Tiene 2240 habitantes, 40 nacionalidades y un gigantesco valor estratégico que no hace más que crecer con el cambio climático, que propicia nuevas rutas marítimas a través del Polo Norte y un acceso más rápido a sus inmensos recursos naturales. El único problema de seguridad son los osos polares (unos 3000 en las tres islas principales), motivo por el que la ley exige que cualquier ciudadano que abandone los escasos núcleos de población debe ir armado con un rifle de un calibre suficiente para tumbar a una criatura imprevisible, peligrosa y que puede llegar a pesar hasta 800 kilos.

Una de las primeras imágenes que sorprenden al contemplar esta plácida localidad de casas de madera de diferentes colores es que desde ninguna vivienda emerge humo de chimeneas pese al frío polar (en el sentido literal de la expresión, ya que el Polo se encuentra a 1400 kkm). La madera, como cualquier otro producto, es un lujo porque en las islas Svalbard no crecen árboles, ni se puede cultivar nada: el suelo es permafrost (tierra helada) y el 60% de su territorio son glaciares. Todo, la leña, las naranjas, los coches o la leche, se trae por avión o barco, salvo el carbón mineral y la carne de foca y reno. Instalarse en ese rincón del mundo representa un esfuerzo enorme de infraestructura.

A 1000 kilómetros del cabo Norte, se trata de un gigantesco desierto helado en mitad del océano Ártico, Sin embargo, cuenta con una gran ventaja: la corriente del Golfo, más cálida, impide la formación de hielo gran parte del año en su costa este y hace que las temperaturas sean menos extremas que en otros lugares a esa latitud. Longyear­byen aprovecha un amplio puerto natural en un fiordo y se extiende hacia el interior rodeada de montañas siguiendo un valle. Pese a ser mucho más ­accesible que otros lugares del Ártico, no tiene pueblos nativos: nadie vivía allí antes de la llegada del explorador holandés Willem Barents en 1596. Ahora es más bien todo lo contrario.

No importa con quién se hable, con la cajera del supermercado colombiana, con dos obreros polacos, con una noruega que ejerce de guía turística y mantiene una manada de 12 perros de trineo en una cabaña fuera de la ciudad, con un venezolano que trabaja en la universidad mientras que su pareja es comercial en una empresa turística, con una glacióloga francesa que está a punto de agarrar el avión de vuelta, con una enfermera jubilada noruega que ha montado una empresa, con el pastor o con un antiguo reportero de sucesos en Los Ángeles que ahora dirige un diario local en Internet (bueno, dirige y escribe porque es el único trabajador).

Pese al frío (aunque este año no ha habido invierno, las temperaturas pueden alcanzar los 40 grados bajo cero y en verano no suben de los 10), los osos y los glaciares, todo el mundo describe la vida en Svalbard como El Dorado polar.

Longyearbyen tiene un aeropuerto internacional, un puerto en el que pueden atracar cruceros, 650 camas hoteleras, una universidad importante con 300 alumnos y planes para doblar su número, cafés, restaurantes japoneses, tailandeses o internacionales, colegios, un centro cultural, un museo. Casi todos van acompañados de la misma coletilla: la fábrica de cerveza (inaugurada en 2014) más al norte del mundo, el supermercado más al norte del mundo, la chocolatería más al norte del mundo (la especialidad son bombones con forma de oso polar), la iglesia más al norte del mundo.

El mejor restaurante de la ciudad, Huset, ofrece alta cocina y alberga una de las bodegas más nutridas del norte de Europa. No deja de ser surrealista que, después de degustar unos sofisticados encurtidos de arenque, haya que salir con cierto cuidado porque, al encontrarse en el límite de la ciudad, a unos metros empieza la zona en la que, en teoría, hay que ir armado por los osos. Y no es ninguna broma: en 1995 una visitante fue devorada en las afueras de la ciudad y en 2011 un estudiante murió en un ataque durante una excursión.