Entre todo lo que circuló en la campaña hacia la Gobernación a modo de promesa, ideas y acciones varias a tomar por parte de los candidatos en general, lo más relevante resultó ser el empleo y los problemas en general de la economía para desarrollarse, para crecer, para ampliarse y para generar riqueza. Los candidatos y sus asesores, sus equipos en general, no estuvieron para nada equivocados al percibir la mayor demanda de los mendocinos en medio la crisis. Pero no estuvieron finos en el cómo o, al menos, no fueron lo suficientemente contundentes y convincentes cuando se los indagó sobre de qué forma lograrían cumplir con el deseo y la necesidad de muchos al ritmo de lo que fueron asegurando. Más cuando esa necesidad, a la vista de todos, la usaron como método de seducción.
Está claro que, el domingo, muchos mendocinos, quizás la mayoría, vaya a las urnas a votar por descarte entre el menú que tiene enfrente, porque ninguno de los cuatro candidatos logró romper el molde de lo que viene establecido en Mendoza por muchos años. Esta última particularidad puede verse de distintas maneras y valoraciones, claro está, como por caso puede tomarse como un atributo para una Mendoza que todavía marca diferencias a su favor en eso de la civilidad y en la manera en que se relaciona la política con su sociedad. Los vínculos de la clase política con el resto de la ciudadanía difieren, y bastante, de lo que se puede ver en otras partes del país. Es, sin dudas, un valor agregado a destacar que hemos conseguido, juntos, todos los mendocinos.
Sin embargo, lo que viene establecido, a lo que se puede acompañar con que los candidatos que engendramos responden a lo que somos, tendría que ser en algún momento revisado por todos. Mientras más alta esté la vara, nuestros dirigentes vendrán mejores, más capacitados, mejor formados y con valores más firmes. Si los mendocinos en su mayoría se pusieran de acuerdo en este objetivo, podría haber llegado el momento de exigirle a la dirigencia, de aquí en más, dejar de lado las aventuras para ponerse a trabajar en serio en una Mendoza distinta: una provincia que se proponga modificar su Constitución sin alterar lo bueno que contiene y que incorpore, por ejemplo, el instituto de la revocación de mandato para sus funcionarios de todos los niveles y de los tres poderes. Que imponga plazos para el cumplimiento de los objetivos centrales que surjan de una suerte de política de Estado y rendiciones de cuenta periódicas, sin dramas ni traumas ni complejos y sin que la sangre tenga que, necesariamente, llegar al río.
Necesitamos crecer económicamente, necesitamos más empleo, una mejor educación, un sistema de salud que les garantice a todos el acceso a ella en el lugar donde se encuentren, igualdad de oportunidades y vivir tranquilos, pero, para lograrlo, Mendoza también necesita prepararse para saber la verdad de lo que padece, viviendo en un constante bartoleo en el que la queja y la autocontemplación le han ganado a cualquier empresa colectiva.
Esta columna pretende reivindicar a la política, más que atacar sus debilidades, que son muchas. Debilidades que no son propias ni de la política ni de los políticos, sino que se trata de malformaciones que quizás acarreamos todos, cada uno en su sector y en su rol, de tiempos olvidados pero que han surgido y se han mostrado todas juntas, siguiéndoles el ritmo a las miserias que han bañado al país.
El domingo vamos otra vez a elegir a la próxima gobernadora o al gobernador. Ojalá que quien resulte bendecido por el voto de la mayoría coloque a la dirigencia que se prepara para otros tiempos en problemas. Para eso le alcanzará simplemente con ser mejor que el equipo que deja la Gobernación el 10 de diciembre. Y si existe voluntad política para lo que viene, que, al menos por un tiempo, hasta la próxima elección de medio término, quien gane convoque al resto para que se pueda diagramar un plan de recuperación de Mendoza con lo mejor que cada uno puso para competir en esta coyuntura.
Hemos crecido escuchando a nuestra dirigencia prometer mejores épocas para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Y así ha discurrido el tiempo con generaciones frustradas por no ver, siquiera, mejoras incipientes para las que vienen, todos empantanados o pedaleando en falso siempre en el mismo lugar. La hora quizás obligue a comenzar a hacer una Mendoza que, con las señales que vaya dando, como logros colectivos, satisfaga en parte, o alivie, esa constante travesía en el desierto de la generación del momento; y así sí los que vengan puedan contar con lo que hoy se desea como un sueño.
