Las golondrinas no sabían si tenían que volverse al norte o no, estaban más desconcertadas que Tinelli en biblioteca. La naturaleza también tenía su desconcierto, algunos durazneros comenzaron a empujar para afuera sus flores pensando que ya era setiembre. Pero, por fin, llegó y con él sueters, camperas, medias de lana, pantalones pesados, bufandas, sobretodos, tapados, y demás enceres para que el tipo pueda poner su cuerpo a una cierta distancia de la intemperie. Tanto duró el veranito que los árboles todavía no están amarillos, no alcanzan la tonalidad de otoño que expresa la canción del Jorge Sosa. Tal vez si este fin de semana salimos con la flía a tomar unos mates a los alrededores encontremos al otoño mucho más maduro que en la ciudad. Ayer vi mucha menos gente en las calles céntricas y eso que era un lunes totalmente urgido de bancos. La gente comienza a guardarse y las estufas que esperaban pacientes van a asumir la responsabilidad de calentar el ambiente junto con los políticos que hagan campaña para las elecciones. Es que estamos a mediados de mayo, no es broma. Mayo, antiguamente, era un mes decididamente frío. Yo me acuerdo aquellos antiguos 25 de Mayo, cuando nos hacían ir a los escolares a la plaza del pueblo para el “ato solene”, a las ocho de la mañana, con pantalones cortos y llenos de sabañones. Y teníamos que aguantarnos un plantón de algunas décimas bajo cero, no más, rodeado de la escarcha sobre el pastito ya mustio de los canteros. Ahora la cosa es, como todo, más light, más suave, menos intensa. Tal vez tengamos días de fríos intensos y eso es bueno, para los vegetales y animales, dentro de estos últimos nosotros, y para que volvamos a buscar el calor necesario en calefactores, mates, café bien caliente, radiadores, locro, y por qué no, un poquitito también en el amor. Métale nomás.