Buenos días, a pesar de todo. Seguimos con el recuerdo de los hombres de San Martín. El General recorría el campo de batalla del ya terminado enfrentamiento de Chacabuco, era su costumbre comprometerse en la lucha hasta más allá de la batalla y no dejar herido desamparado ni muerto sin reconocer. Sobre su caballo mira la escena dantesca de sangre, humo, ayes y espanto y dice: “¡Pobres negros!”. Es que la cantidad de víctimas de ese color del Regimiento 8 de libertos fue alta en Chacabuco. Los negros en el Ejército de San Martín, una historia que todavía tiene que escribirse para el reconocimiento de todos. Muchos eran libertos y muchos aspiraban a la libertad. De los 2.500 negros que integraron el Ejército Libertador, regresaron sólo 143. Entonces se apagó la negritud en Mendoza, que había apuntado un alto crecimiento, hasta igualar la población blanca, allá en los comienzos del Virreinato del Río de la Plata. Si usted se fija en el muro que da al este del monumento del Cerro de la Gloria, que es monumento pero también enciclopedia, va a encontrar esculpida esta historia de los negros que todavía no son reconocidos. Ellos iban bajo un concepto de doble libertad, la libertad de la tierra donde vivían pero también su propia libertad. Habían sido elegidos para vivir en la esclavitud y preferían morir en libertad. Una noche, San Martín recorría el campamento ya en tierra chilena. Sabía que al día siguiente, la batalla sería inevitable. No quería darse a conocer, pero quién no lo iba a conocer, hasta por su forma de caminar se lo conocía. De pronto, escuchó una canción, se dio cuenta de que era un aire de la lejana África. El negro cantaba en voz baja, seguramente para no molestar a sus compañeros que dormían. Presintió la cercanía del General y se calló. Amagó con pararse para saludar y San Martín lo detuvo: “Siga cantando, por favor”. Se sentó al lado del moreno hasta que la canción se agotó. “¿Qué dice esa canción, soldado?”, preguntó el General. “Habla de la tierra donde nací, General, de nuestra gente y de la libertad”, respondió. San Martín guardó silencio, luego dijo: “¿Por qué si habla de la libertad es una canción tan triste?”.

“A lo mejor no es tan triste, a lo mejor soy yo, que la canto así porque la he perdido”, explicó el negro. Tras un nuevo silencio, el General le recordó: “Mañana, tal vez, se enfrente con ella”. El negro confesó: “Lo he pensado mucho, General, lo he pensado y me pregunto ¿cuando uno muere por ser libre, sentirá más allá de la muerte la sensación de libertad?”. El General bebió unos segundos antes de contestarle y luego le expresó: “Yo me he preguntado lo mismo, soldado, ¿Y sabe una cosa? Tengo unas ganas enormes de averiguarlo”. Sonrió el negro y su sonrisa fue una tajada de luna en plena noche. San Martín se levantó e inició el camino de regreso hacia su tienda. El negro lo detuvo con las últimas palabras: “Mañana a la noche, después de la batalla, le vuelvo a cantar la canción, pero con más ganas”. Ahora, la sonrisa fue de San Martín. Estaba seguro de que, con hombres así, la victoria estaba muy cerca.