Entre otras razones, Alberto Fernández llega a la Presidencia tras asegurar durante la campaña electoral que restituirá la plata que han perdido los bolsillos de los argentinos. Hay quienes imaginan, a partir de aquella aseveración, que ordenará de inmediato una emisión de pesos extraordinaria para hacerse muy rápidamente de los fondos que prometió para que los argentinos vuelvan a consumir. Ya anunció un plan de emergencia alimentaria para cerca de dos millones de personas, madres, sobre todo, de niños menores de 6 años, que recibirán una tarjeta para comprar alimentos en una suerte de refuerzo de un programa ya existente que abarca a 8 millones de personas en todo el país. Para poner en marcha esa medida, de las más importantes e impactantes en el arranque de su gobierno, necesitará cerca de $40 mil millones que conseguirá, de acuerdo con lo que han manifestado sus colaboradores más cercanos, de una redistribución inmediata de partidas, además de los recursos extras que sólo podrá conseguir emitiendo pesos.

Días atrás, el economista, sociólogo y ex funcionario del primer gobierno de Carlos Menem Juan José Llach llamó la atención de no pocos cuando, por medio de un informe de expectativas del área de Economía del IAE Business School de la Universidad Austral, en la que es profesor, afirmó que cuando asuma, Fernández se encontrará ante una situación económica estructural similar a la de 1952, cuando Perón –quien asumiría por ese entonces su segunda presidencia– debió tomar medidas contrarias al ADN peronista, muy lejos de aquellas vinculadas con el populismo que lo caracterizó a lo largo de toda su historia.

Entrevistado en LVDiez ayer, Llach amplió sus conceptos asegurando que la situación es “inédita” para la tradición del peronismo. Perón –recordó– en 1952 debió lanzar un acuerdo “forzoso” de precios y salarios por los siguientes dos años, promover una apertura de inversiones extranjeras que afectaron la industria nacional, al igual que con los contratos petroleros que estimuló, a la par de convocar a un congreso de productividad. “Fernández tendrá por delante un escenario en el que el peronismo no se ha sentido cómodo”, dijo Llach en el programa Opinión.

En parte, ya hay actores fuertemente influyentes de la sociedad, como los industriales y algunas de las centrales de trabajadores, que están advirtiendo –de forma sorprendente, hay que decirlo también, por lo que han sido sus posiciones históricas–, que no van a reclamarles un bono de fin de año a los empresarios ni al nuevo gobierno, como tampoco medidas extraordinarias como la vuelta de la doble indemnización. Con una inflación cercana a 50% y una caída de la actividad industrial de 5%, sumadas a una capacidad ociosa de casi la mitad de la que se tiene instalada en el sector industrial, el panperonismo que rodea las actividades, tanto la gremial como la empresarial, parece haber tomado conciencia del momento y recapacitado de pronto. Muchos le dan la bienvenida a ese cambio de actitud.

De todas maneras, hubo otro momento histórico en el cual el peronismo debió lidiar con el ajuste: fue durante el gobierno de Carlos Menem. “Es cierto” –reconoció Llach, para agregar, con cierto grado de ironía–: “Ese también fue un gobierno peronista”, aunque un sector importante prefiera no reconocerlo. Llach dijo que, tras la hiperinflación de los primeros dos años, aquella administración pudo implementar un plan antiinflacionario gracias a las privatizaciones. Hoy, sin esos recursos, la única solución a la que puede aspirar el nuevo gobierno es a la explotación de Vaca Muerta, la que le seguirá aportando al país, al menos, la producción de energía que necesita para abastecerse y aumentar sus exportaciones.

Lo de Vaca Muerta, más el reacomodamiento de las tarifas, sumado a un incipiente superávit comercial que se ha alcanzado, además del ajuste fiscal que ha permitido que el déficit se reduzca a 3% del Producto Bruto Interno y un déficit primario de 0,7%, son activos que, según Llach, le dejará a Fernández la administración de Macri. Estos aspectos según el economista, no han sido tenidos en cuenta en esta etapa, pero de los que Fernández se beneficiará.

En lo particular, el economista rescató el reacomodamiento de las tarifas que tanto sufrimiento causó en los sectores medios particularmente. “Hasta el 2015, el sostenimientos de los valores de las tarifas le significaban al Estado un gasto de US$25 mil millones anuales”, recordó, para agregar que el desafío que tiene por delante Fernández es hacer crecer al país, más que recomponer el consumo. “El consumo debiese crecer moderadamente y no a costa de la inversión y de las exportaciones, que es lo que necesita el país”, agregó en la charla con LVDiez. La inflación, ese fenómeno económico que el mundo ya derrotó hace tiempo, es el principal flagelo que ha sometido a Argentina cuando menos durante los últimos 75 años. “No se sabe bien por qué –dijo Llach, ya en su rol de sociólogo más que en el de economista– nos hemos empeñado en derrotar siempre los planes antiinflacionarios, cuando en el mundo, hoy, la preocupación parece estar más del lado de la deflación que en la inflación. La baja de los precios de los bienes de consumo es lo que está preocupando a muchas naciones porque se les cae la inversión”.