Hay personajes de nuestra tierra que son instituciones. Gente que se ocupa de menesteres del campo y con su acción permiten la vida de los valles y de la gente de los valles. El contratista es uno de ellos, quien sostiene durante todo el año la existencia de nuestra existencia. El peón golondrina es otro, aquel que viene de latitudes del norte a ayudarnos a levantar la cosecha.
El tomero es otro. Aquel que reparte el agua. Todos sabemos lo que significa eso en Mendoza; estrictamente, la vida, eso significa. En sus manos está que la tierra sea regada como corresponde con el agua suficiente en tiempo preciso. Pueden hacer mucho si administran bien, pero también pueden hacer mucho daño si se equivocan.
Tamaña la responsabilidad del tomero, quien es una institución que existía ya cuando eran los huarpes los dueños y señores del valle de Huentata. El agua necesita ser guiada y ellos son los guías, los encargados de que el riego promueva las cosechas. Alguna vez Daniel Talquenca, huarpe por apellido, y Armando Tejada Gómez, del mismo origen por fisonomía, en una cantata que debería ponerse en escena con mayor asiduidad, inmortalizaron a este personaje del que hablamos en la Cueca del Tomero, algo que da gusto escuchar.“Es el que toma y da”, dice el Armando y resume en seis palabras toda su enorme responsabilidad.
Vi a varios de ellos en la segunda repetición de la Fiesta de la Vendimia y me emocioné, estaban en el lugar que habitualmente ocupan las reinas. Me dije: “Buen lugar”. Ellos también tienen su reinado y lo seguirán teniendo mientras sea el agua la que marque el horizonte de esta tierra.
