Buenos días, a pesar de todo.
Fue Simón de Citio el que fundó el estoicismo. ¿Qué significa estoicismo? Bueno, es un pensamiento filosófico o, tal vez mejor, un modelo de vida que proclama que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo ajeno a las comodidades materiales, la fortuna externa y dedicándose a una vida guiada por los principios de la razón y la virtud.
¿Hubo políticos estoicos? Por lo menos con gestos. Le cuento uno. En tiempos de Llaver, su secretario de Difusión, ante un viaje del gobernador a Japón, le pidió que comprara un grabador para el trabajo de los periodistas del Estado. Llaver lo miró y le dijo: “Decime la marca, cuánto cuesta y dame la plata vos, tu plata, porque el Gobierno no está en condiciones de gastar un peso en estas cuestiones”. Todos conocemos la vida austera y hasta paupérrima –con toda la bondad del término– que tuvo Arturo Illia, un presidente que aún tiene que ser rescatado del ingrato olvido de la Nación.
Pero quiero contarles una anécdota también de un radical. Porfirio González fue irigoyenista desde sus comienzos en política. Llegó a ser diputado nacional, ministro de Guerra, jefe de Policía, ministro del Interior y vicepresidente de la República.
Viejo ya, alejado de la política, pobre, subió un día a un tranvía en Buenos Aires y se sentó al lado de un señor que leía Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío. “Buen libro”, le dijo Porfirio a su circunstancial acompañante, y se puso a contar unas monedas. Una se le cayó y al anciano le costó recuperarla. Cuando lo hizo, agitado, le dijo a su vecino: “Si no la uso para dar una limosna, la usaré para comer”. El señor del libro lo había reconocido, era Porfirio González: el que había estado en la cumbre del Estado, el que había rechazado la pensión que le correspondía, el que había rechazado una casa que le ofreciera el Gobierno, el que vivía en un cuartucho de la calle Cerritos que se venía abajo.
Porfirio se paró para bajar del tranvía. El compañero lector le dijo: “Señor González, quiero que se lleve este libro que estoy leyendo, sería un honor para mí”. Porfirio lo miró con simpatía y comenzó a recitar una poesía que el libro encerraba, se la sabía de memoria. Después, dijo: “Gracias por el ofrecimiento, hijo, pero, por un lado, conozco bien a Rubén Darío y, por otro lado, un funcionario –aunque ya no lo sea– no acepta ningún regalo”. Después se bajó del tranvía y se fue caminando Buenos Aires con sus zapatos gastados, rotos, y con algunas monedas, muy pocas, dentro de su bolsillo. Y me vienen ahora a hablar de jubilaciones de privilegios, ¡jubilaciones de privilegio, por favor! Señores jueces, señores legisladores, señores funcionarios, señores políticos, señores obispos, señores sin señorío: infórmense un poco de lo que es el estoicismo y de quién fue Porfirio González.
