde.