Me cansé, me cansé, me cansé. Me cansé de hablar de las disputas (con perdón del sufijo) y los paros. Así que no me voy a romper más el mate con este tema. Voy a hablar de cualquier cosa, por ejemplo: del mate. El mate no se toma porque uno tenga sed. Es una costumbre. Es exactamente lo contrario a la televisión, te hace conversar si estás con alguien, te hace pensar si estás solo. En una ceremonia de bienvenida, después del saludo, la pregunta “¿gusta unos mates?”, es lo habitual.

    Nos abarca a todos, a los viejitos de un geriátrico o los adolescentes mientras estudian, a los vagos del taller a los compañeros de oficina, a la modista en sus ajetreos, al cura en sus menesteres. Nos iguala a todos, ricos y pobres. Los teclados de las computadoras argentinas tienen las teclas llenas de yerba. Yerba es lo que hay siempre en todas las casa. Y si no hay yerba pedís y te dan porque la yerba, como el saludo, no se le niega a nadie.

    El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores. Hasta tiene un código que conocen las viejas sabedoras del campo: si está frío quiere decir algo, si tiene cascaritas de naranja quiere decir otra cosa, si está muy caliente también tiene su significado. Uno se banca el mate lavado porque la charla es buena, el mate no, pero sí la charla. El mate hace respetar los tiempos de la charla, vos hablás mientras el otro toma, y viceversa. Impone respeto.

    Es la hospitalidad de la invitación. Es la justicia del uno por uno. Si hay un mate podemos conversar, discutir, hacer silencio, todo le viene bien a la bombilla, uno sirve cuando sirve un mate, sirve de bienvenida o despedida. Cuando nos juntamos alrededor del mate cumplimos una ceremonia milenaria y le damos a los labios la oportunidad de que besen y le damos al tiempo el exacto tiempo de la vida.