A la simpleza de la gente simple.

No sé, tal vez cinco o seis años. Quizás más, si apenas era una niña, una flaquita a la que se le notaba la pobreza por todos los costados. Tal vez sean siete años los que pasaron hasta que la volví a ver. Ayer fue. Ayer la volví a ver. No la encontré en la calle. No. La fui a buscar, a su casa la fui a buscar. Como esa vez que dejó la escuela, que dejó de ir a la escuela, entonces la directora me preguntó si podía ir yo a buscarla, porque la piba me tenía confianza, porque la piba prestaba atención en mis clases, porque la piba sabía que podía hablar sinceramente conmigo.

Y fui a buscarla nomás. Y volvió a la escuela. Es que la piba es de esas que no se rinden, una de esas personas a las que les encanta que las desafíen. Hasta creo que fue eso lo que la hizo volver aquella vez, eso, que yo la increpara preguntándole si lo que tenía era miedo a la escuela.

Puros recursos, nada más, porque yo sabía que no era miedo a la escuela lo que ella tenía, porque lo que tenía era pobreza, de esa que te cuesta llevar encima, esa de familia multitudinaria y madre que hace magia para poner algo todos los días en la olla, esa de padre que labura de sol a sol para volver a ver todos los días el mismo miserable sol de los miserables, ese que ya ni calienta.

En estos días me he estado acordando de esa tarde y de varias más que ella me hizo el favor de dejarme pasar a su lado. Porque es así. Yo, muy profesor, muy entrar al aula y esperar a que se callen para decir camionadas de huevadas que a los pibes ni les interesan, muy palabra autorizada y todo lo demás, tengo en claro, después de conocerla (y a varios como ella, pero ahora quiero hablar sólo de ella), que cualquier cosa que me pase es nimia al lado de lo que estos pibes viven todos los días.

Por eso ahora fui a visitarla. Simplemente, porque quería agradecerle. No sé qué le iba a agradecer, pero le quería agradecer. Tampoco sabía cómo se lo iba a decir, pero tenía que decírselo.

Por eso llegué hasta la puerta de su casa, como esa tarde que la fui a buscar para que volviera a la escuela. Pero ahora fue ella quien abrió la puerta. Cómo le va, profe, me dijo, no como aquella vez, que se escondía y mandó a la madre a decir que estaba descompuesta y después me costó bastante convencerla de que al menos se sentara a conversar conmigo. Pase, me dijo, y yo pasé después de darnos dos besos, uno en cada mejilla.

Me invitó a sentar a la misma mesa en la que estuvimos aquella vez. Nada, nada había cambiado en esa casa. La madre, nerviosa por mi presencia, se encargó de poner a calentar el agua y mandar a uno de sus hijos (a uno de los tantos) a comprar unas facturas. Después hizo café, no como aquella vez, que apenas si tenían yerba y creo que hasta le dio apuro a la mujer ofrecerme mate. Ahora sí pueden comprar café. Ahora sí.

Qué bueno que haya venido, me dijo ella mientras otro de sus hermanos me miraba como bicho raro, creo que porque no estaba sacándole fotos a su hermana ni con un micrófono en la mano. Ella me agradecía que hubiera ido. Ella. Por favor. Si hubiese podido leer mi mente se hubiera dado cuenta de lo avergonzado que me sentía de estar ahí. Esa casa, ese comedor donde abundan las sillas ajadas en las que cada día se ubica más de una docena de personas, era un santuario. Y ella me agradecía a mí que hubiera ido.

La madre sonreía mientras ponía un par de tazas, cucharitas y la azucarera delante de nosotros. Otro hermano entró a la sala y vino derecho a saludarme. Qué tal mi hermanita, dijo como para mí, como para nadie, medio en joda, medio en serio, como siempre se dicen las cosas entre hermanos. Ella le dijo algo. Él le respondió. La madre les dijo que no empezaran. Te voy a cagar a piñas, la amenazó el hermano. La boca, recriminó la madre. Sí, claro, probá, le respondió ella al atrevido, que ya se iba. Volvé temprano, lo conminó la madre. Y como en el Teatro de Darío Víttori o en las boludeces de Sofovich, salió este y entró el que había ido a comprar diciendo que no había más facturas en la panadería, que si era lo mismo tortas.

Cuando por fin la madre se tranquilizó (porque es así, todavía no se acostumbra a tener la casa llena de gente que no sea familiar) y la convencí de que con el café estaba bien, de que no se preocupara por las tortas o las facturas, recién entonces pude conversar con ella.

Estaba feliz, desbordaba sonrisas, como siempre, como la recordaba de la escuela, sentada en el fondo del aula, cagándose de risa de sus compañeros y de sus profesores, y nosotros pidiéndole que estudiara. Yo, especialmente, tratando de convencerla de que si no sabía hacer un cálculo, le podía ir mal en la vida. Mentira. Eso era mentira entonces y sigue siendo mentira ahora. Y no es que crea que no sea necesario saber Matemática, Lengua, Historia o lo que sea, pero la miraba y se me caían de a uno todos los argumentos que usaba y uso con mis alumnos.

De alguna manera pensaba en eso mientras la madre servía el café, cuando de repente me dijo que ella siempre me iba a agradecer que la convenciera de volver a la escuela aquella vez. Y si no hubiese venido usted, yo no volvía, me aclaró. Porque mire si me mandaban a la vieja de Lógica, puso como ejemplo, y se rio con esos dientes desiguales.

Y en ese tono siguió la conversación. Yo le recordé lo que me costó convencerla y ella me reveló que medio que había pensado dejar la escuela para siempre, porque había conseguido un trabajo. Y, vio, profe, siempre la guita tira más, dejó caer.

En eso llegaron tres hermanos de la escuela. Entraron a los gritos y la madre salió como disparada a contenerlos.

Sabe qué, empezó a decir cuando los culillos pasaron para el fondo de la casa, ya más tranquilos, gracias a usted terminé la escuela y ahora sí voy a poder hacer lo que siempre quise. Qué cosa, le pregunté. Quiero estudiar para ser maestra jardinera, me respondió.

La miré confundido. Ella entendió mi confusión. Callé un segundo, en el que se me cruzó por la cabeza nuevamente la imagen de ella levantando el cinturón y llorando sobre el ring. Pero ahora sos campeona del mundo, le recordé. Sí, pero quiero enseñarles a los pibes todo lo que he aprendido, murmuró, casi con vergüenza.