Es que algunas especies les pasan desapercibidas, como por ejemplo el árbol de levas y el árbol genealógico. Igual que Papá Noel, el arbolito tiene tanto que ver con nuestra cultura como Halloween. La imitación plástica de un pino ciprés viene de ancestrales costumbres nórdicas, de ahí también las hojas de muérdago con que se suelen construir guirnaldas y que derivan de primitivas ceremonias celtas. Lo nuestro sería más un algarrobo, un chañar, una aguaribay o un ombú si lo extendemos a la nación toda, o un ceibo que tiene que ver con nuestros símbolos.
Pero, nosotros hemos incorporado al pino como un ícono de nuestras navidades y ya es un hecho consumado, por más que el pino sea una especie menor en nuestra flora autóctona y aún en la urbana. Se dice que San Bonifacio (680-754), evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó un árbol que representaba al dios Tor y en su lugar plantó un pino –que por ser perenne, simbolizó el amor de Dios– y lo adornó con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras las velas representaban a Jesucristo como luz del mundo.
Conforme pasó el tiempo, las manzanas y las luces se transformaron en esferas y otros adornos. Su armado debe realizarse hoy según la tradición el Día de la Asunción de la Virgen. Sería bueno que le dedicara un tiempo a estos menesteres y al pesebre que habitualmente ocurre al pie del pino, aunque en Belén no haya existido un pino en toda la historia de Belén. Atención que es el lugar donde Papá Noel deja sus presentes navideños y, de no contar con una escenografía adecuada, tal vez se desaliente y pase de largo su casa. De no tener tiempo, ponga en el living una foto del Pino Solanas, que no será árbol, pero al menos es más nuestro que el otro pino.
