Es necesario que el Gobierno envíe una señal que le ponga un manto de seriedad a la gestión; que abandone por un rato las chicanas en las redes sociales; que sus funcionarios, tal como manifestó Cristina Fernández, empiecen a funcionar y que huya de la tentación de andar agrandando la grieta en cada decisión, en cada declaración. No es sano estar buscando conflicto de manera permanente e ir inventando nuevos enemigos imaginarios.

Hace falta un gesto pacificador; que vuelva a poner a la política a la altura de las necesidades que tienen los argentinos. Que se priorice la búsqueda de soluciones en medio de tantos problemas. Porque, por ahora, nada de nada. Y el clima social no es el mejor.

Hay un desgaste peligroso. Y quienes deben estar un escalón por encima para hacer una lectura total y cabal de la realidad, han decidido mancharse en el fango. Ensuciarse por pequeñeces que no aportan para nada. Hay que provocar cambios en serio. Ya nadie come, se educa o se cura con palabras. No hay más espacios para discursos de una épica que no existe.

Una sociedad desmotivada y desmoralizada es la muestra de un país que ha decidido abandonar cualquier atisbo de futuro.

Frente a esa situación, la clase dirigente tiene dos caminos. O da un volantazo y cambia radicalmente para recuperar un camino de crecimiento e igualdad, sin que eso implique abandonar sus convicciones sobre cómo hacerlo, o aprovecha para agudizar la crisis y ostentar el poder para el beneplácito y beneficios exclusivos de sus seguidores más cercanos.