La gente se queja diciendo: “¡Qué frío! ¿no?”. ¿Y qué quieren que suceda? ¿Que el termómetro marque treinta grados a la sombra? Volvió el frío a nuestra provincia con un airecito constante del sur, filoso el guacho, que te obliga a cubrirte toda la anatomía dejando solamente los ojos a la intemperie, tipo comandante Marcos de Chiapas. Las bolsas de agua caliente se llenaron otra vez y los matrimonios evitaron entrar en contacto piel a piel al acostarse porque: “Tenés los pies helados, vieja. Parecés la reencarnación de Walt Disney”. Por suerte, Mendoza no ha tenido en este invierno problemas con la garrafa social, porque era fácil de conseguir en cualquier negocio de Catamarca. Las mujeres volvieron a estar embotadas, quiero decir, no por una alteración de su consciente, sino porque ahora usan botas, algunas con unos pantalones tan ajustados, tan ceñidos, que no sé como hacen si les toca ir al baño de urgencia. Dicen los entendidos que el frío que estamos soportando es producido por un frente que viene desde el polo y que ha de continuar algunos días, sin descartar que pueda producirse alguna nevada en el transcurso de la semana. No sé para qué va a nevar, si ya no hay turistas. Ganas de gastar nieve en mendocinos nomás. Es invierno, no conviene llenar la pileta, vender helados en Penitentes ni ducharse con la ventana abierta. Los hombres pueden acceder a los calzoncillos largos, que serán una vergüenza a la hora de desvestirse y más frente a una señorita desconocida, pero ayudan a superar las inclemencias del tiempo. Las mujeres pueden poner el poto cerca de las estufas, como suelen hacer, pero por poco tiempo, chicas, porque puede pasar que salgan teniendo dos tostadas en vez de dos nalgas. Es invierno y hace frío. Es coherente. Y es posible que hoy haga mucho más, porque, según me informaron los de prensa, están los dos pingüinos en San Juan.